martes, 30 de octubre de 2007

One Step Back (y I)

Para los medios parece que en este otoño Madrileño sólo existe una exposición que ver y visitar, ergo, la reapertura del Prado, un asunto que me provoca escalofríos, simplemente por una series muy importante que todo el mundo olvida preguntarse o prefiere no hacerlo.: ¿Dónde van a ser expuestos los cuadros del casón, una vez terminados los festejos? ¿Cómo se va a reorganizar el resto de las salas? ¿Se le ocurrirá a alguien alguna genialidad, por eso de dejar huella imperecedera en su gestión?


En resumidas cuentas, que cuando se calme un poco el patio, y la población vuelva a su estado habitual, el de pretender que el Prado es un museo inexistente, me acercaré por allí a dar un paseo y ver como ha quedado, sin muchas esperanzas, así cualquier mejora me alegrará.


Pero dejando aparte este "gran acontecimiento" que dirían los medios, el caso es que la temporada de otoño, tras un verano también muy cargadito, ha venido repleta de grandes exposiciones, de manera que me queda la duda de si podré repetir visita en alguna de ellas (Nota: Resulta curioso que la Caixa, otro de los habituales, no haya realizado exposiciones en todo el año pasado, septiembre-septiembre, y que este año parezca ir por el mismo camino. Espero que el inaguantable e insoportable clima de crispación político no tenga nada que ver con esta ausencia).


Entre estas exposiciones la gran sorpresa, tras el fiasco Van Gogh del verano, es la mega exposición Cranach/Durero que organizan conjuntamente el Thyssen y la fundación CajaMadrid, no sólo por ser una exposición que ofrece lo que promete, una visión del arte alemán en una época escindida entre dos revoluciones traumáticas, la reforma protestante y la transición del gótico al renacimiento, sino que además la calidad de las obras presentadas es realmente impresionante, no sólo por ser obras maestras de sus autores, sino por dar una visión completa de ese momento histórico, es decir, qué, quién, cómo, con quién.


Qué, quién, cómo, con quién, Menudas palabras acabo de soltar. Que bien suenan y a saber que quieren decir, porque el caso es que me alejado (o quizás me he acercado) de lo que era mi intención al empezar este artículo.


¿Qué cual era? Pues lo de "un paso atrás" que decía, se refiere a un feo vicio que nos han inculcado los impresionistas. Sin darnos cuenta, tendemos a mirar los cuadros desde lejos, buscando una visión de conjunto, algo que es absurdo en obras como éstas, pintadas con la cabeza metida en el cuadro y donde el detalle, el detalle microscópico de relojero es importantísimo.


De ahí que me resulte chocante haber visto como los visitantes contemplaban los grabados de Durero a un metro de distancia, cuando hay detalles, temáticos y de ejecución que sólo son visibles con lupa. Que exijen una cercanía y una intimidad que estas ocasiones multitudinarias no permiten, especialmente si la dichosa cuerdecita de protección no permite acercarte (¿En qué estarían pensando los organizadores me pregunto?)


Mejor prueba de que no sabemos ya ver no existe. Mejor dicho, de que hemos olvidado una forma de mirar y de sentir, algo que yo mismo he experimentado, puesto que, aunque al principio de mi afición a la pintura, no era muy partidario de la pintura contemporánea, luego me aficione tanto que tuve que reeducarme, por decirlo de alguna manera, para volver a disfrutar la pintura clásica (y no hay nada como un buen viaje italiano para eso).


Pero puesto que hablo de formas de mirar, antiguas y modernas, y en la entrada anterior, hablaba de la aparente oposición entre progreso y tradición, esta exposición, curiosamente, viene a redundar en lo mismo, se convierte en un magnífico ejemplo de lo creativo que puede ser en arte dar "un paso atrás".


Estos pintores de comienzos del XVI, Durero, Cranach, Grünewald, Baldung Grieg, Altdorferd, eran artistas de primera fila, no es posible ya dudarlo, pero se encontraban en una encrucijada, entre el arte medieval que había regido la vida europea hasta entonces y la revolución renacentista, que no se podía ignorar ni se podía parar. Una encrucijada ante la cual cada uno reaccionó de una manera distinta, tan diferente que no puede uno dejar de preguntarse hasta donde habría llegado el arte alemán si no hubiera sido por la reforma, que detuvo la evolución pictórica al cegar las fuentes de financiación de estos artistas, puesto que ya no había una iglesia que hiciera propaganda de sí misma, ni unos nobles que quisiesen glorificarse a sí mismo.


Un abanico de respuestas que resulta sorprendente, puesto que, y la exposición lo refleja claramente, va desde un Durero que intenta ser renacentista y alemán, absorberlo todo, digerirlo y traducirlo, a un Grünewald que lo rechaza y se mantiene medieval y antiguo, pasando por un Altdörfer que inventa el paisaje puro (a quién le vendería esas obras me pregunto) o unos Cranach y Grieg que se reinventan a sí mismos, realizando una pintura al mismo tiempo aclasica y amedieval, si eso es posible, y que sería redescubierta mucho tiempo después por otro siglo aclásico, como el XX en generar y los expresionismos en particular.


Una abanico de reacciones que sólo se explica ante la existencia de una fuerza poderosísima venida del sur, esa del protorenacimiento en sus vertientes toscana y especialmente veneciana, al menos para los alemanes, ante la cual todo pintor tenía que definirse y situarse, bien para rechazarlo, bien para aceptarlo, bien para ser un servil copista de lo nuevo, bien para encontrar en ello la fuerza creativa que le era propia.



Un impulso que esta exposición nos hace también comprender al comparar directamente las obras de Durero, con las obras de Giovanni Bellini, su contemporáneo veneciano, y figura única de quinquecento veneciano, tan singular y poderosa que bien puede medirse de igual a igual con cualquiera de los que le sucedieran, Giorgione, Tiziano o el resto.


Una personalidad que convierte en un plus extra la visita de las iglesias venecianas, luminosas, pequeñas y frecuentemente vacías, excepto aquellas situadas en el maelstrom turístico, simplemente para encontrarse alguna de sus pinturas, tan llenas de vida, tan distintas del racionalismo geométrico de los toscanos, y donde los personajes parecen detenidos en sus movimientos, a punto siempre de continuar y marcharse del cuadro, como es el caso que ilustro.



del cual bastan dos detalles para demostrarlo. Éste


donde la delicadeza con que la Magdalena toma la mano del cristo y le unge con los aceites, rompe el dramatismo de la escena que vemos, el entierro de un crucificado, y lo llena de una humanidad, una ternura y un calor que Mel Gibson jamás podrá imaginar. O éste otro.

del rostro concentrado de la misma Magdalena, absorta en su labor, indiferente al mundo, pillada desprevenida por la mirada de nosotros, los curiosos ociosos que la contemplamos.

Pocos retos como éste, y pocos talentos como aquellos alemanes que lo recogieran.

Nota: Creo que esta exposición me dará mucho más que hablar. Simplemente porque lo que para un español (y más cuando me empecé a aficionar esto de la pintura) no es más que un periodo secundario, una nota al margen en la historia del arte, se me torna año tras año, cada vez más interesante y seductor, por las razones que he indicado en esta entrada.