martes, 17 de junio de 2014

Forged Travels

Cette maxime, repartit la reine, provient de votre religion, amoindrie para les doctrines ombrageuses de vos prêtres. Ils ne vont à rien a moins qu'à tout immobiliser, qu'à tenir la société dans les langes et l'indépendence humaine en tutelle. Dieu a-t-il labouré et semé les champs? Dieu a-t-il fondé des villes, édifié des palais? A-t-il placé à notre portée le fer, l'or, le cuivre et tous ces métaux qui étincellent à travers le temple de Soliman? Non. Il a transmis à ses créatures le génie, l'activité, il sourit à nos efforts et, dans nos créations bornées, il reconnaît le rayon de son âme, dont il a éclairé la nôtre. En le croyant jaloux, vous limitez sa toute-puissance, vous déifiez vos facultés, et vous matérialisez les siennes. Ô roi! les préjugés de votre culte entraveront un jour le progrès des sciences, l'élan du génie, et quand les hommes seront rapetisses, ils rapetisseront Dieu à leur taille, et finiront par le nier.

Gerard de Nerval, Voyage en Orient.

Esa máxima, respondió la reína, proviene de vuestra religión, disminuida por la doctrinas sombrías de vuestros sacerdotes. No ven otra que cosa que inmovilizar todo, que a retener la sociedad en sus ligaduras, la independencia humana en tutela. Dios ha labrado y sembrado los campos? Dios ha fundado ciudades, edificado palacios? Ha puesto a nuestro alcance el hierro, el oro, el cobre y todos esos metales que brillan en el interior del templo de Salomón? No. El ha trasmitido el genio y la actividad a sus criaturas, sonríe a nuestros esfuerzos y, en nuestras creaciones limitadas, reconoce la luz de su alma, con la que ha iluminado la nuestra. Si le pensamos celoso, limitamos su omnipotencia, divinizamos nuestras facultades, banalizamos las suyas. O rey! Los prejuicios de vuestra religión acarrearan un día el progreso de las ciencias, el impulso del genio y cuando los hombres sean hechos pequeños, reducirán a Dios a su tamaño y terminarán por negarlo.

Debo a las exposiciones del MNCARS algunos de mis descubrimientos literarios tardíos... y curiosamente, otros, como Robert Walser o Bruno Schulz se los debo a la animación, algo de lo que debería hablar algún día. A Raymond Roussel lo encontré en una exposición dedicada en exclusiva a él, mientras que supe de Gerard de Nerval en otra muestra reciente, en la que se exploraban diferentes visiones artísticas sobre la memoria biográfica. En este último caso, dos factores principales fueron los que me movieron a hacerme con alguna obra de ese escritor romántico. En primer lugar su obsesión por recrear y reforjar su contexto histórico, obsesión que le llevó a imaginarse descendiente de Napoleón I, a lo que se une, en segundo lugar, el lento proceso de disociación mental que le llevó a rechazar su imagen fotografiada/dibujada, como si ésta perteneciera a otra persona desconocida.

Lo primero que conseguí de Nerval, y que ahora estoy leyendo, es su Voyage en Orient, aparente registro de sus andanzas por Egipto, Palestina, El Líbano y Turquía en la década de 1840. Mi decisión se debió, en parte, por mi afición a la literatura de viajes, de la cual este libro es uno de sus mejores muestras... y como de habitual tengo que explicar esto último, no sea que alguien se lleve a engaño. Cuando pensamos en literatura de viaje, normalmente pensamos en la guía, el libro escrito para que nosotros desde nuestras casas planeemos nuestras futuras vacaciones, o en lo que los anglosajones llaman el travelogue, la lista de sitios que hay que ver, convenientemente rellenada y marcada por el viajero. La mejor literatura de viajes, por el contrario, es la que se aparta de estos dos tópicos, bien porque la lejanía en el tiempo hace imposible reencontrar en la actualidad lo narrado, tornándolo así lo escrito en documento histórico, bien porque el viaje es en realidad un viaje interior del narrador, en el que lo importante son sus peripecias y aventuras, y no tanto ese factor turístico, repetible y compartible de las guías de viajes.



Voyage en Orient, como puede imaginarse, poco tiene que ver con la guía o el travelogue y sí mucho con ese viaje personal interior, de encuentro consigo mismo, con las melancolías adquiridas o soñadas en los países de origen y que se buscan en los países visitada. Es cierto que, en ese sentido, la obra de Nerval podría ser clasificada junto con esos Orientalismos que Edward Said denunciaba en su famosa obra, donde se explicaba como las manifestaciones artisticas de la Europa del XIX habían servido para crear una imagen de un Oriente inexistente fuera de las mentes de sus creadores, una mezcla de exotismo, refinamiento y barbarie, sin modificación en siglos, a la vez atractivo y repelente, y que por eso mismo, por su atraso y su ignorancia, justificaba la necesaria y inevitable, intervención colonial de las potencias europeas.

Sin poner en duda las tesis de Said, que constituyen una necesaria llamada de atención sobre la superioridad con que  Europeos y Occidentales miramos al resto del mundo, a ese otro que no comprendemos, el rechazo de plano de las manifestaciones orientalizantes en el arte europe me parece un grave error. Primero,  porque parte de esos intelectuales realmente admiraban ese oriente que describían y, en segundo lugar, porque a pesar de los defectos, carencias y errores de estos artistas y pensadores en su reproducción del oriente, constituyeron una fuerza decisiva a la hora de poner en contacto, de una forma atractiva y sugerente, a espacios culturales separados por barreras aparentemente infranqueables. O por decirlo de forma más clara, algunas de esas obras, las inspiradas por una sincera corriente de simpatía, despertaban el deseo de viajar y ver, de conocer y comprender, esas otras culturas y a esas otras personas, tan diferentes y tan alejadas de nuestra experiencia cotidiana.

La mejor expresión de esta fascinación por Oriente se halla en un fenómeno que parece casi exclusivo de la cultura occidental, el del viajero que renuncia al retorno a la "civilización" y decide permanecer allí a donde le ha llevado el destino, considerandolo un lugar mejor, más noble y más puro que el hogar que había dejado atrás. Esa mordedura embriagadora se siente a lo largo de todas y cada una de las páginas de el viaje narrado por Nerval, quien, invariablemente acaba por abandonar los barrios occidentales de El Cairo, Beirut o Estambul, para pasar a habitar los de los naturales, adoptando sus modos y costumbres, participando en sus festejos y diversiones, y que describe con especial fruición, en un caso de libro de ese síndrome arriba cirtado: el enamoramiento de un oriente, a partes iguales real y soñado.

¿Soñado? Se lo he ido anticipando aquí y allá a lo largo de estas líneas, pero el caso es que uno de los rasgos característicos de Nerval, como persona y como escritor, es el de ser un mentiroso de primera categoría, mejor dicho, un fabulador que acaba por desconocer que es lo que realmente experimentó, qué es lo que se inventó en un sueño enfebrecido. El viaje que el escritor nos narra en realidad nunca tuvo lugar, mejor dicho, sobre la trama de un viaje real, que le llevó por El Cairo, Beirut y Estambul, el escritor injerta recuerdos de otros viajes anteriores y posteriores, añadiendo según se le antoja fragmentos arrancados y reesculpidos de otros libros y relatos de viajeros. El resultado, por tanto, es el viaje perfecto, el que resume la experiencias de muchos otros y las reúne en una sola, perfección que debería habernos puesto sobre aviso.

Nerval no se detiene en este esfuerzo de mistificación. Su libro abunda en digresiones en las que se insertan cuentos y leyendas, a modo de una pequeña Mil y Una Noche, que aunque parte de materiales reales o de personajes completamente históricos, en su versión final resulta casi imposible separar lo auténtico de lo embellecido, si es que eso era posible en el material original. De hecho es precisamente esa reescritura al estilo de la leyenda y el mito la que permite que lo narrado por Nerval mantenga su poder de fascinación, al sobrepasar el mero relato de viajes anclado en su tiempo, para adentrarse en los terrenos de la leyenda y el mito, continua reelaboración de los mismos materiales, en la que lo que al final importa no es la precisión o la veracidad, sino el cuidado con que han sido escogidos los materiales y la maestría con que han sido ensamblados.

Y eso, queridos lectores, es algo que Nerval le sobra.