jueves, 4 de octubre de 2007

Accross the wide world (y 3)

Muy frecuentemente tenemos la percepción de que el Oriente es inmutable y eterno. Estaba ya antes de la ascensión de Occidente y nunca ha cambiado ni cambiara, a pesar de nuestras interferencias e intromisiones.


Una percepción que es compartida tanto por Colonialistas como por lo que yo llamo Colonialistas inversos. Dos corrientes que, aunque opuestas hasta el extremo de parecer que sólo se dedican a vociferarse la una a la otra, parten de un mismo error teórico. Considerar que hay una oposición/diferencia clara entre Oriente y Occidente. O mejor dicho que hay un único Oriente, caracterizado por una serie de rasgos únicos y comunes, que se definidos por ser los contrarios de los Occidentales.


Dos corrientes cuya única diferencia está en que unos consideran a éstos rasos distintivos como peores que los occidentales, y que por tanto deben ser substituidos por los de la auténtica civilización, mientras que los otros los consideran mejores, y por tanto, algo de lo que debiéramos aprender, cuanto antes mejor.


Posturas que me parecen equivocadas, por no decir cosas peores, pues, al examinar la historia, yo no veo una única civilización, sino muchas, en competencia constante las unas con las otras, enfrentadas todas a los mismos problemas existenciales, repitiendo una y otra vez los mismos errores, alcanzando una y otra vez las mismas cumbres. Adoptando, según sea el tiempo histórico, el papel de víctima o el de verdugo, el de opresor o el de oprimido.


O lo que es lo mismo, culturas dispares que comparten la misma naturaleza humana, esa que nos hace a todos contradicciones andantes, ángeles y demonios encerrados en un único cuerpo.


Y para demostrarlo, basta un viaje a Uzbekistan, como el que hice en el año 2000. Un país que nos parece Musulmán, y en el que el Islam está tan patente que parece haberlo sido desde el inicio de los tiempos. Un ejemplo, por tanto, de ese Oriente eterno e inmutable.


Sin embargo, en cuanto se rasca un poco se descubre que no fue así. La mayoría de los edificios esos que nos parecen haber cruzado las épocas sin haber cambiados, son relativamente recientes, construidos en los siglos XVIII y XIX, contemporáneos de esas épocas en que el progreso, encarnado en la ciencia y la técnica, estaba siendo creado en Occidente.


Es un contraste realmente brutal. En nuestra Europa ultramoderna, que parece haber dejado atrás todo el pasado, haberse desprendido de él como lo hace uno de las cosas que son inútiles, no es raro encontrar edificios medievales, incluso del siglo XI, aún en uso, y meticulosamente cuidados y restaurados, o incluso, aunque ya reducidos a ruinas, los edificios de la antigüedad romana, que hasta ayer mismo se consideraban el Kanon con el que debían medirse las artes.


Nada de esto ocurre allí. De los nombres míticos, de Gengis Jan y Tamerlan, de las construcciones con que ellos y sus sucesores adornaron sus imperios, apenas queda nada, y lo que queda está reducido a escombros o desvirtuado por apresuradas restauraciones modernas, que buscan dar vida a un pasado muerto. Un olvido y una desvirtuación, que tiene un doble origen, el extraño y contradictorio olvido que sobre su pasado muestra una religión tan basada en un momento histórico, el tiempo de Mahoma y la revelación, mientras que por otra, se debe a la Dammatio Memoriae que cada conquistador de Asia Central ha aplicado sobre lo reinos y gobernantes que les han precedido.


Algo que muestra sin lugar a dudas el Minarete de Bujara, el único edificio que queda anterior al siglo XII (excepto otro que se salvó por estar cubierto por toneladas de tierra), puesto que el resto fueron mandados destruir por Gengis Jan cuando tomo, saqueó y arrasó la ciudad, exterminando a su población por supuesto. Un destino del que Bujara se recuperaría, pero al que Merv perecería.


Hay algo más, sin embargo. EL hecho de que el Islám no se asentó en un vacío histórico y humano, sino que lo hizo sobre tierras y pueblos ya existentes. Un destino, el del triunfo musulmán que no estaba prefijado, que habría de costar muchos siglos y que cambiaría el destino de esa religión... y que podría haber tomado otros derroteros completamente distinto, por ejemplo si en el 750 los ejércitos de la dinastía Tang hubieran triunfado en el río Talas.


Porque se nos olvida de que, antes de que la ruta de la seda sirviera de correa de transmisión para el Islam, de Mesopotamia a las puertas de China, ya había servido para propagar el budismo de India a China, y antes que ella, había servido de vía de entrada a los ejércitos de Alejandro y al Helenismo que propagaban.


Un sincretismo cultural que dio lugar a mezclas como que en Bactra, en el actual Afganistan ( si en otro país donde el Islam parece constituir su esencia, y los talibanes sus más altos exponentes) un rey descendiente de los conquistadores griegos, llamado Menandro, celebrase el concilio donde se produciría la división del budismo entre las ramas Mahayana (China, Mongolia, Nepal, Corea, Japón) y Teravada (Birmania, Tailandia, Camboya). O que fuera también allí donde se crease el arte grecobactrio, donde el buda se representa como un rey helénico y ese modelo, conveniente adaptado, se propagase a toda Asia.


Una situación como la que muestran la pinturas encontradas en el alto Tell en el que se haya enterrada la ciudad vieja de Samarcanda, sólo excavable parcialmente, pues gran parte de ella es un cementerio musulmán. Unas pinturas que se salvaron porque los conquistadores que siguieron a la primera ola árabe, decidieron fundar una ciudad nueva un poco más allí, y porque el musulmán que se quedó con la casa donde se encontraron, decidió que para cumplir el tabú religioso, le bastaba con picar los ojos de las figuras, y no con raspar toda la pared.


Unos frescos donde se cruzan y representan todas las leyendas, todas las culturas de Eurasia.