domingo, 8 de noviembre de 2009

No Wall (y V)/ Lyricism




























En esta serie de entradas que ido dedicando a Mushi-Shi, he señalado ya en varias ocasiones como el hecho de tener que tratar cotidianamente con los mushi constituye una especie de estigma para ellos, que les coloca aparte del resto de los seres humanos y que tiende a desembocar en tragedia.

Una tragedia, por supuesto que no se expresa en los términos que nuestra sociedad de ahora mismo espera, tan ansiosa de emociones fuertes que le demuestren que no está ahíta de esa misma dieta. La tragedia, la muerte, la separación y la pérdida, se muestran en Mushi-shi en modo menor, por utilizar un símil musical no muy afortunado. Lo que ocurre ante nuestros ojos parece obedecer a causas naturales, ocurrir porque debía ser así, por ser de esa manera el orden natural de las cosas, una corriente inextinguible en la que podemos nadar, pero de la que no podemos evitar el ser arrastrados.

O por decirlo de otra manera, los distintos personajes acaban por aceptar su propio destino, vivir con la carga que les ha tocado, obtener lo mejor de aquello que la existencia les ha traído, aunque no coincida con lo que desearan pero nunca obtuvieran, lo que amaran y les fuera arrebatado, dejando un sabor agridulce en el espectador, como si la auténtica felicidad consistiera precisamente en sacar lo máximo de la imperfeción y la incompletitud que somos y en que vivimos.

De ahí que pocos momentos más líricos haya que el final del episodio 16, cuando Ginko, el Mushi-shi eternamente errante, ya que atrae a los Mushi hayá donde vive, y la joven que custodia los registros de los Mushi-Shi, incapaz de moverse por sí misma, ya que aloja en su pierna a uno de esos parásitos, charlan sobre lo que harán en el futuro.

Unos proyectos que, lo saben ellos, lo sabemos nosotros, nunca llegarán a hacerse realidad, a pesar del amor que se profesen.