jueves, 12 de junio de 2014

From the Vault (IX): Haibane Renmei (2002)

Siguiendo con este rescate de mis escritos en el agonizante foro de cine cinexilio, unido a la revisión de mis entradas sobre anime en este blog que voy reuniendo en página aparte,le ha llegado el turno de Haibane Renmei (el viaje de Kino)

 Esta es otra serie mítica, de las que quedaron en la memoria de los espectadores de su tiempo, principios de este siglo y que entonces nos parecía el inicio - y la justificación - de una época dorada del anime, pero que en realidad han acabado perteneciendo a un periodo de cierre, antes de la victoria del complejo moe/ kawai al que ya saben no le tengo especial cariño.

Obra mayor, profunda, sentida y provocadora, a la que las sucesivas crisis de las editoriales y la falta de una (re)edición en BR, han hecho caer en un limbo similar al que habitan sus protagonistas.


Haibane Renmei
2002, 13 Episodios


Os digo que a todo el que tiene se le dará y al que no tiene, aún lo que tiene le ser arrebatado. Lucas 19,26

En un lugar indeterminado, fuera del tiempo, en una ciudad cuya arquitectura es similar a la de una vetusta villa europea de alrededor de 1900, pero cuya tecnología es la de finales del siglo XX, vienen a la luz unos extraños seres, los Haibane, nacidos de una semilla que crece, sin previo aviso, en una habitación y que produce unos frutos enormes, de los que habrán de salir personas, jóvenes, ya formados, para al poco tiempo desarrollar alas y recibir un halo con el que ornar sus cabezas.

¿Ángeles entre los humanos? Cualquiera que haya tenido que sufrir las series provenientes del otro lado del Atlántico, yo entre ellos, no podrá evitar una mueca de asco al escuchar esta premisa. Lo que es más, huiría de ella como de la peste.

Y cometería un grave error.



Estos supuestos ángeles tienen más de seres humanos que de mensajeros del cielo. Sus alas son decorativas, no les permiten remontar el vuelo hacia las alturas. Sus halos no representan pureza, ni constituyen otra cosa  que una molestia. Ambos son signos que les separan de los demás seres humanos, señales que indican que han sido elegidos para un destino que nadie conoce, marcas que les impiden mezclarse con el resto y vivir como los demás. Porque a pesar de haber sido señalados, ellos también están sometidos al desaliento y a la desesperación, a la enfermedad y a la muerte. No vienen a salvar a nadie, ellos mismos deben ser salvados.

En definitiva, no son más que un trasunto de nuestras propias vidas. Traídos a este mundo sin que nadie les haya preguntado su opinión, abandonados en él sin recuerdos de su vida anterior, sin guías, ni referencias. Forzados a recibir un nombre que elijen otros, obligados a confiar en desconocidos y aceptar su tutela, sus consejos. Destinados a vivir en un mundo cuyas reglas son extrañas, cuyas normas no pueden cambiar. Un mundo en el que deberán elegir una profesión, una cualquiera, en la que deberán dar lo mejor de sí mismos, aunque no les guste, aunque la odien en lo más íntimo. Un mundo del que no pueden escapar, cuya tierra esta rodeada por un muro altísimo, inescalable, mortal para aquel que lo toca, y tras el cual nadie sabe lo que podría encontrarse. Una tierra de la que vendrá a llevárselos la muerte, para nunca más volver, una vez franqueada esa frontera.

Un tiempo y un espacio donde todo es transitorio, donde nada parece tener sentido.

Transitoriedad reforzada por el propio estilo visual de la serie. Como hemos dicho, ella transcurre en un ciudad que parece sacada de la Centroeuropa de antes de las dos guerras mundiales. Un lugar vetusto y olvidado, a punto de desaparecer, donde los libros se convierten en polvo en las bibliotecas, donde los molinos de viento que dan energía a las casas están oxidados y chirróan, donde las casas tienen multitud de habitaciones cerradas, olvidadas, en las que nadie sabe que puede haber, donde se alzan fábricas largo tiempo abandonadas, convertidas en habitación para personas que han olvidado su función, que las han reutilizado y adaptado para sus necesidades.

Un ambiente de colores cenicientos, desvaídos, incluso en pleno verano, y que se van tornando más y más grises, a medida que el invierno avanza y se asienta. Porque esta serie, como otras grandes series de anime, el tiempo transcurre, el verano se transforma en otoño y el otoño en invierno. Un espacio-tiempo donde llueve y nieva, donde el sol sale y se oculta, donde hace frío y hay corrientes de aire, donde es posible resfriarse y enfermar. Un lugar donde la naturaleza impone sus reglas a los hombres y les fuerza a tomar un paraguas, a cambiar de ropa, a vestir un abrigo para no pasar frío. Un entorno donde hay que prepararse el almuerzo antes de ir al trabajo, donde si quiere disfrutar del tiempo libre, hay que resolver previamente multitud de obligaciones.

Así, de amanecer en amanecer, de atardecer en atardecer, de comida en comida, pasan los días, transcurren las horas, se consume la vida. La serie y los personajes cesan de plantearse preguntas, puesto que si no tienen respuesta, no tienen sentido planteárselas. Episodio tras episodio, como en nuestras propias vidas, nos iremos instalando en la rutina. Como en nuestra propia existencia, nos limitaremos durante largo tiempo a ser espectadores, hasta que llegue el día en que podamos ser actores, y durante ese intervalo conoceremos gentes, aprenderemos sus gustos, sus hábitos, sus ilusiones y sus temores... para dejarlos luego atrás y olvidarlos.

A casi todos.

Aunque queramos huir, aunque los personajes quieran huir, la pregunta sigue allí. La muerte no perdona a nadie. Por ahora siempre le toca a los demás, pero un día nos llegará a nosotros, y todo ser humano, todo Raibane tiene que decidir cual va a ser su respuesta frente a ella. Sin embargo, tan importante como esa respuesta es saber cual es la auténtica pregunta. Porque no se trata de averiguar que hay más allá del muro, sino de decidir que vas a hacer con el escaso tiempo que te ha sido concedido, en que vas a ocupar las cortas horas que caminarás sobre la tierra.

Se trata de elegir tu destino, de determinarte a ti mismo, de hacer uso de tu libertad.

La mayoría de los mortales no llega nunca a formularse esa pregunta. Se limitan a vivir. A aprovechar y disfrutar del parasío en el que han sido abandonados. Otros, presa de la melancolía, no pueden apartar esa pregunta de sus mentes. Hagan lo que hagan vuelve a ellos, arruinando cualquier placer que encuentren, apartando su vista de sus muchas virtudes y fijándola sólo en sus defectos, ampliándolos y agigantándolos. Jueces de si mismos, rigurosos e implacables, observan todas sus acciones como si fueran las de otra persona. Cualquier actividad que emprendan, cualquier relación que entablen, la contemplan con un punto de ironía y sarcasmo, sin llegar a creérselo por entero, sabiendo que inevitablemente habrá de romperse y disolverse en polvo, deseando incluso que llegue ese momento, provocándolo ellos mismos, revolviéndose y atacando a los que les aman, a los que ellos mismos aman, para que así el resultado sirva de confirmación a sus ideas, para que no tengan que cambiar de opinión.

As fracaso tras fracaso, desengaño tras desengaño, se irán replegando sobre si mismos, cortando todos los lazos, bloqueando todas las salidas, expulsando de sí todo lo que no sea su amargura, puesto que noexisten bálsamos que puedan aliviarla. Y si, por un azar, les ha sido concedido el milagro de reproducir el mundo en todos sus detalles o de cantarlo con voz vigorosa, eso ser como añadir sal a la herida, como añadir insulto a la injuria, especialmente si a esa virtud ha sido añadida el impulso irresistible, la necesidad de llevarlo a cabo. Tan fuerte será el dolor que no quedara otra salida que partir el pincel, quebrar la pluma, prender fuego a todo lo que has creado, consumirte en esa misma hoguera.

Y sólo unos pocos, una ínfima minora de estos extraviados en sus laberintos internos, consiguen alcanzar la salida, aunque sea en el último instante de su existencia.