jueves, 12 de noviembre de 2009

Bliss




La obra entera de Len Lye, que apenas dura una hora escasa, es una inmensa contradicción.

Por una parte tenemos al artista experimental, que trabaja fuera de los circuitos comerciales, y que trata siempre de dar una paso más allá, en lo que podríamos llamar vacío, siguiendo únicamente los dictados de sus convicciones y su creatividad. Alguien cuya obra es de las pocas que merece el calificativo de inclasificable, de revolucionario y rompedor, puesto que fue de los primeros, no ya en crear el cine abstracto, ese concepto que aún da miedo tras tantas revoluciones y cines nuevos, novos y nouvelles, sino que cometió el pecado, el sacrilegio de despreciar la propia cámara y de dibujar directamente sobre el celuloide, llegando a convertirse, como Fischinger o como McLaren, en un artista híbrido, un cineasta/pintor en el auténtico sentido del termino, que aplicaba sus colores directamente sobre el celuloide y no los que tratan de convertir el cine en tableaux vivantes.

Y sin embargo, al mismo tiempo, este artista fue en su vida un completo desconocido, al menos para el gran público y la gran crítica. Como bien dice la expresión inglesa era un artist's artist, el artista al que admiraban el resto de los artistas profesionales, cuya producción era esperada con antelación discutida, copiada y, terrible palabra, popularizada, hasta el extremo de que muchos de sus logros creados en los años 30, en sincronía con los otros dos nombres citados, se convirtieron en moneda común del videoclip, de los 80y 90 del siglo XX.

Pero he aquí que he nombrado una palabra maldita, videoclip, el paradigma del falso cine, para aquellos que creen en esencias y que reducen ese arte a capturar momentos pasajeros. Una palabra maldita, es cierto, pero es que los cortos de Lye, son videoclips en más de un sentido, tanto por sus comitentes, organizaciones gubernamentales como la GPO o empresas privadas, como Imperial Flights o Shell Oil, que los utilizaban como anuncios (¡Oh, el artista vendiéndose! ¡Horror, Horror!), como porque la música es parte integrante de ellos, de manera que las formas y los colores, danzan a su ritmo, cual pareja de bailarines, inmersos y absortos en la música que les envuelve.

Música, colores, ritmo, danza. Nueva contradicción. Porque Len Lye es un artista experimental y comprometido, pero no hay nada de pesimista, sombrío o desesperado en su cine, la alegría, el placer de vivir, el goce sensorial más básico y más embriagador son las bases de su cine, y así la música es música de baile de su tiempo, y sus colores no pueden ser más vivos, y sus formas, las formas que invaden la pantalla, más jugetonas, revoltosas o descaradas, provocando que el espectador no tenga más remedio que unirse a la fiesta.

Una fiesta, que no necesitaba de la abstracción para poder ser expresada, sino que podía construirse con los materiales más bastos, cotidianos e inesperados, como es el caso del corto Rythm de 1957, ilustrado arriba donde la construcción de un coche en una cadena de montaje se convierte en una exaltación del movimiento y del ritmo, con las máquinas y los operarios prácticamente danzando al compás de la música.

Un minuto magistral, valido por miles de horas de cine muerto, pero lleno de pretensiones, que no puedo por menos de incluir a continuación.