En la entrada anterior, les recordaba como en el periodo cubierto por la selección de cortos del misterioso profesor Beltesassar, de 1990 a 2010, se había obrado un cambio cualitativo en el mundo de la animación. Esa revolución, porque no merece otro nombre, había consistido en la introducción de la animación 3D, que en pocos años había pasado de ser una curiosidad, de acabado tosco y burdo, a convertirse en la forma dominante, capaz de substituir y suplantar la propia realidad. Toca ahora examinar con brevedad como esa nueva forma había afectado a las tradicionales, tanto en su apreciación como en su proceso productivo, tanto en sus formas comerciales como en las vanguardistas/experimentales.
La primera constatación es que el ordenador se ha convertido en una herramienta insustituible en el proceso animado. En la animación comercial, sea americana, europea o el anime japonés, ha conseguido que la gran mayoría de los defectos usuales e inevitables de la animación tradicional, dibujada primero en papel y luego transferida a acetatos, hayan desaparecido por completo. Por ejemplo, el temblor en la imagen debido al uso de distintos acetatos entre cada plano ha sido erradicado, así como las diferencias en color debidas a tener que pintarlos uno por uno, en ocasiones por diferentes manos. Asímismo, aunque los diseños, e incluso la animación en primer borrador, puedan seguir siendo realizadas a mano, acaban siempre por ser escaneadas. La liberación del formato físico, sea papel o acetato, permite hacer correcciones, incluso reconstruir toda la secuencia, en un tiempo mucho menor y casi sin costes, fuera del de las horas de trabajo del operador.




































