sábado, 27 de octubre de 2007

Walls without gates

Siempre que discuto con otro cinéfilo con el anime (o en general con alguien que no sea aficionado al anime) acabamos llegando al mismo punto. Un instante que temo, en el que se plantea una pregunta directa, "¿Por qué sus reglas de representación son tan estrictas? ¿Es que nadie va a romperlas? ¿Es que nadie va a revolucionar/dinamitar el anime?" Una pregunta en la que se esconde un reproche, la aparente constatación de que no es sino una forma acomodaticia y conservadora, que no aporta nada a la historia del arte y de la cultura.

Pregunta a la que me quedo con ganas de responder "Pero, en ese caso dejaría de ser anime ¿no?" Pero me callo, porque esto no resolvería nada. Muy al contrario , no sería entendido, simplemente por un prejuicio cultural nuestro. Ese de que sólo es arte válido el que lleva consigo el concepto de progreso.

¿Por qué digo prejuicio cultural nuestro? Simplemente porque en otros ambientes, no existe ese concepto, el de superar a los que te precedieron, hacer algo mejor que ellos, para así demostrar la valía como artista. Más bien al contrario, el artista es realmente válido, artista, no por cambiar lo que ha encontrado, sino por restaurarlo. Mejor dicho, por aprehender completamente la esencia de ese arte que dice dominar y alcanzar la perfección. Una perfección que se supone normada, sometida a a un Kanon.



Algo, ese concepto tan extraño a nosotros que había ilustrado a la perfección Louis Malle en el documental mítico L'Inde Fantôme, cuando al rodar a las estudiantes de una academia de baile tradicional hindú, le vino a la mente la turbadora idea que su constante búsqueda de la perfección dentro de unos parámetros completamente acotados (axfisiantes, diríamos aquí) era más noble que nuestra continua búsqueda de novedades. Simplemente porque el dominio, el conocimiento, la identificación con el arte que ellas serían capaces de alcanzar era inimaginable para nosotros, siempre en perpetuo movimiento, nómadas sin hogar alguno.

Un concepto el de progreso, el de la innovación constante, que ya en otras épocas de nuestra historia cultural ser reveló mortal para el artista, cosa que ocurrió en la transición del alto Renacimiento al Manierismo. Simplemente, porque durante todo el siglo XV, en la búsqueda por representar la realidad de forma racional y matemática, cada generación había superado los logros de sus maestros, en una aparente ascensión sin fin, hasta que Leonardo, Miguel Ángel y Rafaél, completaron el estilo, que tras ellos era imposible de mejorar.

Una situación en que todo artista, por mucho talento que tuviera se veía abocado al fracaso, puesto que si intentaba pintar al estilo de los grandes, le acusarían de plagiario, peor aún, de inútil puesto que era incapaz de añadir algo más, mientras que si intentaba hacer algo completamente nuevo, le acusarían de mal pintor, puesto que para hacer eso nuevo tendría que experimentar, andar a tientas, equivocarse una y otra vez hasta acertar... instante en el que seguramente ya nadie le haría caso.

Una idea, esa del progreso, que nos hace ver en toda imitación, una servidumbre, en todo parecido un plagio y un robo, o como mínimo una falta de lo que hay que tener para ser artista. Una actitud que si se aplica a rajatabla nos llevaría a intentar buscar desesperados, cual de estos dos cuadros fue pintado primeto, si el de Mantegna



o el de Giovanni Bellini



para así poder decir que el primero es el bueno, mientras que el segundo no, cuando ambos son igual de importantes, puesto que en ellos se distingue claramente la mano de la persona que lo ha creado.

Y hay otro factor más, en esta absurda carrera sin fin a la que nos ha llevado el fantasma del progreso continuo. La idea de que si fracasas las concepciones, supuestamente buenas por nuevas, del artista, es debido a la existencia de fuerzas obscuras, políticas, económicas y religiosas, que lo frustran, cuando la realidad es que el mayor enemigo de cualquier innovación es el público, por lo que si el público disfruta con que se le muestre experimentación, esas fuerzas obscuras bien que se preocuparan de que haya experimentación, para así sacar tajada, como fue el caso de las vanguardias históricas, ya que en ese tiempo era cool ser culto y avanzado, y promover el High Art.


Mientras que el camino señalado por Chuck Jones en estos dos cortos (Now Hear This, y The Dot and the Line, a Romance in Lower Mathematics) nunca fue recorrido por la animación simplemente porque el público, y muchos críticos se debieron quedar a cuadros.





Lo cual no dice mucho a favor de esa necesidad de la innovación en el arte, en la que todos creemos y que todos pregonamos.

...

Y resulta curioso que me haya embarcado precisamente ahora en esta defensa a ultranza del anime. Porque me ocurre con el anime lo que pasa en esos viajes largos, de semanas y meses, sin rumbo fijo, una noche, otra noche acá, disfrutando a cada momento, sin arrepentirte en absoluto de nada, porque sabes que es definitorio en tu existencia...

...hasta que un día te sientas en un banco y te viene todo el cansancio encima, y sólo deseas una cosa: volver a casa. y desde ese instante te mueves en línea recta, lo más rápido posible, para llegar cuanto antes, aún cuando sepas que ese hogar ya no existe...

...y ahora precisamente siento eso mismo, el ansia de volver a casa, tras la aventura...

2 comentarios:

el rey mono dijo...

No entiendo a los cinéfilos que piden una revolución en el anime, creo que no lo han entendido. El anime es en sí una revolución.
Los defensores de las revoluciones por venir, tanto en lo artístico como en lo político, suelen quedarse fuera de juego o se convierten claramente en contrarrevolucionarios cuando éstas llegan. Sencillamente, las cosas no pasan como ellos esperaban. Las revoluciones sorprenden, desconciertan, y sobre todo, no son un ejercicio literario.
Todos esos guardianes de la revolución artística se muestran indiferentes o directamente hostiles antes estos sansculottes venidos de Oriente, con sus facciones infantiles, sus argumentos disparatados y sus canciones horrorosas (bueno, en esto último sí estoy de acuerdo con ellos, pero es el precio de la revolución) producidos como churros. No quiero hablar de las innovaciones del anime, pero ¿en qué queda la animación comercial sin él? ¿No son en el fondo las películas de la Disney las jeremiadas de unos atolondrados que se ponen a cantar majaderías en cuanto que están dos segundos seguidos en silencio? ¿No es revolucionario que la animación japonesa sea popular y paradójicamente no para todos los públicos? Que un adulto se ponga a ver anime para su propio disfrute, y no para tener a sus hijos callados un rato (porque esta ha sido la función social de la animación comercial) es revolucionario.
Seguiría con el tema, pero estoy viendo Seirei no Moribito y estoy absolutamente enganchado. Ya es hora de mi dosis diaria.

David Flórez dijo...

Es revolucionario lo que dices sí, pero en cierta manera, es volver a lo que fue la animación en la mayor parte de su historia, puesto que los cartoons de Popeye de los Fleischer, los de Donald de Disney, los de Bugs Bunny de la Warner o los de Tom y Jerry de la Metro (y no hablemos ya de la UPA) se proyectaban antes de las películas de éxito, es decir, estaban concebidos para un público adulto y eran disfrutados por ese mismo público adulto.
Con lo cual el error es la ecuación animación=infaltil, en lo que han tenido mucha culpa la Nouvelle Vague y los Cahiers con su obsesión en convencer al mundo de que sólo lo que hacían ellos merecía el calificativo de cine... pero así nos va.


Nota: me alegra lo de Seirei, es increíble como esa serie consigue contar las cosas más sencillas con la máxima intensidad... sin contar la calidad que tiene la animación, claro.