lunes, 15 de octubre de 2007

Boundless lanscapes

Lo bello en la naturaleza se refiere a la forma del objeto... Lo sublime, en cambio, puede encontrarse en un objeto sin forma, en cuanto en él, u ocasionada por él, es representada la ausencia de límites.

Immanuel Kant, Crítica del Juicio

Un cuadro de Caspar David Friedrich no caduca, lo que caduca son sólo algunas circunstancias que dieron lugar a su creación, por ejemplo, determinadas ideologías. Por lo demás, cuando el cuadro es bueno nos interpela por encima de las ideologías como un arte que hay que defender (contemplar, exhibir o hacer) con algún esfuerzo. Por tanto, también "hoy en día" es posible pintar como Caspar David Friedrich.

de una carta de Gerhard Richter a Friedrich Amman, 1973


He señalado ya, en varias ocasiones, como no suele coincidir el concepto de calidad y publicidad, cuando se trata de juzgar las exposiciones de la temporada. Así ocurrido este año, puesto que mientras se están anunciando a bombo y platillo la exposición/reapertura del Prado (y ya comentaré a su debido momento mis dudas sobre el asunto), y la Durero/Cranach de la Thyssen, apenas se ha dicho una palabra sobre la exposición de Friedrich a Rothko, del paisaje romántico al expresionismo abstracto, que se puede visitar en la sede madrileña de la Fundación Juan March


Una exposición que para mí, es quizás la mejor de este temporada (septiembre-septiembre).


En primer lugar, por tratarse de una exposición de tesis, en la que se intenta demostrar una teoría sobre la historia del arte mediante la reunión de un conjunto escogido de obras. Un objetivo en el que cumple plenamente las expectativas que pudiera uno formarse simplemente por leer el título.


Me explico. Hace tiempo que vi en la Thyssen, una exposición llamada El renacimiento Mediterráneo. Con ese título, y dada la educación que se le supone al visitante habitual, se podría pensar en una exposición que mostrase la difusión y acogida (o rechazo) del renacimiento en el Mediterráneo y en los siglos XIV y XV. Sin embargo, la exposición no trataba de eso. Ni siquiera intentaba mostrar lo que pudieran haber sido otros posibles focos renacentistas, independientes del italiano, como fuera el contemporáneo de los países bajos. No. El título correcto de la exposición, por nombrarla de forma larga sería algo como, el arte en el resto del mundo mediterráneo occidental en la época (ss. XIV-XV) de la génesis del arte renacentista.


Pero claro, a ver quien es el que consigue atraer a algún visitante con ese título.


En este caso, el título y el concepto, y sobre todo el contenido, están perfectamente ajustados. El objetivo de la exposición como puede deducirse fácilmente, es demostrar como la abstracción americana de postguerra (el expresionismo abstracto) estaba fuertemente enraizado en el paisaje romántico nórdico, y como ese sentimiento del paisaje en el siglo XIX, fuertemente místico y abstracto, se refleja en la abstracción abstracta, hermética y , de los americanos del XX, en el sentido de que ambas modos de representación artística no se detienen en simplemente representar (o no) algo en el lienzo, sino que buscan ir más allá, es decir convertir lo que se ve en el lienzo un símbolo que haga referencia a algo distinto, irrepresentable y superior.


Por supuesto esta tesis no es nueva. Mejor dicho, es lo bastante antigua (de los años 70 del siglo XX) como para que su contenido se haya filtrado por toda la literatura artística y no resulte sorprendente para nadie. Es decir, que a nadie se le ocurriría ahora mismo proponer una historia lineal del arte occidental reciente, en el sentido en que todo el arte del pasado era un preludio del impresionismo (qué hacer con Caravaggio y Poussin que no cuadran), y el arte que le siguió un desarrollo de sus ideas (con el problema de qué hacer con el surrealismo, que es antimpresionista), sino que la visión es la de una trama en la que diferentes hilos confluyen para dar lugar a un estilo y luego se dividen en otros varios.


Un historia en la que no hay un solo centro artístico y una sola narrativa, sino muchos centros y muchas narrativas, dependiendo del punto de vista que se adopte, y donde parte del interés consiste precisamente en descubrir esos fenómenos que se habían pasado por alto, como era el caso de los simbolistas de finales del XIX, aplastados por la explosión impresionista, pero fundamentales para entender el surrealismo.


Y aquí entra el segundo factor que hace de esta exposición una exposición fundamental. En ella se visitan dos fenómenos artísticos aparentemente contrarios, por un lado,, el paisaje romántico, que se propone una representación cabal de la realidad y al mismo tiempo es una alegoría de las creencias cristianas, por otro lado, el expresionismo abstracto, que no se propone representar la realidad y cuya experiencia religiosa es más heterodoxa y adoctrinaria. Si se pretende unirlos es necesario emprender un doble viaje, uno que recorra la historia de la pintura entre las dos fechas, demostrando como existió un espíritu común, un deseo de hacer las cosas de cierta manera, que nunca se perdió, y otro que demuestre que ese espíritu sigue aún viviendo.


Así, aparte de mostrarnos el paisaje romántico alemán en sus ejemplos paradigmáticos, como sería el caso de Friedrich y Runge, nos muestra sus homólogos ingleses, Turner y Constable, y la pléyade de pintores americanos que transplantaron ese sentimiento al otro lado del atlántico, para, a continuación, señalarnos como la vanguardia más combativa, Nolde, Munch, Kandinski, Mondrian, siguió creando obras que no hacían más que repetir ese mismo espíritu místico y sublime, sólo que con técnicas completamente distintas, algo, ese utilizar ideas antiguas, rancias y demodé, con técnicas vanguardistas y ultramodernas, que es también el ethos de pintores de ayer mismo.


Pintores alemanes, como no podría ser de otra manera.


Pero todo esto no pasaría de ser un ejercicio de estilo, mejor dicho, un despliegue de erudición vacua, si no se hubiera conseguido, al mismo tiempo que la obras exhibidas fueran de primera fila.


Por decirlo, de otra manera, que si la exposición funciona, es porque la impresión que nos produce la contemplación de las impresionantes acuarelas de Turner de primeros del XIX



es amplificada por los no menos impresionantes lienzos de Nolde de primeros del XX



y eso, la emoción que ambas expresiones artísticas nos producen, las que nos hace darnos cuenta de que estética e ideológicamente no hay casi diferencia alguna.

O dicho de otra manera, que no hay evolución en el arte, sino que la modificación de las técnicas lo que permite es representar las mismas cosas de maneras distintas.

(y debería volver sobre esta idea que a muchos les sonará a blasfemia o herejía)