viernes, 6 de junio de 2014

Radicality & Anarchy






































Conocía el nombre de Vlado Kristl como uno de los integrantes iniciales de Zagreb Films, estudio yugoeslavo que durante casi cuatro décadas, de finales de los cincuenta a últimos de los ochenta, produjo algunos de los mejores cortos de la historia de la animación, en su vertiente vangüardista/experimental. En su tiempo, la escuela de Zagreb era uno de los puntales de la animación internacional, como demuestran los muchos premios que ganaron sus cortos, y su huella puede rastrearse hasta nuestros días, vía la animación de los países del antiguo bloque comunista o, ya en occidente, en las producciones de la NFB de Canada.

Desgraciadamente, en la actualidad, su fama se ha desvanecido bastante y apenas la recordamos unos pocos aficionados duros a la animación. Contribuye a este olvido la ausencia de ediciones en DVD, si descontamos las mediocres de Rembrandt Films en EEUU, provocada en parte por el hecho de que el estado que promovió esa escuela de animación se disolvió en una constelación de estados sucesores,  enzardados en una agria guerra civil durante la década de los 90... lo que en cierta manera ha llevado a que se intente borrar u ocultar todo lo que pudiera recordar ese pasado y a la dictadura que lo encarnó, fuera bueno o malo.

Como sabrán por mis anotaciones, mi admiración por Zagreb Films y otras escuelas de animaciñon del bloque comunista se enfrentaba a una evidente paradoja: como unos sistemas totalitarios habían permitido y subvencionado la producción de unos tipos de animación evidentemente minoritarios y en muchos caso contestatarios. Mi respuesta era que la necesidad de prestigio internacional de esos regímenes había favorecido la creación de nichos artísticos en donde estos creadores de talento podían encontrar la libertad necesaria, no sólo para romper con los dogmas artísticos, sino para embarcarse en reflexiones políticas que iban en contra de propio sistema que los financiaba.

Pues bien, debo admitir que estaba parcialmente equivocado, como he descubierto gracias a la magnífica edición de FilmMuseum dedicada a la obra temprana de Vlado Kristl, que me ha permitido conocer su propia historia  y sus dificultades con la dictadura totalitaria de Tito, gobernante de Yugoeslavia por aquel entoneces.

Lo cierto es que Kristl apenas llegó a rodar cuatro cortos para Zagreb Films y en todos ellos tuvo que luchar contra la censura del régimen, no sólo por razones políticas, sin también estéticas. Su primer corto fue destruido por las autoridades, el segundo remontado y mutilado, mientras que en el tercero, Sagrenska Koza (La Piel de Zapa) de 1960, se le puso a cargo de un segundo director, quien, en deferencia a Kristl, se marchó de vacaciones y le dejó crear en solitario sin molestarle. El cuarto,Don Kihot (Don Quijote) de 1961, es una de las obras más radicales que se hayan filmado en animación, una denuncia sin ambages del totalitarismo y la opresión, rodada en un estilo vanguardista sin ningún tipo de concesiones al público o a las autoridades. No es de extrañar que tras haberlo paseado por todos los festivales, el gobierno Yugoeslavo la guardase bajo cuatro llaves y que Kristl decidiera exiliarse en Alemania, temiendo ser detenido.

Kristl volvería a Yugoeslavia una vez más para rodar, con salvoconducto y con todas las garantía de libertad creativa. El resultado sería General I Resni Clovek (El general y la persona corriente) de 1962 una caustica reflexión sobre el poder político, las ansias de revuelta, y la capacidad del eestablishment para absorber y controlar las corrientes contestatarias. La bofetada al régimen de Tito de Kristl fue tan sonora que el corto nunca se estrenó, siendo archivado con instrucciones de nunca difundirlo, y sólo sería rescatado muchos años más tarde, en los noventa, al revisar los fondos de la filmoteca de Zagreb.

Como tantos otros creadores de los países del este, piénsese sólo en Valerian Borowczyk o Jan Lenica, Kristl se marchó a un exilio en Alemania del que nunca volvería. Esto no quiere decir que, como ha sido tan normal tras la caída de los regímenes comunistas, este artista sufriera una repentina conversión y abrazara sin reservas el sistema capitalista, entregándose a la comercialidad más descarada.Si algo caracterizaba a Kristl precisamente es su tendencia para ser una personalidad incómoda, así que, si ya era radical en su etapa yugoeslava, más lo iba a ser en su producción alemana, tanto estética como políticamente. Allí, en vez del capitalismo reinante, la corriente política que adopto fue la del anarquismo, muy en la línea de los movimientos contraculturales de los sesenta.

Las dos películas que he visto de este director en la edición que les comentaba, son magníficos ejemplos de la radicalidad y el extremismo que les comentaba, hasta un punto que no sé muy bien como encuadrarlas y clasificarlas, ni mucho menos como juzgarlas. Ambas, Der Dam de 1963 y Film oder Macht de 1970, a la que pertenece las capturas que abren la entrada, figurarían entre las pocas obras cinematográficas que se pueden abscribir al anarquismo en imágenes llamado Dadaísmo, al estilo de Vormittagspucken (1928) de Hans Richter. En la primera de ellas, Der Dam, no hay una trama definida, sino una serie de pequeñas escenas inconexas que se van alternando y superponiendo las unas sobre las otras, sin aparente relación ni orden, como si el autor se hubiera limitado a rodar lo primero que veía y hubiese dejado en suspenso su juicio crítico a la hora de seleccionar el material final.

Evidentemente no es ese el caso, ya que las diferentes escenas de Der Dam, acaban organizándose en ciclos, en los que determinadas secciones se repiten a intervalos regulares, tras ser invocadas por otras, mientras que las escenas no han sido presentadas en tomas únicas, sino troceadas y barajadas, en un evidente trabajo de remontaje y reconstrucción, que, sin embargo, parece que no obedece a razón o motivo alguno, más allá de la destrucción deliberada de las reglas y supuestos que deberían regir la creación cinematográfica.

Si Der Dam aparentaba no tener intencionalidad ni sentido, ya fuera estético o ideológico. Film oder Macht se propone como un manifiesto, curiosamente similar en muchos aspectos a otro famoso manifiesto fílmico, el contenido en Traité de Bâve et d'Éternité del letrista Isidore Isou. En el caso de Kristl, una voz en off llama con urgencia a abrazar la ideología anarquista, puesto que el comunismo ha muerto definitivamente, mientras exige la destrucción completa del sistema de creación cinematográfico comercial, mediante la construcción de películas que no signifiquen nada ni que busquen hacerlo, último acto supremo de rebelión y constestación.

Mientras este panfleto es pronunciado con voz agría y acalorada que llama a la acción inmediata, en la pantalla se suceden largas escenas sin relación con lo dicho, en las que, al contrario que en Der Dam, el objetivo parece ser renunciar a todo tipo de montaje, de ensayo y embellecimiento, de cualquier intencionalidad asumida y supuesta que el narrador demuestra como falsa, grilletes que constriñen la libertada de creación y la obligan a recorrer los caminos impuestos por una sociedad que no admite disidencia.

O al menos eso es lo que quiero entender. Porque la radicalidad del cine de Kristl es tal que me resulta imposible emitir un juicio acerca de su calidad. En ambas películas parece haber querido situarse fuera de toda norma, impedir cualquier valoración crítica por el sencillo expediente de romper todos los cánones, escritos o implicitos, de manera que su cine acaba por ser indistinguible de una obra fallida, del producto pergeñado por un director sin talento ni ambiciones.

Y quizás por eso son grandes, importantes por esa radicalidad imposible de repetir ahora mismo y que supera incluso los productos más subversivos de un Godard. Simplemente por atreverse a dejar de ser, por poner en tela de juicio todo aquello en lo que creemos, todo lo que consideramos inamovible. Postura, por otra parte, muy propia de la vanguardia del siglo XX, antes del postmodernismo, que en su búsqueda acabo por dinamitar el concepto de belleza e incluso el del propio arte.

Al igual que hace Kristl. Para que seamos nosotros quienes decidamos y devolvernos así nuestra libertad, tan necesario y tan urgente hoy en día