lunes, 9 de noviembre de 2009

The Bible and the Shovel (y IV)

En las entradas anteriores, había indicado como, a la luz de la arqueología, es imposible encontrar un instante temporal donde ubicar el éxodo, pero cabe la pregunta de que ocurre con lo que vino después, y si al aproximarse a tiempos más recientes se pisa un terreno más firme.

El principal problema es, que hasta la irrupción de los asirios en levante, a mediados del siglo IX, transitamos una edad obscura. Egipto, tras el ataque de los pueblos del mar, se ha replegado sobre sí misma, y tras la dinastia XX, terminada con Ramsés XI, caerá en manos primero de los Libios y luego de los Nubios, de manera que sus registros, excepto en el caso de Seshonq/Sisaq, no se ocupan de los asuntos de Palestina, mientras que de la multitud de reinos del Levante apenas han dejado testimonios, debido a que el papiro no se conserva en ese clima y que las tablillas cocidas de arcilla o los monumentos en piedra eran poco utilizados (de ahí que los pocos ejemplos que nos han llegado, como la Piedra de Mesa o la Estela de Gad, sean de una importancia extrema).

Vale la pena, por tanto, examinar lo que nos dice la biblia, intentando descubrir cómo es el mundo que se describe en ella y si se parece a lo que la pala, los mudos testimonios arqueológicos, nos aporta.

Lo primero que cualquier lector atento de la Biblia descubre, al comparar los libros de Josué, donde se narra la conquista de Palestina, y Jueces, donde se describen los hechos hasta la aparición de la monarquía, es que ambos libros parecen habitar mundos distintos. En el primero, se nos describe una conquista relámpago y cataclísmica de Palestina, donde los Israelitas se hacen con el control absoluto de la región (que abarcaría zonas de la actual Siria, Jordania y El Libano) y eliminan por completo a la población autóctona. Sin embargo, en Jueces, la situación es opuesta, los Israelitas habitan parches de territorio, separados por zonas habitadas por población autóctona, y están siempre amenazados por sus vecinos, principalmente los Filisteos y los poderosos reinos de las cercanías, de manera que sus relación oscila entre la tolerancia, el conflicto, un difícil equilibrio donde nunca hay un claro vencedor, y en el que el enemigo de ayer puede ser el amigo de hoy, muy típico de las zonas de frontera cuyo dominio no está muy claro.

Si sólo contásemos con con el testimonio de la Biblia y nuestra razón, la situación descrita en los jueces nos parecería más lógica, más humana y posible, la de un pueblo con continuos conflictos fronterizos con sus vecinos y que no es capaz de imponerse a ellos, en continua guerra de guerrillas sin un triunfo claro, y no una conquista relámpago y catastrófica para lo cual faltan los recursos posibles, por mucha ayuda divina con la que se contase. No obstante, contamos con el testimonio de la arqueología y esta, en primer lugar, señala que muchos de los lugares que la Biblia indica como destruidos por Josué, lo fueron en épocas anteriores y que otros que si lo fueron en el momento preciso, tienen un culpable mucho más claro, la confusión debida a la invasión de los pueblos del mar más la rebelión de las poblaciones autóctonas o fuera del sistema (los Apirus ya citados).

Es más, si hay una llegada de nuevas gentes a la zona que destaque en el registro bíblico, no es la de los hebreos, sino la de los Filisteos, que se hacen enseguida con la zona más rica de palestina, la planicie costera y fundan allí un conjunto de poderosas ciudades que prosperarán hasta la llegada de los asirios. Por el contrario, los hebreos sólo pueden ser detectados en las zonas marginales del área, las montañas (en donde recordemos se refugiaban los Apirus y que los egipcios de las dinastías XVIII y XIX consideran como tierra de nadie) en donde parecen haber surgido como evolución de las poblaciones rurales ya existentes, no producto de una invasión y conquista en la que no tuvieron lugar, o si lo fue, fue como comparsas.

¿Pero que pasa después de los jueces? ¿Qué ocurre con David y Salomón y su imperio que llegaba del Eúfrates al Nilo? Nuevamente aquí tenemos una contradicción en el paisaje que la propia biblia nos describe. Si tomamos el libro de Samuel, la situación que se nos describe es muy similar a la de los Jueces, un Israel en lucha continúa y llena de altibajos contra multitud de vecinos, en primer lugar la potencia filistea, sólo que esta vez está dirigida por un cabecilla tribal que responde al nombre de Saúl. Es más, los principios de propio rey David son similares a los de un bandido errante, siempre en movimiento, siempre evitando combatir enemigos más potentes que él, dándose el extraño caso, que incluso que la que será su capital y desde entonces ciudad santa de los judíos, Jerusalén, supuestamente en el centro de Israel, está bajo posesión extranjera, y la propia biblia no titubea en llamarla fortaleza de los Jebuseos, como si les hubiera pertenecido por siempre.

Dada esta descripción, nada impediría considerar a David como un jefe mítico, que por primera vez hiciera famoso el nombre de los Israelitas y sobre cuya figura se tejiera mito sobre mito, hasta que, un siglo después de su vida, en el siglo IX, los reyes de Judá proclamasen orgullosos ser de la casa de David, tal y como sus enemigos recogieran en la famosa estela de Gad, donde se narra la muerte de un rey de Israel y otro de Juda a manos del rey de Damasco, en sincronía con lo recogido en el libro de los reyes, aunque en una versión más distorsionada.

Sin embargo y volviendo a los dos libros de Samuel, cuando Saúl muere al final del primer libro y David se convierte en rey indiscutible a principios del segundo libro , se produce una transformación milagrosa, similar a la que ocurría en la transición entre Josué y Jueces, de repente, todos los enemigos de Israel, incluidos los peligrosísímos Filisteos, desaparecen del cuadro y el reíno de David y Salomon se convierte en una superpotencia regional, extendiéndose del Eúfrates al Nilo.

El principal problema que tiene la arqueología es que el tiempo en que habría ocurrido esto, el siglo X a.C coincide el cénit de la edad obscura de Levante, cuya historia es casi imposible de recomponer. Aún así, el reino de David y Salomón es tan grande que no cabe en la propia región (sin contar con que el tiempo de construcción es mínimo), sino que más bien aparece lleno de agujeros puesto que hay zonas que positivamente no pueden pertenecer a ese reino, como son las ciudades de los Filisteos y los Fenicios, Damasco o los estados Neohititas del norte de Siria.

O lo que es más, en cuanto la Biblia empieza a narrar lo ocurrido tras la muerte de Salomón, y empezamos a tener testimonios externos a la Biblia en el siglo IX a.C, los estados sucesores de Israel y Judá aparecen, no como los sucesores poderosos de un imperio de esas características, sino como dos actores más en una constelación de poderes regionales, nuevamente en lucha continua sin resultado claro.

Hasta la irrupción de los asirios en el siglo VIII y la brutal reorganización a la que someterían a la región, contra la cual ninguno de esos estados podría oponerse, sino que más bien, como ocurrió con Israel, fueron tronchados en el proceso y arrojados al olvido.