domingo, 1 de noviembre de 2009

Death



Desde que soy niño, casi todos los primero de noviembre, mi familia y yo visitamos un cementerio de pueblo, en medio de la Mancha, el lugar de proviene la familia de mi madre. Al principio era porque mis abuelos, que aún vivían allí, querían visitar la tumba de uno de sus hijos muerto muy joven. Ahora es porque mis abuelos ya han fallecido y mi madre quiere seguir aún recordándolos.

En aquel entonces, cuando yo era niño, sentía auténtico pánico ante los cementerios, que me parecían el lugar donde se ocultaban los mayores horrores, siempre dispuestos a arrebatarme y hacerme desaparecer para siempre. Mi abuelo, al apreciar mi terror, siempre decía lo mismo, que los que estaban allí bajo las lápidas y la tierra, ya no tenían poder para hacerme daño, y que mejor haría cuidándome de los vivos, una opinión que he acabado por compartir, ahora que ya en mi madurez, los cementerios ya no me dan miedo y he acabado por acostumbrarme a la idea de que yo también residiré en uno de ellos, dentro de unas decenas de años.

La cuestión es que ahora cuando visito ese cementerio perdido en medio de la estepa castellana, siempre me fijo en dos tumbas, de las cuales he tomado ahora sendas fotografías. Una no tiene lápida, ni nombre ni fecha, apenas es un simple montón de tierra roja, pero siempre encontramos una flor sobre ella. Alguien viene todos los años a recordar el cuerpo o los cuerpos que se pudren allí abajo.

La otra es un mausoleo familiar, construido a finales del siglo XIX, en el estilo, al mismo antiguo, imitando las catedrales del pasado, y moderno, utilizando el metal de la revolución industrial. Una tumba construida para perpetuar el recuerdo de los allí enterrados, pero en la que las fechas de los allí enterrados se interrumpen bruscamente a principios del XX, y nunca hay flores ni signos de que aún queden descendientes vivos o de que alguien recuerde a esa familia. Poco a poco, la suciedad y la basura se han hecho dueños del recinto, las lápidas se han obscurecido y caido, los adornos del tejado han sido derribados por el viento, y toda la estructura ha tomado el color rojo del óxido.

Y no puedo dejar de pensar, ahora cuando ya no soy joven y empiezo a ser viejo, que en eso consiste envejecer, en volverse inútil, prescindible y olvidable, en una inmensa estructura vacía, recordatorio de recuerdos desvanecidos, que poco a poco va derrumbándose sobre si misma, hasta no dejar nada tras de sí.