miércoles, 11 de junio de 2014

Solitude, Labyrinths, Doubts (I)

Mit nicht anzufechtendender Sprachfreiheit gelange ich in die Lage zu sagen, dass sich hie und da eine der weidenden Kühe das Rückgrat legte oder mit der reizenden Gewundenheit des Schweifes oder Schwanzes den Frieden und der Lieblichkeit des Bodens peitschte, und stellt denn bei allem dem dieses in meinem gutbürgerlichen Zimmer verfasste Gedicht, denn für ein solches halte ich es, nicht lediglich eine Bemühung dar, ein bisschen Ernsthatftigkeit bei solchen hervorzurufen, die das vorliegende Glied in der Kette meiner prosaischen Schriften sich vergeblich anstrengen werden zu begreifen, die viel zu klug zu sein meinen und vor einem kleinen bisschen Dummheit die Fassung nicht zu bewahren imstand sind, die noch nicht einmal unwissend zu werden lernten, die bis dahin den Einfall noch hatten, dass sie durch ein glanzvolles Ausbleiben von Einfällen auszeichnen, die oft auf eine kolossal unanständige Art anständig zu sein nicht fürchten, die von der Geburt des Verstandes, von schönen Wunsch, dass er überhaupt nicht gehören lebendig würde, nichts ahnen, um die kaum zu überzeugen sind, dass hier der kuriose, vielleicht nicht ganz uninteressanten Versuch unternommen worden ist, mit etwas Nicthsagendem irgend etwas zu sagen, das Verständige aufzulösen, als wäre jener einer vielleicht von Dürer ersonnene, die Hand über einen Globus legende Melancholie.

Robert Walser, Microgramas 1926-1927

Con esa libertad de palabra que no se pone en duda, alcanzo a ponerme en la situación de decir que, aquí y allá, una de las mugientes vacas disponía su lomo o más bien con un atractivo retorcimiento del rabo o la cola  fustigaba la paz y la vida del campo, y como este poema, pues por tal lo considero, escrito en mi habitación burguesa representaba ante todo, no solamente un esfuerzo, sino una llamada a obtener un pedacito de seriedad, en el que mi brazo, atrapado en la cadena de mi escritura prosaica, pensaba que se atareaba inútilmente, en el que a punto estaba de pensarme demasiado inteligente y de no percibir que era presa de una cierta estupidez, en el que aún no había aprendido una sola vez a ser sin ser consciente, en el que hasta entonces aún no había tenido la idea de representarme mediante la brillante ausencia de ocurrencias, en el que normalmente no temía ser decente de un modo completamente indecente, en el que no comprendía y estaba poco dispuesto a ser convencido, que del nacimiento de la comprensión, de los bellos deseos, a los que generalmente nunca había llegado a participar, en esta ocasión había emprendido el curioso intento , quizás no completamente falto de interés, de decir algo inexpresable de cualquier manera, de disolver lo comprensible, como si fuera quizás esa Melancolía, imaginada por Durero, que apoya su mano sobre el globo terráqueo.

La historia es conocida. Tras varias novelas y un periodo de fama literaria en al Berlín en las primeras  décadas del siglo XX, donde conoció a los grandes nombres de la literatura alemana, Robert Walser se retiró a su Suiza natal. Allí, lenta y paulatinamente, emprendió un proceso de desconexión social, de ruptura de cualquier tipo de relaciones humanas, de hundirse en la más absoluta soledad, que al final terminó conduciendo a su reclusión en un sanatorio para enfermos mentales. Fue no obstante, durante este periodo de obscurecimiento personal y mental, cuando Walser se embarcaría en una de esas extrañas aventuras creativas tan comunes en la literatura del movimiento moderno.

Se trata de los Microgramas, pequeñas composiciones literarias, cuentos, poemas, escenas teatrales, escritas en fragmentos de papel con letra diminuta, que permanecieron desconocidas hasta después de su muerte en los años 50, y aún durante varias décadas más, hasta la publicación en los 90 de sus primera edición crítica. La razón de este retraso no es solamente su pertenencia a los papeles privados del artista, obstáculo que habría sido superado con su muerte y la apertura de sus archivos, la cuestión es que cualquier lectura de los Microgramas supone un problema  académico de primera magnitud, comparable al desciframiento de un idioma desaparecido. La escritura diminuta de Walser, casi microscópica, la tendencia del escritor a (re)inventar el lenguaje alemán, unido al hecho el hecho de que se trata de literatura experimental, en la que la secuencia lógica de la ideas es constamente puesta en duda, suponen otros tantos obstáculos para su reconstrucción, su transcripción y su correcta interpretación.


Afortunadamente, el reto fue aceptado, el enigma resuelto, y si bien el lector de la edición final no tiene que lidiar con los problemas metodológicos que he señalado arriba, la dificultad del estilo final de Walser es tal, que ncluso si se tiene un conocimiento profundo, literario, de la lengua alemana, no se puede por menos que admirar a los que tuvieron que explorar ese inmenso océano literario sin referencias ni guías, casi, como digo, como aquellos pioneros del siglo XIX que tuvieron que descifrar por sí solos los jeroglíficos o la escritura cuneiforme.

Algunas de las razones de la dificultad de los Microgramas walserianos han sido apuntados un poco más arriba. Aislado en su soledad, Walser empezó a escribir sólo para sí mismo, sin necesidad de tener que rendir cuentas a nadie, en casi completa libertad. Partiendo esas premisas, se puede aventurar que se impuso el objetivo de reinventar la lengua alemana, llegando a una radicalidad estética que supera con creces a la de sus contemporáneos, ya fueran estos del calibre de Kafka, Musil, Döblin, Kraus, Mann o Hesse, y que en bastantes momentos anticipa las soluciones del postmodernismo literario de la segunda mitad del siglo XX.

No es ya que Walser invente palabras, intentado expresar ese inexpresable semántico al que se refiere el fragmento que abre la entrada, mediante la metamorfosis léxica a base de prefijos y sufijos, llegando incluso a introducir dobles negaciones dentro de ina misma palabra. Tampoco es sus fragmentos literarios lleguen en ocasiones a estructurarse en una sola frase que se extiende por varias páginas, en cuyo interior las subordinadas van apilándose las unas sobre las otras como si fueran estratos sedimentarios, mientras los referentes de los pronombres pueden encontrarse muchas líneas arriba o abajo del punto de lectura. No, lo realmente distintivo del estilo de Walser es que su modo de escribir acaba por asemejarse a un inmenso laberinto de espejos, en el que la realidad de lo descrito se disuelve y lo que se quiere decir, argumento y la demostración lógica, acaba por ser negado y afirmado al mismo tiempo, en un a modo de imposible metafísico.

Este modo discursivo tan típico de Walser, este su vagabundeo y deriva sin rumbo, en el que en apenas unas líneas argumento y objeto pueden haberse transformado y escamoteado completamente, al modo de un prestidigitador sobre el escenario, reflejan en cierta manera el modus vivendi de Walser, su caraterización como andarín, vagabundo, persona siempre en movimiento, que transcurría sus días caminando de forma continua por los alrededores de su lugar de residencia y que de hecho acabaría muriendo precisamente en uno de esos paseos. Así, la mejor forma de entender la literatura de Walser es precisamente concebirla como la visión, la mirada, de un paseante, de alguien que camina sin rumbo fijo y cuyos pensamientos son atraídos, distraídos, por los diversos incidentes y objetos que encuentra en su camino, en una yuxtaposición de ideas cuya única ligazón es precisamente la persona del observador.

Cierto, pero también falso. Este vagar, esta deriva sin rumbo ni destino son sólo aparentes, otro más de los disfraces y engaños a los que nos somete Walser. Precisamente, si este autor puede considerarse un precursor de las soluciones del postmodernismo, es porque es consciente, hasta el dolor casi físico, de estar escribiendo para ser leído, de dirigirse a un público, incluso cuando sus fragmentos vayan a permanecer ocultos, encerrados, aislados. No es ya, como sería habitual en el realismo literario, que el escritor nos comunique sus pensamientos o que nos permita escuchar su voz, como si fuera otro observador y testigo de los acontecimientos, es que Walser se vuelve hacia nosotros, nos interpela, busca involucrarnos, discutir con nosotros, explicar el motivo sus soluciones estéticas, las otras posibles vías que podría haber tomado , para así obligarnos a emitir un juicio, a decidir, en definitiva, si lo que estamos leyendo sería mejor así o de otra manera.

Walser, por tanto, acaba por trascender lo que sería el objetivo de la literatura del movimiento moderno. Si este estilo de la primera mitad del siglo XX se caracterizaba por su afán, su fascinación, por la experimentación sin trabas, hasta alcanzar los límites de lo posible, permitido, de manera que así, quizás, se abrieran nuevos caminos a territorios desconocidos, los cuales pudieran ser explorados a su vez;  en los Microgramas de Walser, por el contrario, se intenta mostrar la tramoya del proceso creativo, las dificultades, los errores, los titubeos que supone cualquier intento serio por crear literatura, sea del tipo que sea, tenga las ambiciones que tenga, posea menor o mayor calidad.

La conclusión, no expresada, pero si intuida, demoledora, quizás la causa del abandono definitivo de la literatura por parte de Walser, ese último paso definitivo que sólo unos pocos escritores han tomado, es que al final, esos nuevos caminos, esos territorios vírgenes, no existen, que todas las vías son válidas, dignas de ser recorridas, independientemente de su belleza, de su nobleza, de las ambiciones y pretensiones del propio escritor, que al final, como el paseante, debemos limitarnos a recorrerlos eternamente, reinterpretándolos si es posible de nuevas maneras, o incluso sin temer las antiguas, puesto que puede ser que no nos queden otras.

Lo cual, por cierto, es el epítome de las concepciones postmodernas.