Mostrando entradas con la etiqueta sátira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sátira. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de febrero de 2020

Desde el exilio


Es normal asignar a los artistas a sus escuelas nacionales. Al fin y al cabo, de ese substrato patrio provienen sus principales influencias, sin las cuales su obra sería incomprensible. Como mucho, se llega a hablar de escuelas internacionales, caso de aquéllas ciudades, como la Roma del XVII o el París del siglo XX, que acogieron a artistas de múltiples proveniencias, de cuyos intercambios cruzados, de sus múltiples fertilizaciones, habrían de surgir estilos nuevos, perspectivas imposibles de contemplar, mucho menos imaginar, desde el terruño.

Sin embargo, creo que en el siglo XX habría que añadir una categoría más: el del exilio. De rango similar al de un país, puesto que quienes se convirtieron en artistas exiliados acabaron por adquirir rasgos idénticos, incluso sin conocerse entre ellos ni recalar en los mismos países. ¿La razón? Que esos exilios fueron de naturaleza política. Siempre han existido artistas nómadas, que no encajaban en sus sociedades de origen, pero en el siglo XX -y además de forma multitudinaria- muchos artistas fueron extirpados de sus tradiciones culturales, obligados a aclimatarse en culturas que no habían elegido y en donde sólo la suerte -o la casualidad- les había ofrecido abrigo frente a la persecución. No es de extrañar que en todos ellos se refleje la amargura ante la arbitrariedad, el rencor frente a la injusticia, junto con el más profundo desánimo, imbricado e inseparable de una inquebrantable voluntad de lucha y denuncia.

jueves, 30 de agosto de 2018

Welcome to paranoia

Dejé este libro y tomé otro: Sobre el ocultamiento de los objetos del culto. La cabeza me zumbaba un poco. Además me perseguía un olor difícilmente perceptible, una insoportable emanación que, como el hollín, cubría las pilas de libracos; no era un olor claro, de moho, por ejemplo, o de polvo arenoso del papel, sino una miasma nauseabunda del enmohecimiento secular, que parecía pegotearse invisiblemente a todo. En realidad debí haberme decidido a tomar cualquier volumen y alejarme, pero seguía dando vueltas, como si de verdad buscara algo. Dejé la Deontología de la traición y un pequeño pero abultado Imitación de la nada con orejas de burro y encuadernación negra; un libro de bolsillo Cómo actualizar la transcendentalidad parada, no sé por qué en la sección de espionaje; detrás de él había una fila de gordos volúmenes con tapas petrificadas por la vejez, el papel, medio podrido, amarillo, mostraba en las primeras páginas los títulos realizados con la técnica del grabado en madera: Acerca de la fortuna de los espiadores, o El ladero de la excelencia del espionaje en tres Vols. con proemio y paralipómenos, por el mugator Jonabery O. Paupe. Entre esos tomos habían metido un pequeño impreso viejo, sin tapas, con incunables, apenas legible, Cómo suspectar tangiblemente. Había un montón de eso; apenas podía leer los títulos: Sobre el lenocinio a distancia, Sobornancia, aparato personal del spía, Teoría del voyeurismo, bosquejo con índice de literatura escoptológica y escopognóstica, la escoptofilía y la escoptomanía al servicio de los servicios de inteligencia, Machina especularis, o sea Táctica del espionaje, un atlas negro titulado Sobre la lascivia exploratoria, manuales de tacto del espionaje, y El arte de la delación, o sea, El perfecto delator, y Caídas y quemadas, álbum desplegable con figuras, Trampas y emboscadas, hasta había algo de arte: un destartalado fajo de partituras, con un título manuscrito en lila: Pequeño provocatorio para cuatro manos con antología de sonetos de Agujita.

Stanislaw Lem, Memorias encontradas en una bañera. 

Hace ya un tiempo, les había comentado esta misma novela, sólo que en traducción inglesa. Ahora la he vuelto a leer vertida al castellano, lo que me ha permitido entenderla y disfrutarla mejor, en especial los juegos mentales en los que se recrea el autor, además de ofrecerme un placer inesperado. Al estar traducida en Argentina, abundan los localismos de esa variante del castellano, lo que para un filólogo y linguista aficionado, como es mi caso, le ha permitido adentrarse en los amplios espacios americanos de la lengua común, tan desconocida en la península. Sin embargo, no le arriendo la ganancia al traductor, ya que debe haberle supuesto una tarea ímproba. No es que Lem sea un autor difícil, ni mucho menos, pero si es de sobras conocido que retorcía la lengua para burlar a la censura comunista, además de inventar expresiones y palabras nuevas para expresar lo inexistente o lo futuro. Acertijos y enigmas lingüísticos que si ya constituyen un reto para el lector nativo, para el traductor pueden pasar inadvertidos o ser, directamente, imposibles de expresar en otra lengua.

Esa condición de cajas chinas o muñecas Katiuska del lenguaje de Lem, tiene un correlato, esta vez, en la propia estructura de la novela. En primer lugar, Memorias encontradas en una bañera es la novelas más cercana a Kafka de la producción de este autor polaco. En ella se descubren las desventuras de un civil perdido en un inmenso cuartel general militar, a donde ha llegado encargado de una supuesta misión de espionaje. Nadie le explica en qué consiste, ni parecen tener muchas noticias de quién se la encomendo, así que las peripecias del protagonista se reducen a vagar de un negociado a otro, sin rumbo ni destino, dentro de un microcosmos cerrado en el que todos  sospechan de todos. De ser espías de un enemigo que acecha en el exterior y que, a pesar de todas las precauciones, parece haberse infiltrado hasta las más altas esferas del poder.

lunes, 23 de julio de 2018

Sin remedio

Ese boletín tan instructivo hubiera bastado, seguramente, para aclarar de forma científica la cuestión de los misteriosos monstruos marinos, que tantas polémicas habían suscitado. Por desgracia, se publicó, al mismo tiempo, el informe del experto holandés Van Hogenhouck, que incluyó esta salamandra gigante en la familia de los salamándridos (salamandras o tritones), bajo el nombre de Megatriton Moluccanus, e indicó su multiplicación en las islas holandesas del Sudán, Dzillo, Morotai y Ceram. También influyó la opinión del doctor Mignard, científico francés, que los clasificó como salamandras comunes y determinó su procedencia en las islas francesas de Takaroa, Rangioara y Raitarea y las nombró, sencillamente, Criptobranquios Salmandroides. Todavía citaremos el informe de W. Spence, que reconoció en ellas una nueva especie de pelágicos naturales de las islas Gilbert. Mediante este informe estaba dispuesto a obtener un nuevo ser científico, bajo el nombre: Pelagotriton Spence. El señor Spence consiguió transportar un ejemplar vivo hasta el Parque Zoológico de Londres, donde fue objeto de nuevas investigaciones que arrojaron los nombres de Pelagobatracio Hooker, Salamandrops Maritimus, Abranchus Giganteus, Amphiuma Gigas y tantos otros. Numerosos expertos aseguraban que el Pelagotriton Spence no era otra cosa que el Criptobranchius Zinckeri, y que la salamandra de Gignard no era otra que el Andrias Scheuchzeri. Hubo muchos debates sobre denominaciones y otras cuestiones puramente científicas, y finalmente ocurrió que la Historia Natural de cada país tuvo su propia salamandra, criticando con dureza las salamandras de los otros países. Por eso, en ese importante asunto de las salamandras, no se logró nunca una clara explicación científica.

Karel Capek, La guerra de las salamandras.

Capek es un autor checo del que todo lector ha oído hablar, incluso aunque no haya leído ninguno de sus libros. Su nombre ha quedado ligado a la invención del concepto de Robot, nombre acuñado en su obra teatral R.U.R de 1921, donde aparecían por primera vez máquinas inteligentes que la humanidad utilizaba para realizar las tareas más pesadas y desagradables. Por esa razón, se suele encuadrar a este autor en el ámbito de la ciencia ficción, como uno de tantos precursores que vieron las posibilidades que podría traer el progreso científico e intentaron evaluar el impacto que sus innovaciones tendrían sobre la humanidad y la estructura social.

Debo decirles que discrepo con esta clasificación. Para mí, Capek es un seguidor moderno de un genero muy antiguo, el de la sátira social con ribetes fantásticos, que se remonta a tiempos de la antigüedad romana. Su fundador sería Luciano, con su Historia Verdadera, copiada, adaptada y ampliada por Swift con su Gulliver o Voltaire con su Cándido. Incluso, ya en nuestro tiempo, se puede encontrar dentro de la obra polifacética de otro escritor anómalo, éste sí de ciencia ficción, como Stanislaw Lem, quien en su Ciberiada, supo renovar ese género casi olvidado, sin perder nada del humor y la acidez con que había sido fundado.

Es lo que ocurre con Capek y su Guerra de las Salamandras, en donde el autor checo se despacha a gusto con toda la sociedad de su tiempo, subrayando dos vicios principales: la codicia que rige todas las acciones, limitada y entorpecida sólo por las envidías y rencillas nacionales. Así, la caída final de la humanidad a manos de unas salamandras antropomorfas es preparada y facilitada por la propia estupidez humana,de la cual sólo puede librarnos un Deus ex Machina. Tanto más divertido cuando surge de una confesión de impotencia del autor. No sabe como culminar la trama, sin que ésta lleve a la pérdida y destrucción de la humanida, así que no le importa buscar un final feliz inverosímil, que le sirve además para reírse de otros colegas de ciencia ficción

martes, 4 de agosto de 2015

A la antica

El cartero no cesa de correr con ordenanzas. Trurl estampilla, sella, envía resoluciones, la maquinógrafa le da a las teclas, todo funciona que da gusto verlo. Y así, sin pensarlo, ya tenemos toda una oficina: calendarios, agendas, pliegues, actas, clips, manguitos de satén negro, carteras, archivadores, cucharitas, letreros de "prohibido el paso", timbres, formularios, despachar sin cesar, tecleos y correos, colillas en el suelo, papelitos a voleo, café y té, lo que prefiera usted. Los de los Ojos de Acero se consumen de angustia, porque no le ven sentido, y Trurl envía sobres franqueados o libres de franqueo, con "acuse de recibo" y, los más pesados, con "portes debidos con recargo"; manda órdenes de pago, multas, urgencias, cuestionarios bajo juramento, establece cuentas por separado, de momento con ceros, pero "¡Ya se llenaran!" dice.

Ciberiada, Stanislaw Lem

Sigo con mi revisión de la obra de Stanislaw Lem, que empieza a tomar rasgos de fiebre o chifladura. Mi obsesión con él, claro está, no su obra.

Ya les he comentado como uno de los rasgos que me ha sorprendido de este escritor mal catalogado como de ciencia ficción es la amplia variedad de temas y formas por los que se interesa y de los que se atreve escribir, para casi siempre demostrar que es un maestro en todos ellos. Así, tenemos novelas de ciencia ficción dura insuperables, como  Solaris o Fiasco, experimentos literarios postmodernos, como Vacío perfecto, tratados filosóficos como Summa technologiae... u otros que lo son en todo excepto por un cierto baño novelístico, caso de Golem XIV o La voz de su amo.

Para lo que no estaba preparado es para un Lem maestro del humor, a la altura y en la línea de la mejor tradición de escritores satíricos/humorísticos occidentales. Ya saben, esa larga serie que comienza en Luciano de Samosata, continúa con Rabelais, Jonathan Swift  y Voltaire, para concluir en... bueno en cualquier escritor que tengan Uds. en mente.