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martes, 10 de noviembre de 2020
lunes, 30 de abril de 2018
jueves, 18 de enero de 2018
Cuando se deja de pertenecer... (y IV)
A medida que pasa el tiempo, más inútil me parece esta serie de entradas.
Recordarán que la comencé a modo de reflexión sobre mi vida, tras casi perderla hace un año. Era un intento de reconciliar lo que soy con lo que quise ser y hacer, de anotar mi decadencia y mi extravío, la manera en que iba perdiendo sentido incluso lo que más amo y estimo. Mi esperanza era encontrar luz, un camino, un medio que me permitiese salir del callejón sin salida en el que yo mismo me he introducido, pero ese afán era claramente vano, incluso presuntuoso. Se necesitaba algo más, un cambio profundo y definitivo, junto con las fuerzas para perseguirlo y perseverar. Algo que no me iba a ser conferido por un casual y pasajero roce con la muerte.
Recordarán que la comencé a modo de reflexión sobre mi vida, tras casi perderla hace un año. Era un intento de reconciliar lo que soy con lo que quise ser y hacer, de anotar mi decadencia y mi extravío, la manera en que iba perdiendo sentido incluso lo que más amo y estimo. Mi esperanza era encontrar luz, un camino, un medio que me permitiese salir del callejón sin salida en el que yo mismo me he introducido, pero ese afán era claramente vano, incluso presuntuoso. Se necesitaba algo más, un cambio profundo y definitivo, junto con las fuerzas para perseguirlo y perseverar. Algo que no me iba a ser conferido por un casual y pasajero roce con la muerte.
Así que esta será la última meditación en esa línea y volveremos a lo que es habitual en este blog, las divagaciones superficiales con poco fundamento sobre temas artísticos, cinematográficos, literarios e históricos. Una inclinación que, no se lo oculto, aparte del mero hecho de llevar un diario público de impresiones y encuentros, tenía un punto de soberbia: la de convertirse en un blog de referencia o al menos un lugar admirado y frecuentado. No ha sido así por razones obvias, la más importante la falta de substancia. Mejor dicho de datos que realmente amplíen lo ya archisabido, carencia que no se puede suplir con entusiasmo ni una expresión retorcida y alambicada.
Sin embargo, antes de cerrar esta serie, sí quería acercarme a un punto que tiene particular importancia en la historia de este blog y la de mis gustos personales: la desaparición casi completa de las entradas dedicadas al anime, antaño casi semanales, siempre colmadas de elogios y admiración.
miércoles, 3 de enero de 2018
Belleza, sensibilidad, arrebato
The only reason I learnt to love Bout's picture is that a student of mine name Rasa once copied it. She set out her easel right in front of the painting, and despite the distracting crowds she kept coming back, week after week, slowly perfecting her copy. She helped me to see the picture in minute detail.
We studied the uneven textures of the Madonna's middle-aged skin, the faint shine of her unpolished nails, and even we looked at the dirt lodged beneath them. We discussed the mistakes Bouts made in the length of three fingers (at first they were not long enough, so he stretched them a little, making a row of double fingertips). Rasa visited the museum once or twice a week for fiteen weeks, and at the end of that time we both had a sense that we knew the figure in the painting. Toward the beginning, Rasa's copy was a blurred version of the original, with a brilliant gold leaf underground. As the weeks went, she gave the skin color and depth, and clothed the naked head in its heavy, bluish cape and starched white veils. Toward the end she painted the little wrinkles on the back of the Madonna's hand and around her eyes, and put the tiny folds to her clothing. She glazed the gold leaf with soot-colored pigment to simulate the effects of five centuries of tarnish. And finally, as the last touch - the essential moment, when the picture came to life - she painted in the tears. They are round, full tears, carefully measured out, each one lit by a little reflection from a small window.
James Elkin, Pictures & tears
El único motivo que me llevó a aprender a amar esa pintura de Bouts fue que un estudiante mío, de nombre Rasa, la copió una vez. Ella dispuso su caballete justo frente a la pintura y, a pesar de la distracción producida por las multitudes, continuó volviendo allí, semana tras semana, perfeccionando lentamente su copia. Ella me ayudó a ver esa pintura hasta en sus detalles más diminutos.
Estudiamos las texturas desiguales de la piel madura de la Madonna, el brillo difuso de sus uñas sin pintar e incluso miramos a la suciedad atrapada bajo ellas. Comentamos los errores que Bouts cometió en la longitud de tres dedos (al principio no eran lo bastante largos, así que los estiró un poco, creando una doble hilera de yemas). Rasa visitaba el museo una o dos veces por semana, en un periodo de quince, y al final tuvimos la impresión de conocer la figura en la pintura. Al comienzo, la copia de Rasa era una versión borrosa del original, sobre un fondo brillante de pan de oro. Según avanzaban las semanas, le aplicó el color y la profundidad de la piel, y vistió la cabeza desnuda con la gruesa toca azulada y los velos blancos almidonados. Al final, pinto las pequeñas arrugas en las manos de la Madona y en sus ojos, junto con los diminutos pliegues de sus ropaje. Y finalmente, como último toque - el momento de la verdad, cuando la pintura cobraba vida - pintó las lágrimas. Son redondas, completas, cuidadosamente medidas, cada uno iluminada por el pequeño reflejo de un ventanuco.
En las últimas semanas del 2017 he estado leyendo un libro que me ha impresionado profundamente, el Cuadros y lágrimas (Pictures & Tears) del historiador de arte James Elkins. El problema que plantea es muy sencillo: ¿Por qué la pintura ya no nos emociona? ¿Por qué, al contrario que la música, la literatura o el cine, no consideramos que llorar ante un cuadro sea una una respuesta válida, aunque quizás extremada? ¿Por qué el goce del arte, tal y como nos inculcan los historiadores y se nos imparte en los museos, se reduce a aprender datos áridos sobre el contexto en el que esa obra se ha creado? Frente a este distanciamiento forzoso de la obra de arte, el libro de Elkins busca resaltar el fenómeno contrario, el testimonio de aquellas personas de nuestro tiempo que se han sentido arrebatadas por una pintura, hasta el extremo de romper a llorar. Como si esa obra fuera una persona real y pudiese afectarnos en nuestras vidas... o conmovernos con su destino.
Como pueden imaginarse, esa reacción es considerada habitualmente como casi un signo seguro de desequilibrio mental. Tanto es así, que el propio Elkins tuvo problemas para reunir esos testimonios e incluso algunos de sus confidentes pidieron no ser identificados. Otros, sin embargo, lo tomaron como un deber, como un modo de oposición, de rebelión, frente a un sentir común que les parecía equivocado. En mi caso, no me atrevo a llegar a ese extremo, sería bastante pretencioso, pero sí les puedo decir que me he emocionado hasta llegar a las lágrimas en varias ocasiones. De hecho, gran parte del atractivo de este libro reside en que me ha hecho recordar algunos momentos que tenía ya muy olvidados, además de desear volver a mi "inocencia" y "entrega" juvenil, o al menos desprenderme de la coraza de ironía e indiferencia que me ha ido creciendo con los años. Impidiéndome alcanzar lo que yo soñaba debía ser la percepción del arte: un relámpago, una sacudida, el sentirse inerme, desnudo, ante la belleza. Absoluta e inexplicable.
martes, 26 de diciembre de 2017
La exposición
Sabrán que no me suelo callar cuando una exposición no me gusta o no me convence su tesis. Asímismo, tampoco eludo prorrumpir en elogios cuando la ocasión lo merece. Sin embargo, en el caso de la exposición Auschwitz, no hace mucho, no muy lejos, recientemente abierta en las salas de exposición del Canal madrileño, me veo en la imposibilidad de seguir mis propias reglas. El impacto emocional que ha producido en mí ha sido abrumador. Tanto, que a medida que avanzaba por sus salas sus defectos iban borrándose, así como mis reparos metodológicos. La enormidad de lo ocurrido en ese campo de exterminio, la progresión implacable e irremediable en la que, vitrina tras vitrina, se va describiendo la lógica del extermino, se sobreponían a cualquier intento por apartarme intelectualmente, por conseguir el necesario distanciamiento crítico que permitiese juzgarlo con frialdad y con desapego.
Pero me adelanto. Vayamos por partes.
Hace unos años visité Auschwitz, allá por el 2013. Por mucho que haya uno leído sobre ese lugar, por muchas fotos que se hayan visto, por muchos testimonios que se hayan escuchado, la visión directa destruye todo lo que uno creía saber y conocer. De mi estado de confusión y azoramiento espiritual puede servir de testigo un detalle nimio. Es uno de los pocos lugares que no he fotografiado. El otro fue Palmira y esto sólo ya avanzada mi visita, cuando me di cuenta que mi cámara era incapaz de reflejar los sentimientos que ese lugar me inspiraba. En Auschwitz, la razón de mi retraimiento fue muy otra. Sentía que no podía profanar ese lugar con un gesto tan vulgar y banal como el de tomar una fotografía. Los muertos, todos los muertos, pesaban sobre mí, hasta el extremo que caí en una especie de atonía espiritual, que intenté paliar hablando convulsivamente con mi acompañante, un profesor polaco con el que colaboraba en un proyecto europeo.
sábado, 18 de noviembre de 2017
Cuando se deja de pertenecer... (y II)
Hace ya bastantes semanas que comencé esta serie de entradas sobre mi persona. La idea era hacer una especie de examen de conciencia, dada la catástrofe con la que comenzó mi 2017. No tanto por necesidad de reforma personal, para lo que soy ya demasiada viejo, sino rememorativa o más bien de contestación. De recuento de los muchos defectos de mi personalidad y de los muchos otros que han ido desarrollándose, como cánceres, a medida que las derrotas se acumulaban en mi biografía. Sólo al final de este año, inesperado, sin que lo buscase, comenzó a entrar un tanto de luz en mi existencia. pero me temo que se ha mostrado un nuevo espejismo, tan quebradizo como los anteriores. Ya hablaremos de ello, cuando le llegue el turno al centro esencial de mi personalidad: mi asfixiante, angustiosa, devastadora y desoladora soledad.
Pero antes de llegar ahí, tenía pensadas unas cuantas entradas. Como introducción y preparación a ese plato fuerte. El problema es que se me han olvidado por completo. O mejor dicho, sé que tenía que hablarles del arte, de la literatura, del cine, de esa locura, casi vicio inconfesable, que es para mí el anime, pero no recuerdo qué es lo que quería decirles, cuales eran los ejemplos con que quería ilustrarlos. Así que no queda otra que improvisar.
Empecemos con el arte. Con el modo en que lo siento y lo experimento.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Cuando se deja de pertenecer... (y I)
Si siguen este blog, sabrán que a principios de este año estuve a punto de fallecer. No acabo aún de hacerme a la idea, aunque de vez en cuando rememoró los acontecimientos, con la misma sensación de incredulidad de entonces. Tampoco he sacado en claro ninguna lección vital, mucho menos una revelación de esas que cambian la existencia, salvo hallarme más escéptico ante el mundo, más desanimado, desesperanzado y desapegado. Como si ya nada pudiera llenarme o satisfacerme, ni siquiera lo que creía amar con locura. Como si nada valiera el esfuerzo de intentarlo, mucho menos de realizarlo. Negros pensamientos a los que no es ajeno el que en este año haya llegado a los cincuenta, edad en la que se tiende a hacer balance de logros y fracasos, de ganancias y pérdidas. En mi caso, poco de lo positivo, demasiado de lo negativo.
El caso es que, a medida que me recuperaba, que iba descubriendo con sorpresa que lo que veía y leía lo interpretaba de manera distinta al antes de, empecé a concebir la idea de escribir una serie de entradas retrospectivas. Un ajuste de cuentas con lo que fui y soy, ese balance que les señalaba antes. Ya sé que hablar de uno mismo es un veneno para todo blog, pero como estas anotaciones mías han sido erráticas y nunca se han especializado en un tema concreto, poco importa que vuelva a dar un quiebro. Al fin y al cabo, nunca he conseguido granjearme un público, de manera que tengo la impresión de hablar en una habitación vacía. A solas y sin nadie, confesándome mis propios pensamientos, como si no los conociera ya.
Me disperso. La idea de esta serie surgió de la lectura de este artículo en la revista hyperbole, publicación en la que he encontrado - y disfrutado - auténticas joyas. En él, se señalaba que la música clásica ya no nos sirve, porque no nos acompaña. Mejor dicho, el modo en que escuchamos la música clásica, sea en la sala de conciertos o en el salón de conciertos, es siempre a solas, aislados e inermes, sin capacidad de reacción, mucho menos de repulsa, ante lo que el compositor - o sus interpretes - quieran contarnos, casi imponernos. Por el contrario, la experiencia moderna de la música es comunitaria. Se va con otros amigos a un concierto o a bailar, de manera que la música no pasa de ser un mero catalizador. De la vida y el gozo.
sábado, 28 de enero de 2017
El día que casi fallezco
Llevo ya más de dos semanas sin actualizar este blog. Si en otras ocasiones dejé de escribir por razones laborales o simple cansancio, esta vez fue por causas mucho más graves
Simplemente que hace dos semanas, el lunes 16 de enero, estuve a punto de morir.
Me hospitalizaron para una intervención de rutina, resolver unos problemas que tenía en las fosas nasales, pero se me declaró una hemorragia que no se podía contener. El resultado, cinco intervenciones en quirófano, doce horas en coma inducido y diez días de internamiento hospitalario. A lo que hay que unir una baja laboral que se prevé larga.
¿Conclusiones? Pues que sin el apoyo y ayuda constante de mi familia, hasta casi caer ellos mismos enfermos, todo habría sido aún peor, si cabe, puesto que se le habría añadido la soledad y el abandono. Asímismo, debo agradecer a todos los que me enviaron recuerdos al enterarse de mi estado, algo que también me ayudo mucho, al mostrarme que mi desaparición sería sentida. Y por supuesto, al personal médico del hospital La Paz de Madrid, que trabajó sin descanso para devolverme a la vida.
¿Lecciones vitales? No sé. Aún es pronto para haber decidido nada. Sí puedo decir que ya no tengo dudas sobre mi mortalidad. El lunes, el peor día, cuando me dijeron que me iban a dormir durante un par de días, llegué a pensar que todo estaba ya acabado, que era el punto final y que lo único bueno iba a ser que me iba a pillar dormido. Que me dormirían y ya no me despertaría más, que desaparecería sin haberme dado cuenta absolutamente de nadas. Esa certeza, la de que la muerte es algo que me va a suceder con toda seguridad, ya no va a abandonarme nunca más. Se ha tornado, de ese instante, en continua compañera.
¿Otras conclusiones? ¿Otros Planes? Por ahora sólo tengo uno: recuperar mi vida normal. Quizás entonces, cuando me vea como el que fui, podré pensar y decidir que va a ser de mi existencia a partir de ahora.
Hasta entonces, descanso. Y avanzar paso a paso. como los niños que comienzan a andar.
jueves, 29 de octubre de 2015
martes, 5 de mayo de 2015
Soledad, fiel compañera
Para unos vivir es pisar cristales con los pies desnudos; para otros vivir es mirar el sol frente a frente.
La playa cuenta días y horas por cada niño que muere. Una flor se abre, una torre se hunde.
Todo es igual. Tendí mi brazo; no llovía. Pisé cristales; no había sol. Miré la luna; no había playa.
Qué más da. Tu destino es mirar las torres que levantan, las flores que abren, los niños que mueren; aparte, como naipe cuya baraja se ha perdido.
Luis Cernuda, Los Placeres Prohibidos
En este año (o años) que estoy dedicando a leer sólo poesía, estoy aprovechando para reencontrarme con varios de mis escritores favoritos. Algunos ya han pasado por estos anotaciones, caso de Walt Whitman o Emily Dickinson en lengua inglesa, César Vallejo en la castellana. Ahora ha llegado el turno de otro, de ésos de cuya palabra me enamoré en mi juventud y cuyo recuerdo me sigue acompañando a medida que envejezco, aunque cada relectura viene acompañada de ilusión y miedo. Ilusión por volver a disfrutar de sus versos, miedo por encontrar que en el tiempo transcurrido, en el camino recorrido, se me ha perdido esa sensibilidad especial que es necesaria para apreciarles.
El poeta del que les hablo es Luis Cernuda, uno de nuestros grandes del veintisiete, poeta por cuyos versos siento una afinidad especial, casi como si hubieran sido escritos por mi y para mí, especialmente en sus obras primeras, las escritas antes de sus múltiples exilios, todos ellos definitivos y sin término, excepto el de la muerte. Por supuesto, al hablar de Cernuda es un lugar común citar su identidad sexual, cómo esa homosexualidad le llevó a considerarse una excepción, cuando no un excluido. Un aislamiento y una soledad cuya experiencia cotidiana dotan de un hondo sentimiento de desesperación a sus versos, cercano al torbellino y al remolino, sin escape ni salvación posible.
Sin embargo, esa orientación sexual, que una y otra vez se trasluce en sus verso, cuando no se muestra clara y meridiana, rutilante y solar, cegadora y gozosa, no es una cárcel que encierre a Cernuda en un espacio angosto y asfixiante, reservado para unos pocos correligionarios, esos que hoy etiquetaríamos como LGBT. No, el milagro de Cernuda es que su sentimiento se vuelve universal, por muy distinto que el objeto o los objetos de su pasión sean de los nuestros. En realidad, su tribu es otra (mejor dicho, es también otra) lo que permite que en él, en sus palabras, muchos nos reconozcamos, encontremos quien siente igual que nosotros, sintamos, por un breve instante, que no estamos sólos, que alguien, en alguna parte, en cierta medida, podría comprendernos.
La playa cuenta días y horas por cada niño que muere. Una flor se abre, una torre se hunde.
Todo es igual. Tendí mi brazo; no llovía. Pisé cristales; no había sol. Miré la luna; no había playa.
Qué más da. Tu destino es mirar las torres que levantan, las flores que abren, los niños que mueren; aparte, como naipe cuya baraja se ha perdido.
Luis Cernuda, Los Placeres Prohibidos
En este año (o años) que estoy dedicando a leer sólo poesía, estoy aprovechando para reencontrarme con varios de mis escritores favoritos. Algunos ya han pasado por estos anotaciones, caso de Walt Whitman o Emily Dickinson en lengua inglesa, César Vallejo en la castellana. Ahora ha llegado el turno de otro, de ésos de cuya palabra me enamoré en mi juventud y cuyo recuerdo me sigue acompañando a medida que envejezco, aunque cada relectura viene acompañada de ilusión y miedo. Ilusión por volver a disfrutar de sus versos, miedo por encontrar que en el tiempo transcurrido, en el camino recorrido, se me ha perdido esa sensibilidad especial que es necesaria para apreciarles.
El poeta del que les hablo es Luis Cernuda, uno de nuestros grandes del veintisiete, poeta por cuyos versos siento una afinidad especial, casi como si hubieran sido escritos por mi y para mí, especialmente en sus obras primeras, las escritas antes de sus múltiples exilios, todos ellos definitivos y sin término, excepto el de la muerte. Por supuesto, al hablar de Cernuda es un lugar común citar su identidad sexual, cómo esa homosexualidad le llevó a considerarse una excepción, cuando no un excluido. Un aislamiento y una soledad cuya experiencia cotidiana dotan de un hondo sentimiento de desesperación a sus versos, cercano al torbellino y al remolino, sin escape ni salvación posible.
Sin embargo, esa orientación sexual, que una y otra vez se trasluce en sus verso, cuando no se muestra clara y meridiana, rutilante y solar, cegadora y gozosa, no es una cárcel que encierre a Cernuda en un espacio angosto y asfixiante, reservado para unos pocos correligionarios, esos que hoy etiquetaríamos como LGBT. No, el milagro de Cernuda es que su sentimiento se vuelve universal, por muy distinto que el objeto o los objetos de su pasión sean de los nuestros. En realidad, su tribu es otra (mejor dicho, es también otra) lo que permite que en él, en sus palabras, muchos nos reconozcamos, encontremos quien siente igual que nosotros, sintamos, por un breve instante, que no estamos sólos, que alguien, en alguna parte, en cierta medida, podría comprendernos.
martes, 31 de marzo de 2015
En Círculos (y IV)
Dann hatte Agathe also angeknüpft, und Ulrich gab die längste Weile keine Antwort und lächelte nur abwehrend, denn ein solches Spiel mit dem Toten zu wiederholen, kann ihn doch unerlaubt vor.
Da hatte sich Agathe aber schön gebückt und ein seidenes, breites Strumpfband, das sie zur Entlastung des Gürtels trug, vom Bein gestreift, hob die Prunkdecke und schob es dem Vater in die Tasche.
Ulrich? Er traute zuerst seinen Augen nicht bei dieser wieder ins Leben zurückgekehrten Erinnerung. Dann wäre er beinahe hinzu gesprungen und hätte es verhindern; einfach weil es so ganz gegen alle Ordnung war. Dann aber fing er in den Augen seiner Schwester einem Blitz von reiner Taufrische des frühen morgens auf, in die noch keine Trübe des Tagwerks gefallen ist, und das hielt ihn zurück. "Was treibst du da!" sagte er, leise abmahnend. Er wußte nicht, ob sie den Toten versöhnen wolle, weil ihm Unrecht geschehen sei, oder ob sie ihm einen Gutes mitgeben wolle, weil er selbst so viel Unrecht getan habe: Er hatte fragen können, aber der barbarische Vorstellung, denn frostigen Toten ein Strumpfband mitzugeben, das von dem Beim seiner Schwester warm war, schloß ihm von innen die Kehle und richtete in seinem Gehirn allerhand Unordnung an.
Robert Musil, El hombre sin atributos.
Entonces reanudó Agathe la conversación y Ulrich no respondió la mayor parte del tiempo, sonriendo solamente a la defensiva, porque repetir ese ejemplo con el muerto, no le parecía estar permitido. En ese punto Agathe se inclinó, se sacó una ancha liga de la pierna, que llevaba allí para descargar el liguero, levantó la tapa del ataúd y la introdujo en el bolsillo de su padre.
¿Y Ulrich? Apenas daba crédito a su ojos ante ese recuerdo de nuevo vuelto a la vida. A punto estuvo de saltar y lo hubiera impedido, simplemente porque iba contra toda norma. Pero encontró en los ojos de su hermana un reflejo del fresco rocío de la mañana, aún no empañado por el trabajo cotidiano, y eso le contuvo. "¡Qué haces!" dijo, con callado recelo. No sabía bien si ella quería reconciliarse con el muerto, debido a alguna injusticia cometida, o si ella quería regalarle algo bueno, ya que él mismo tanta injusticia había hecho. Debía haberlo preguntado, pero esa bárbara idea, la de acompañar al gélido muerto con una liga aun caliente por el contacto con el cuerpo de su hermana, le hizo cerrar la boca y dejo su cerebro en completo desorden.
Llevo ya varias semanas dándoles la lata con El hombre sin atributos, la inmensa novela inacabada de Robert Musil. El punto de la lectura en el que les había dejado era prácticamente un callejón sin salida, tanto para los personajes como para la trama. Poco les quedaba por hacer que pudiera, no ya hacer realidad sus sueños, sino simplemente dotar a sus acciones de un movimiento que tuviera destino y sentido. La única salida a tanto caminar en círculos para retornar al punto de partida - y ni siquiera eso, porque el estado en que era (r)encontrado ese inicio era mucho peor que el original - se reducía a la muerte, como bien había presentido Ulrich que debía ocurrirle, si su año sabático se revelaba estéril y baldío. Eso, o la locura declarada, como empezaba a sucederle a uno de los personajes.
Esa parálisis mental que aquejaba a los personajes de la novela podía contagiarse a la propia obra, así que no es de extrañar que Musil introdujese un personaje nuevo del que antes no se había hecho ninguna mención. Extraño y sorprendente, ese silencio, porque se trata ni más ni menos que de la hermana del protagonista, quien va proceder a hacer descarrilar las seguridades negativas de Ulrich, además de romper el orden estricto, propio de una cárcel, en el que la novela se había refugiado.
O quizás no. O quizás sí
Da hatte sich Agathe aber schön gebückt und ein seidenes, breites Strumpfband, das sie zur Entlastung des Gürtels trug, vom Bein gestreift, hob die Prunkdecke und schob es dem Vater in die Tasche.
Ulrich? Er traute zuerst seinen Augen nicht bei dieser wieder ins Leben zurückgekehrten Erinnerung. Dann wäre er beinahe hinzu gesprungen und hätte es verhindern; einfach weil es so ganz gegen alle Ordnung war. Dann aber fing er in den Augen seiner Schwester einem Blitz von reiner Taufrische des frühen morgens auf, in die noch keine Trübe des Tagwerks gefallen ist, und das hielt ihn zurück. "Was treibst du da!" sagte er, leise abmahnend. Er wußte nicht, ob sie den Toten versöhnen wolle, weil ihm Unrecht geschehen sei, oder ob sie ihm einen Gutes mitgeben wolle, weil er selbst so viel Unrecht getan habe: Er hatte fragen können, aber der barbarische Vorstellung, denn frostigen Toten ein Strumpfband mitzugeben, das von dem Beim seiner Schwester warm war, schloß ihm von innen die Kehle und richtete in seinem Gehirn allerhand Unordnung an.
Robert Musil, El hombre sin atributos.
Entonces reanudó Agathe la conversación y Ulrich no respondió la mayor parte del tiempo, sonriendo solamente a la defensiva, porque repetir ese ejemplo con el muerto, no le parecía estar permitido. En ese punto Agathe se inclinó, se sacó una ancha liga de la pierna, que llevaba allí para descargar el liguero, levantó la tapa del ataúd y la introdujo en el bolsillo de su padre.
¿Y Ulrich? Apenas daba crédito a su ojos ante ese recuerdo de nuevo vuelto a la vida. A punto estuvo de saltar y lo hubiera impedido, simplemente porque iba contra toda norma. Pero encontró en los ojos de su hermana un reflejo del fresco rocío de la mañana, aún no empañado por el trabajo cotidiano, y eso le contuvo. "¡Qué haces!" dijo, con callado recelo. No sabía bien si ella quería reconciliarse con el muerto, debido a alguna injusticia cometida, o si ella quería regalarle algo bueno, ya que él mismo tanta injusticia había hecho. Debía haberlo preguntado, pero esa bárbara idea, la de acompañar al gélido muerto con una liga aun caliente por el contacto con el cuerpo de su hermana, le hizo cerrar la boca y dejo su cerebro en completo desorden.
Llevo ya varias semanas dándoles la lata con El hombre sin atributos, la inmensa novela inacabada de Robert Musil. El punto de la lectura en el que les había dejado era prácticamente un callejón sin salida, tanto para los personajes como para la trama. Poco les quedaba por hacer que pudiera, no ya hacer realidad sus sueños, sino simplemente dotar a sus acciones de un movimiento que tuviera destino y sentido. La única salida a tanto caminar en círculos para retornar al punto de partida - y ni siquiera eso, porque el estado en que era (r)encontrado ese inicio era mucho peor que el original - se reducía a la muerte, como bien había presentido Ulrich que debía ocurrirle, si su año sabático se revelaba estéril y baldío. Eso, o la locura declarada, como empezaba a sucederle a uno de los personajes.
Esa parálisis mental que aquejaba a los personajes de la novela podía contagiarse a la propia obra, así que no es de extrañar que Musil introdujese un personaje nuevo del que antes no se había hecho ninguna mención. Extraño y sorprendente, ese silencio, porque se trata ni más ni menos que de la hermana del protagonista, quien va proceder a hacer descarrilar las seguridades negativas de Ulrich, además de romper el orden estricto, propio de una cárcel, en el que la novela se había refugiado.
O quizás no. O quizás sí
martes, 24 de marzo de 2015
La polilla y el orín
A todo esto nos dicen que desaparecerán juntos el cristianismo y la civilización occidental o grecorromana y que vendrá por el camino de Rusia y del bolchevismo una civilización, o como quiera llamársela, una civilización asiática, oriental, de raíces budistas, una civilización comunista. Porque el cristianismo es el individualismo radical. Y, sin embargo, el verdadero padre del sentimiento nihilista ruso es Dostoyevski, un cristiano desengañado, un cristiano en agonía.
Miguel de Unamuno, La agonía del critianismo.
Leía este Unamuno recientemente, un ensayo que se me escapó siendo joven, y mi primera constatación fue lo diferente que soy en la actualidad de mi versión adolescente, la de allá por los primeros años ochenta del siglo XX. Digamos que mientras que ahora mi posición religiosa es la de un ateo al que los problemas de la trascendencia han dejado de preocupar, que no de interesar, en aquel entonces aún me debatía entre las opciones de la fe - cristiana, dada mi educación - y las del agnostiscimo. En ese contexto, no es de extrañar que los textos de Unamuno, con su ardiente prosa inspirada en Kierkegaard, resonaran con especial fuerza en mi interior.
La agonía del cristianismo se puede considerar como un producto tardío de la resolución de una crisis religiosa, la experimentada por Unamuno en su juventud, que en su caso se decantó a favor del cristianismo, aunque no completa ni declaradamente ortodoxo. Sin embargo, el concepto de crisis religiosa es bastante engañoso. Solemos pensar en un tiempo de tensión y lucha, de agonía en el sentido que utiliza Unamuno, que ocupa un breve periodo vital, para resolverse de forma dramática y repentina. No fue ése mi caso, en el que debería hablarse más bien de lento deslizar, de paulatina erosión de las concepciones y convicciones recibidas, hasta que un día, sin drama alguno, el problema original se desvaneció por sí mismo, llevándose consigo todas sus dudas, preocupaciones y contradicciones.
Miguel de Unamuno, La agonía del critianismo.
Leía este Unamuno recientemente, un ensayo que se me escapó siendo joven, y mi primera constatación fue lo diferente que soy en la actualidad de mi versión adolescente, la de allá por los primeros años ochenta del siglo XX. Digamos que mientras que ahora mi posición religiosa es la de un ateo al que los problemas de la trascendencia han dejado de preocupar, que no de interesar, en aquel entonces aún me debatía entre las opciones de la fe - cristiana, dada mi educación - y las del agnostiscimo. En ese contexto, no es de extrañar que los textos de Unamuno, con su ardiente prosa inspirada en Kierkegaard, resonaran con especial fuerza en mi interior.
La agonía del cristianismo se puede considerar como un producto tardío de la resolución de una crisis religiosa, la experimentada por Unamuno en su juventud, que en su caso se decantó a favor del cristianismo, aunque no completa ni declaradamente ortodoxo. Sin embargo, el concepto de crisis religiosa es bastante engañoso. Solemos pensar en un tiempo de tensión y lucha, de agonía en el sentido que utiliza Unamuno, que ocupa un breve periodo vital, para resolverse de forma dramática y repentina. No fue ése mi caso, en el que debería hablarse más bien de lento deslizar, de paulatina erosión de las concepciones y convicciones recibidas, hasta que un día, sin drama alguno, el problema original se desvaneció por sí mismo, llevándose consigo todas sus dudas, preocupaciones y contradicciones.
jueves, 12 de marzo de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
En Círculos (y I)
Aber das bedeutete nichts, als dass für ihn die Zeit gekommen war, wo der Gefangene nicht begreift, wie er sich die Freiheit hat rauben lassen können, ohne sie bis auf den Tod zu verteidigen. Denn wenn Diotima sagte: "Was sind Weltereignisse? Un peu de bruit autour de notre âme...!" - so fühlte er das Gebäude seines Lebens erzittern.
Robert Musil - El hombre sin atributos
Pero eso no significaba nada más que para él había había llegado el momento, cuando el prisionero no llega a concebir, como ha permitido que le arrebaten su libertad, sin haberla defendido hasta la muerte. Porque cuando Diotima decía: "¿Qué son los acontecimientos mundiales? ¡Un poco de ruido alrededor de nuestra alma...!", Él sentía estremecerse el edificio de su vida,
Der Mann Ohne Eigenschaften, la novela de Robert Musil que he citado arriba, es una de mis favoritas, casi podríamos decir una obra central en mi vida, a la que me veo obligado a volver a intervalos regulares, como me ocurre con À la Recherche du temps perdu. La he leído ya dos veces entera - en alemán, si me permiten presumir - y ahora me hallo enfrascado en la tercera lectura, revisión o más bien viaje y aventura, si prefieren. Son tales las dimensiones y profundidad de esta novela que cuando uno debe enfrentarse a ella, más vale coger un buen macuto, llenarlo de provisiones y no poner un límite temporal a sus exploraciones. Un límite menor de muchas semanas, incluso meses, quiero decir.
La primera vez que me aventuré por sus espacios, allá por la década de los noventa del siglo pasado, la obra de Musil me fascinó, quizás porque mi edad, mis sentimientos y mi concepciones eran muy próximos a los del personaje protagonista. Que la leyera, no quiere decir que la entendiera. Esta novela no es de la que hacen concesiones al lector y fácilmente se puede acabar perdido, enredado, en la maraña de argumentos y contrargumentos que constituyen su núcleo central. El esfuerzo que requiere, por tanto, es similar al de un explorador perdido en la selva o en el desierto, y en ese punto no me ayudaba mucho que mi alemán fuera fragmentario e incompleto, de casi no entender una de cada dos palabras de las allí escritas.
Robert Musil - El hombre sin atributos
Pero eso no significaba nada más que para él había había llegado el momento, cuando el prisionero no llega a concebir, como ha permitido que le arrebaten su libertad, sin haberla defendido hasta la muerte. Porque cuando Diotima decía: "¿Qué son los acontecimientos mundiales? ¡Un poco de ruido alrededor de nuestra alma...!", Él sentía estremecerse el edificio de su vida,
Der Mann Ohne Eigenschaften, la novela de Robert Musil que he citado arriba, es una de mis favoritas, casi podríamos decir una obra central en mi vida, a la que me veo obligado a volver a intervalos regulares, como me ocurre con À la Recherche du temps perdu. La he leído ya dos veces entera - en alemán, si me permiten presumir - y ahora me hallo enfrascado en la tercera lectura, revisión o más bien viaje y aventura, si prefieren. Son tales las dimensiones y profundidad de esta novela que cuando uno debe enfrentarse a ella, más vale coger un buen macuto, llenarlo de provisiones y no poner un límite temporal a sus exploraciones. Un límite menor de muchas semanas, incluso meses, quiero decir.
La primera vez que me aventuré por sus espacios, allá por la década de los noventa del siglo pasado, la obra de Musil me fascinó, quizás porque mi edad, mis sentimientos y mi concepciones eran muy próximos a los del personaje protagonista. Que la leyera, no quiere decir que la entendiera. Esta novela no es de la que hacen concesiones al lector y fácilmente se puede acabar perdido, enredado, en la maraña de argumentos y contrargumentos que constituyen su núcleo central. El esfuerzo que requiere, por tanto, es similar al de un explorador perdido en la selva o en el desierto, y en ese punto no me ayudaba mucho que mi alemán fuera fragmentario e incompleto, de casi no entender una de cada dos palabras de las allí escritas.
martes, 7 de enero de 2014
lunes, 23 de septiembre de 2013
lunes, 20 de agosto de 2012
A taste of Freedom
Black Lagoon es una de las grandes series de anime que Madhouse produjo durante su década prodigiosa, ésa que ya ha terminado, y que coinciden más o menos con la primera década de este siglo XXI en el que vivimos. Si fuéramos estrictos, esta serie no debería gustarme, ya que los modelos en los que se inspiran son el cine de acción Hollywoodense nacido en los años 80 (ya saben Schwarzenegger, Stallone, Willis y demás) y dominante hasta hoy mismo, pero que para mí constituye uno de los grandes horrores y vergüenzas de la historia del cine, con mi disculpas a todos aquellos colegas cinéfilos y amistades varias que sé son fans absolutos del género.
Sin embargo, Black Lagoon me fascino en su momento y lo sigue haciendo ahora, seis años después de su emisión, en clara contradicción con mis gustos habituales, lo cual, como verán en las líneas siguientes, explica bastante de mi afición por el anime y la animación.
En primer lugar, toda animación supone una caricaturización, entendida esta como exageración de los rasgos del modelo real. En el caso de Black Lagoon, la violencia irreal y coreográfica de esas películas de acción, que se quiera o no sigue limitada por la integridad física de los actores, al menos hasta la irrupción de los CGI, es llevada a un paso más allá, fuera de los límites de lo físicamente posible, gracias a la flexibilidad de la animación que consigue hacer creíble lo increíble. Esa translación provoca además que la acción adquiera aspectos de gran guignol, de auténtico circo, que acaba por teñir a los propios personajes, tanto físicamente como espiritualmente, de forma que incluso en las escenas más brutales existe un punto de ironía, de distanciamiento que permite que sean aceptadas incluso por el espectador más timorato, como es mi caso.
Hasta aquí Black Lagoon no habría hecho otra cosa que seguir a sus modelos, exagerando conscientemente sus rasgos, en una evolución que coincidiría con la de esos espectáculos de acción hollywoodienses, cada vez más conscientes de lo que el publico les demanda. No obstante, estas películas americanas siempre presentan una división del mundo entre buenos y malos, entre justos e injustos, de forma que los actos del protagonista, por muy brutales que sean, siempre están revestidos de una cierta sanción divina. En el mundo de Black Lagoon, la ciudad de Roanapur, no existen excusas morales, sino que todos sus habitantes son delicuentes y fueras de la ley, cuyas únicas justificaciones para recurrir a la violencia son el dinero que puedan ganar o la mera supervivencia, sin tener que recurrir a las típicas excusas que utilizan los estados (o las organizaciones que aspiran a serlo) para justificar su acciones terroristas.
El mundo de Black Lagoon, por tanto, está dominado por el peligro y la muerte, sin que ninguna ley, ninguna institución puedan protegernos de ella, sino son las que creemos con nuestra propias acciones. Es ese estado de permanente anarquía, de libertad absoluta, el que lo hace tan atractivo y fascinante para un espectador del mundo civilizado, al igual que ocurría en el pasado con piratas, bárbaros y bandoleros. Puede que ninguno de nosotros quiera cambiar nuestra rutina, nuestra seguridad y nuestra mediocridad, pero la visión de estas personas que no tienen que responder ante nadie y a los que nadie irá a pedir cuentas por sus acciones, supone una vía de escape para nosotros, pequeñas hormigas sometidas a incontables normas, y aprisionados por una inmensa estructura social que nos mantendrá como sus esclavos hasta el día de nuestra muerte.
Por eso, para nosotros, las hormigas que deambulan en su gris laberinto sin salirse nunca del camino prefijado, aquellos que han roto con las normas sociales, viven donde las leyes no llegan y son capaces de ver el auténtico color cegador del mar y del cielo, no puedes ser otra cosa que nuestros héroes, aunque estemos seguros de que entre sus manos, no seríamos otra cosa que víctimas inermes, listas para ser sacrificadas en el altar.
jueves, 26 de abril de 2012
Unrequited (y V)
Tenía pendiente concluir mi serie de entradas sobre Utena (1998) pero unas circunstancias u otras me lo habían impedido. Aparte de lo ya señalado, como la inmensa diferencia estilística entre el anime de finales de los 90 y el fue producido a partir de 2005, para lo bueno y para lo malo, mi mayor sorpresa en esta revisión era comprobar con tristeza como mi memoria se había borrado casi por completo, incluso cuando se trataba de secciones que me habían conmovido en aquel primer contacto, hacia 2002/2003.
Una de las secciones más afectadas por ese olvido era precisamente el acto final de la serie, en la que pasa a primer plano la relación entre Utena y Anthy, cuyo encuentro puso en movimiento la serie, pero que se había mantenido en un tenue segundo plano hasta entonces, y se revelaban muchos de los secretos que habían rodeado a Anthy y la academia... sólo para dar paso a enigmas aún mayores que quedaban en suspenso.
Esta falta de resolución no era tal, ya que era fácil darse cuenta que estos enigmas no eran otra cosa más que símbolos, metáforas visuales de los problemas que aquejaban a los personajes y que podían resumirse en esos cataclismos anímicos que afectan a la adolescencia, esa época entre la niñez y la madurez, en la que el carácter cristaliza para apenas modificarse en los años siguientes. Un conflicto que se entremezcla, tanto en la realidad como en la serie, con la postura que el individuo debe asumir frente a las estructuras sociales existentes y el papel que él debería tomar en ese mundo que ya estaba en marcha antes de que él ni siquiera existiese.
Unos problemas de ajuste, que como he comentado, son expresados metaforicamente en esta serie, en forma de los duelos en los que deben enfrentarse los alumnos de la academia Ohtori, regulados por estrictas reglas que supuestamente conducen a un fin prefijado, pero que la serie subvierte una y otra vez, especialmente en lo que se refiere a los roles que cada sexo debe asumir y a los ideales, positivos y negativos, por los que sus conductas deben regirse, hasta culminar en una resolución final que por su impacto tiene la misma resonancia que el portazo de Nora en Casa de Muñecas, como ya señalar hace muchos años con ocasión del primer visionado de mi serie.
No obstante, si estas conclusiones generales a las que llegué en el pasado siguen siendo válidas a pesar de mi olvido, otras han tenido que ser revisadas, especialmente a la luz de la película que siguió a la serie, en la que el director, , dejó bien explicito lo que no podía ser contado en la serie original.
Una revisión que afecta, sobre todo, a la relación entre Utena y Anthy
He señalado que nuestra personalidad, nuestro modo de interpretar el mundo, cristaliza en la adolescencia, en mi caso a los 16 años, pero no es menos cierto que a medida que nuestra experiencia crece y se desarrolla, también se amplia nuestra percepción del mundo.
En ese sentido, hace ya una década la percepción que tenía yo de la relación entre Utena y Anthy era la de una amistad especialmente fuerte, al estilo de aquello que nuestros antepasados llamaban camaradería cuando se refería a los lazos entre hombres, y que hoy en día, en nuestro puritanismo moderno, tan desconfiado del contacto personal entre seres humanos, especialmente en el ámbito anglosajón, podría parecer cercano a una relación homosexual que los participantes no aceptaban como tales.
Como digo, tal era mi percepción de la relación Utena/Anthy hace una década. Una amistad especialmente fuerte, semejante a la que yo había observado entre muchas de mis amistades femeninas, pero que a pesar de superar en muchos aspectos lo que podría calificarse como normal, no llegaba a cruzar el límite, expresado como atracción y deseo físico, aunque luego esa fortaleza del vínculo entre ambas mujeres era la disparador que provocaba la auténtica revolución que no había llegado a culminar en el mundo de ensueño, encerrado y replegado sobre sí mismo en que los personajes habitaban.
Debo confesar que estaba equivocado. Cuando vi la película, esa obra en que el director aprovecho para dejar visible lo que en la serie sólo estaba implícito, quedo claro que la relación entre Utena y Anthy era plenamente amorosa, con esa mezcla de dolor y placer, de absoluta fidelidad y no menos insondable traición que el deseo de otro cuerpo distinto al tuyo provoca. Aún más, tras ver la película esa relación de amantes, clara para todos los espectadores excepto para los protagonistas, era inconfundible, o mejor dicho, era imposible dejar de ver, olvidar lo que había sido mostrado y revelado.
No podía ser de otra manera, puesto que precisamente la sexualidad, el enloquecedor poder de la sexualidad en el que estriba una de las características definitorias de la adolescencia, era precisamente el leit-motiv de toda la serie, la gloria y la tortura de cada una de las parejas sobre las que la serie volvía y una y otra vez, regodeándose en los elementos que lo hacían imposible ante los demás, incesto, homosexualidad, humillación y violencia, merecedor sólo de ser escondido ante el resto del mundo, a pesar del orgullo que pudiese conferir su posesión.
Un destino al que no podía sustraerse la pareja protagonista y que en ese último acto provoca una serie interminable de confesiones sin palabras, tanto de forma positiva como negativa, puesto que esa dependencia absoluta de una persona tanto puede manifestar en su persecución como en la huida.
jueves, 5 de abril de 2012
Eternal Love
Se me hace muy difícil comentar objetivamente dla película de Shinkai Makoto, 5cm/s, ya que por razones personales me conmueve profundamente, evocando a mi presente partes de mi personalidad que creía ya muertas o enterradas, o mejor dicho, que aún pugnan por salir de la tumba a la que las tenía consignadas.
Pero hagamos un intento.
Viendo 5cm/s se hace evidente una de las grandes diferencias entre el anime de, digamos 2005, para acá y el de fechas anteriores. Mientras que el anime de hace una década era eminentemente pictórico, casi acuarelista, en la representación de los ambientes donde vivían sus criaturas, el de la última década, tras la adopción universal del ordenador como herramienta de trabajo, es esencialmente fotorrealista, llegando casi a calcar fotografías de lugares reales que apenas son modificadas en su traslación animada.
Este fotorrealismo en la descripción de los lugares es una de las características más llamativas de las películas de Shinkai. Si bien en muchas de las series y películas actuales este fotorrealismo traiciona la necesidad de abaratar costes, utilizando la ecuación fotografía + ordenador, no es el caso de la obra de Shinkai, donde llega a asumir rasgos casi sobrenaturales, de otra realidad más real que la propia realidad, hasta el extremo de encontrarse en completa disonancia con el diseño de sus personajes, más tradicional y abocetado, e incluso distraer de lo que está ocurriendo en escena, que pasa a ser secundario frente a ese hiperrealismo de los decorados.
Esa distracción podría ser un defecto, pero cualquiera que haya seguido la carrera de Shinkai, sabe que su estilo está basado precisamente en la alusión y la narración lateral, en muchos de sus planos, los personajes han sido relegados a los bordes de la escena, se muestran sólo parcialmente o ocultan su rostro al espectador. De la misma manera, sus películas parecen limitarse a ilustrar retazos de una historia mayor, que el espectador debe reconstruir en su propia cabeza, con las pocas pistas y alusiones que Shinkai nos deja contemplar.
Este estilo llega a su extremo en 5cm/s que, a pesar de ser un mediometraje (apenas una hora de duración), exige un esfuerzo considerable por parte del espectador, que debe volver a la cinta una y otra vez, para poder realmente comprender lo que está sucediendo/ha sucedido/va a suceder entre los diferentes personajes, a pesar de que el reparto se reduzca a un hombre y tres mujeres. Debido a ello, Tengo verdadera curiosidad por ver su última obra, Hoshi o Ou Kodomo, por comprobar si ha persistido en su estilo personal, el cual podría estar ya llegando al agotamiento, o bien a dado un giro radical a su carrera.
Curiosidad que es doble como podrán comprobar tras el corte.
La cuestión es que las obras de Shinkai no son sólo claramente reconocibles por su estilo, sino por tratar siempre el mismo tema, el amor imposible entre una pareja de enamorados a las que las circunstancias y el paso del tiempo, les impedirán consumarlo. En este sentido, esa constante temática de Shinkai ha sido llevada también hasta el extremo en 5cm/s, ya que en esta ocasión la separación no se debe a una guerra galáctica que nunca es presentada en pantalla, ni a la situación política en una ucronia en que la guerra activa sigue aún activa y el Japón fue dividido entre la URSS y los EEUU.
No, en esta ocasión la separación se debe a las causas más banales, la mudanza de las familias de nuestros jóvenes amantes a regiones demasiado distantes del Japón, seguida por la lenta disolución de los vínculos, cartas, mensajes, que les mantenían en contacto, hasta que el paso del tiempo, el anudamiento y ruptura de nuevas relaciones, acaban por enterrar ese su primer amor en el más profundo olvido, del que sólo saldrá en breves y fugaces ocasiones, para desvanecerse instantáneamente, llevándose consigo un poco más de esa experiencia fundacional que marcó sus vidas para siempre.
Lo anterior puede haber sonado algo extremado, inusual e incluso sentimentaloide para nuestras desengañadas concepciones actuales de las relaciones amorosas, que se reducen exclusivamente al sexo y su satisfacción, y parecen excluir a priori cualquier posibilidad de terremoto emocional, de enajemamiento y locura que haga por un momento real y posible esa ilusión de eternidad, de absoluta perfección que constituye el delicioso y engañoso veneno que llamamos enamoramiento.
Es así, cierto, pero la cuestión es que la manera en que Shinkai contempla las relaciones amorosas pertenece a otro tiempo, al del auténtico romanticismo, el que sólo las concebía en forma absoluta, amas y maestras de todo nuestro ser, que sólo podía existir por y para ellas, incapaz de liberarse por sí mismo una vez preso de la imagen de la otra persona, sin reparar que ese absoluto, esa falta de medida y mesura sólo podía desembocar el dolor, la catástrofe o la muerte.
Es aquí donde entra mi cuestión personal con las obras de Shinkai. Porque sus películas me ponen en contacto directo con mi yo de cuando tenía dieciséis años, el que soñaba con amar sin medida, ni fin, en arder en una pasión que le consumiese por entero, tal y como había visto en tantas películas, leído en tantas novelas.
Y así le fue concedido. En parte. Porque si bien conoció todo el horror y la desesperación de amar sin posiblidad de remisión ni salvación, excepto cuando el tiempo y la distancia borrase todo por entero, nunca le fue concedido gozar de esa gloria que para todos parece natural y sencilla, hasta que ha llegado el tiempo en que sabe que el tiempo que le fue concedido ha expirado, que ya no habrá más oportunidades.
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