martes, 24 de noviembre de 2009

Comparisons (y I)


Por razones de trabajo me vi obligado a visitar Viena la semana pasada. Afortunadamente, pude reservar un par de días para ejercer de turista y, como cada vez que piso esa ciudad, la encontré como una de las ciudades Europeas más agradables para el turista (ignoro lo que será vivir allí un día sí y otro también), principalmente porque te permite pasear y relajarte en durante el paseo, asemejándose su núcleo central a un inmenso parque, trufado de monumentos, por el que no cansa deambular.

Una de las visitas obligadas es por supuesto el Kunsthistorisches Museum, con sus espléndidas colecciones grecorromanas y egipcias, junto a la no menos espectacular de pintura clásica, del XIV al XIX. Un recorrido en el que no podía dejar de pensar, para mal, en museo madrileño de El Prado.

Una comparación completamente odiosa, ya que el museo español, en mi opinión, a pesar de su importancia arquitectónica, no ha podido librarse nunca de un cierto aire de almacén de cuadros, que las múltiples reformas del edificio, los continuos movimientos y reorganizaciones de la colección, más que aliviarlo, lo acentúan, como si cada uno de sus directores inconscientemente sintiera que la propia sede es provisional y que pronto habrán de mudarse a otra, con lo que no tiene sentido asentarse.

Es cierto que hay espacios expositivos mucho peores. El propio MNCARS es un ejemplo de lo que no debe ser el museo, ya que el espacio del antiguo hospital, con sus inmensas salas blancas y su pobre iluminación, aplasta y difumina las obras allí expuestas, como si ellas mismas fueran pacientes en esa institución, un perfecto ejemplo de como espacio no equivale a museo (otro ejemplo horrible es la Fundación Gugenheim de Bilbao, la pesadilla perfecta para cualquier comisario de una exposición). El problema con El Prado es que si lo comparamos con el Kunsthistorisches, salen a relucir sus defectos, especialmente, esa tendencia nuestra a ponerlo cada dos por tres patas arriba, sin conseguir que tome un sabor propio y definido, otro del de conseguir que los visitantes se hallen perdidos a cada visita.

En el caso del Kunsthistorisches, el propio museo es una de las piezas de la colección, es decir, la decoración interior de las salas, especialmente en las secciones egipcias y grecorromanas, como se ve en la fotografía de arriba, fue creada especialmente para acompañar las piezas, de forma que cada sala es un auténtico testimonio de la época en que fue concebida, tanto como los objetos allí expuestos.

Esto por supuesto, no implica que el museo de halla conservado tal y como era en 1900, cogiendo polvo. No, lo que implica es que las intervenciones para modernizarlo, para hacerlo más accesible, cómodo y compresible al espectador moderno, al que no se le supone cargado con un bagaje cultural previo, se han hecho con exquisito cuidado, intentando no privar al museo de su sabor, de ese sentimiento de ser él también una pieza de arte y de mostrarse presente ante al visitante, pero al mismo tiempo ofreciendo el comentario, las descripciones e incluso las facilidades que se esperan de un museo de ahora mismo. (Hmm esta frase parece de guía turística).

Es un poco el caso del museo Pergamon de Berlín, cuyas colecciones, y cuya decoración, se compusieron también hacia 1900, y del que nadie ha pensado eliminar las pinturas y diagramas de las paredes, que intentan reflejar el estado de las excavaciones arqueológicas en las fechas de su descubrimiento, ya que esos diagramas, a pesar de sus errores y su incompletitud, se han convertido también en un objeto arqueológico, una pieza con la que reconstruir un pasado, el de como eran aquellos lugares cuando se descubrieron, que nos sería imposible encontrar ahora aunque viajáramos a esos mismos yacimientos.

Un sentido de la historia dentro de la historia, de hacer patente al visitante que lo que ve tiene un sentido doble, el de la pieza que contempla y el de las personas que decidieron colocarlo ahí, que a nosotros, siempre más papistas que el Papa, se nos escapa, atrapados en el maelstron del cambio y de la renovación constante, o de los descubrimientos absolutos que sólo lo son para los ignorantes.