jueves, 25 de octubre de 2007

Across the wide world (y 4)

En ese viaje que realice hace ocho años a Uzbekistán, una de las últimas imágenes que conservo del país es la de una gigantesca estatua de estilo realista sovietico, levantada en medio del desierto, que representaba a una mujer avanzando con paso firme y decidido, mientras agitaba en uno de sus brazos el velo que acababa de ponerse.


Se llamaba algo así como, no lo recuerdo bien, la liberación de la mujer musulmana, y conmemoraba el decreto por el que se abolía esa prenda.


Han pasado muchos años ya desde ocurriera ese hecho, sucedido antes desde de que yo naciera. Han pasado también muchos años desde que cayera el comunismo, los suficientes para que esté a punto de salir al mundo, a adueñarse de él como suelen hacer todos los jóvenes, una generación para la que ese sistema es casi tan remoto como la batalla de Salamina.


Y empieza también a hacer unos cuantos años, desde que comenzó esta nueva etapa de la historia del mundo, desde que se rompiera el espejismo de esta tierra eternamente en paz, al menos sin posibilidad de un holocausto nuclear, que sucediera al terror permanente de la guerra fría.


Un periodo, este nuevo, de sobresaltos, de pesimismo creciente, donde poco a poco vemos como el mundo se va polarizando, como lentamente, el miedo a la guerra de tiempos de la guerra fría, esa guerra que ániquilaría a la humanidad, va siendo substituido por la posibilidad de la misma, pensada, al estilo de Clausevitz, como continuación de la política por otros medios, como medio de imponer la voluntad de las naciones a otras naciones o de evitar que la impongan, e incluso como único medio de supervivencia nacional, racial o religioso, mediante el exterminio de las otras naciones, las otras razas, las otras religiones.


Una situación parecida a la del equlibrio de potencias de antes de la primera guerra mundial, donde la mejor forma de negociar era hacer como los jugadores de cartas, ir subiendo la apuesta hasta llegar al órdago, y donde romper la baraja, tirar la mesa y liarse a tiros formaba parte de las reglas asumidas del juego. Es más, se suponía que debería de ocurrir inevitablemente.


Y es entonces al ver el estado del mundo, esa especie de camino de autodestrucción en el que parece que nos hemos embarcado inevitablemente, entre cambio climático, destrucción mediambiental, recursos decrecientes, fanatismo político y religioso, eliminación de toda traba moral y sentimental siempre y cuando se consigan los fines propuestos, que me hago esta pregunta.


¿Qué habrá sido de esa estatua de Uzbekistán? ¿Mantendrá su poder omnímodo el autócrata que allí gobierna y se conservará en pie? ¿O habrá tenido que ceder algo ante la reislamización de toda la región, y para evitar que su poder se tambalee habra cedido la estatua?


Y lo que es más importante. Cuando yo estuve allí era rarísimo no ver ya velos, sino simplemente pañuelos, pero no los pañuelos tradicionales, que se llevan por razones estrictamente funcionales, sino esos que se llevan apretados al cuello y a la frente, como símbolo de compromiso religioso y político. ¿Cuál será la situación ahora?


Y es curioso comprobar también como cambia la opinión política de uno a medida que avanza la historia. Porque uno, como mandaba la tradición de la izquierda, esa que buscaba la liberación de la mujer, siempre ha estado y está en contra de esos símbolos, pero al mismo tiempo, se da cuenta de que la persona que menos culpa tiene es la niña a la que obligan a vestirlo en cuanto tiene la menstruación, o la mujer anciana que ha vivido siempre con esa prenda y la considera natural, es más se sentiría desnuda si la llevara.


Porque contra los que hay que combatir son otros, aquellos que utilizan a los inocentes, a los débiles, para avanzar en sus posiciones políticas, para hacer tragar su propio fanatismo disfrazándolo de tolerancia.


¿Pero cómo hacerlo, cómo hacerlo, sin que se le marque a uno como perteneciente al bando contrario, a ese otro fanatismo, que si le dejasen a solas, tomaría las mismas acciones?


Maldita encrucijada, maldita duda, en la que uno se detiene, mientras los que no conocen de eso, siguen avanzando, "con la seguridad de un sonámbulo" que decía un conocido dictador alemán.