martes, 23 de octubre de 2007

Remembering never seen landscapes

Por una de estas casualidades de la vida he estado leyendo, estos últimos días, las dos colecciones de cuentos que componen toda la obra conservada de Bruno Schulz, Tiendas de Canela y Sanatorio bajo el signo de la clépsidra, escritor a quien había descubierto gracias a los cortos de los hermanos Quay, mientras que simultáneamente se abría, en el Círculo de Bellas Artes madrileño, una exposición dedicada a su pintura.




Una exposición que, aparte de su valor, viene a confirmar como toda persona, incluso los genios, no son más que un acumulo de contrastes, no sólo en su personalidad, sino en su propia biografía, porque tenemos a un artista judío, que vive sus últimos años como protegido de un oficial de la Gestapo, porque éste quiere que le pinte un mural, para morir de un disparo en la cabeza, realizado por otro oficial alemán enemigo del primero, que buscaba venganza... sin contar que ese fresco se consideró perdido durante decenios, hasta ser descubierto hace unos cuantos años, restaurado por el gobierno polaco y mutilado por los representantes de un museo israelí, que arrancaron fragmentos del mismo y se los llevaron a Israel.

Un conjunto de contradicciones y paradojas de las que no se libra esta exposición, puesto que el que la vista, al ver la obras allí expuestas, de Schulz y otros artistas, puede llegar a pensar que los cuentos de este autor responden a los mismos criterios que su pintura, es decir, un erotismo basado en la humillación y la crueldad, cuando lo que caracteriza al Schulz escritor, son dos detalles muy típicos de su época, la de los formalismos y modernismos, a saber, el hecho de ser un mago del lenguaje, que nos descubre relaciones, conexiones, contubernios insospechados entre las palabras más normales, y por otra parte, el crear nuevos paisajes imaginarios, ensueños lúcidos que tienen lugar a plena luz del día, y que, aunque radicalmente personales, pueden ser soñados y compartidos por cualquiera.

¿y qué quiero decir con esto? Basta con una pequeña frase de Una segunda caída, cuento que forma parte de Sanatorio bajo el signo de la clépsidra.

Mi padre fue el primero en explicar el carácter derivado y secundario de esa estación tardía, que no es otro que el resultado del envenenamiento de nuestro clima, provocado por las miasmas que exudan los ejemplares degenerados de arte barroco que se amontonan en nuestros museos.

Un lenguaje con la sequedad, la frialdad y la precisión del lenguaje científico, pero que nos habla absurdos, imposibles que parecen ciertos, precisamente por ese rigor con el que están escritos.

O como este prodigio de poesía sacado de Agosto, perteneciente a Las tiendas de canela.

El tiempo de María - el tiempo prisionero en su alma - la había abandonado y - terriblemente real - llenaba la habitación, vociferante e infernal en el brillante silencio de la mañana, elevándose del ruidoso reloj como una nube de mala harina, harina polvorienta, la estúpida harina de los enloquecidos.

donde se observa otra de las constantes de Schulz, un recuerdo del romanticismos distorsionado a la moderna, o como el estado anímico de la persona que habita el mundo de los cuentos del autor polaco, es capaz de influir en la realidad que le rodea, deformarla y malearla, hasta hacer visible, más que eso, tangible, una presencia que puede saltar sobre nosotros y atacarnos.

Algo que a muchos les ha recordado a Kafka, y que debido a que uno escribió su completa antes de 1924 y Schulz lo hiciera a partir de 1936, ha llevado a calificar al polaco de discípulo y seguidor del checo. Opinión que sólo refleja la superficialidad de muchos opinantes, puesto que lo que en Kafka es la visión aterrada de un cuerdo en un mundo de locos (o de aquel que se despierta loco y deja de comprender el mundo) no existe en Schulz. Sus personajes, ninguno de ellos, encuentran extrañeza en el mundo que les rodea, muy al contrario, no es extraño que comiencen a celebrar la belleza de ese su mundo deformado y que consigan hacernos partícipes de ese mismo sentimiento, como muestra este pasaje de El Libro en Sanatorio bajo el signo de la Clépsidra, donde se nos habla de un libro de los libros, mágico y maravilloso.

En realidad, hay muchos Libros. El Libro es un mito en el que creemos cuando somos jóvenes, pero que dejamos de tomarnos en serio a medida que envejecemos.

Sin que, esa celebración y descubrimiento del mundo, signifique que existe una meta al final, llamémosla paraíso o salvación.

Ella nunca le había amado y puesto que Padre nunca había echado raíces en el corazón de una mujer, no pudo entrar en ninguna realidad y fue por tanto condenado a flotar eternamente en la periferia de la vida, en regiones medio reales, en los márgenes de la existencia.

Y es aquí, cuando descubrimos que las paradojas y contradicciones que habíamos creído ver entre su literatura y su pintura no existían en realidad, y que todo confluye en el mismo punto.

6 comentarios:

Jose Manuel López Fernández dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jose Manuel López Fernández dijo...

Ella nunca le había amado y puesto que Padre nunca había echado raíces en el corazón de una mujer, no pudo entrar en ninguna realidad y fue por tanto condenado a flotar eternamente en la periferia de la vida, en regiones medio reales, en los márgenes de la existencia".

Notable como la huella que hace tangible nuestra vida es ser amado, no amar.

Vale, por cuál de sus libros empiezo?

David Flórez dijo...

Evidentemente por tiendas de color canela...

Luego puede verse el corto que hicieron los hermanos Quay

David Flórez dijo...

¿y esa idea no la conocía Ud?

Claro, como no es Wagneriano, ni sabe el precio del anillo de los Nibelungos

Jose Manuel López Fernández dijo...

¿Se puede conocer una idea? (jeje)

David Flórez dijo...

Una idea no sé, pero dicen que las estatuas de mármol sí.

Algún día le contaré lo de la mancha obscura que la estátua de la Venus de Gnido, de mármol blanco e impoluto ella, tenía en las nalgas.