martes, 27 de diciembre de 2011

The TDS Files (XXVIII): Varia

Con esta entrada, completo la recuperación de todo lo que antaño publiqué en Tren de Sombras y que ya no está disponible en esa web. Lo que pueden leer ahora son pequeñas reseñas, de unas líneas de longitud, que solíamos hacer los redactores a un tema propuesto el director. Espero que les gusten y que les parezcan un digno cierre a esta serie de entradas, entre las que se encuentra algunos de los mejores textos que he escrito...y que veo difícil igualar en el futuro.


 
La Bête Humaine/La bestia humana
Año de producción: 1938 Francia, Franco London Films
Dirigido por Jan Renoir
Guion: Jan Renoir
Interpretado por Abel Gance, Simone Simon, Julien Carrete

Dos ciudades, Paris y Le Havre. La línea férrea que los une. Maquinistas que conducen los trenes, un día en un sentido, el siguiente en el contrario. Dormir cada noche en una ciudad distinta, siempre en movimiento, sin hogar, ni familia, y al mismo tiempo ser prisioneros de ese círculo, casi del infierno, donde todos los días se repiten las mismas acciones, donde nada parece que habrá de suceder nunca.
Falsas Ilusiones, Falsas seguridades. Las pasiones crecen en una ciudad, estallan en el tren que lleva a la otra, donde hay que sobrevivir, si se puede,  a sus consecuencias.
La peripecia en la novela de Zola, como en la mayor parte de las obras, es sólo una excusa para realizar un descarnado análisis de la naturaleza humana. Renoir no es Zola, sin embargo. Renoir es un humanista y, para él, todos sus personajes, a pesar de sus miserias, son seres humanos. Conocemos sus motivaciones, conocemos sus fortalezas y debilidades, sabemos que la pasión habrá de volverles locos, llevarles a cometer las mayores atrocidades, pero también actos nobles y heroicos, aunque pasen desapercibidos. 
No basta con esto para ser un humanista, porque Renoir sabe también, y así nos lo transmite, que no hay un abismo entre sus personajes y nosotros, los espectadores, que los errores en que caen podríamos cometerlos también nosotros, que solo la suerte o la casualidad nos han colocado en lugares distintos.
Y en una de las escenas más terribles de la cinta, el jefe de estación, al que sabemos capaz de la mayor violencia, al que hemos visto autodestruirse sin remisión, encuentra el cuerpo de su mujer asesinada.
No vemos su rostro, sólo su mano que sujeta un reloj, y escuchamos sus sollozos de dolor. Nosotros, los espectadores, comprendemos ese dolor y lo compartimos, porque acaba de perder lo que más amaba en este mundo y él es también culpable.

Human desires/Deseos Humanos
Año de producción: 1954 EEUU, Columbia Pictures
Dirigido por Jan Renoir
Guion: Alfred Hayes
Interpretado por Glen Ford, Gloria Grahame, Brodericl Crawford

Nuevamente los trenes, nuevamente la novela de Zola, nuevamente, casi punto por punto, la misma historia sórdida. Los mismos elementos que en la película de Renoir, pero un director con un talante completamente distinto.
Lang no tiene confianza en la naturaleza humana. Ya desde los tiempos del mudo, desde su Krimilda asesina y vengadora, sabe que las pasiones transforman en monstruos a los hombres y que, una vez consumadas, no hay vuelta atrás ni liberación, excepto aquella que trae la muerte.
Muerte y violencia es lo que trae esta cinta. Matizada y sin sangre, debido a los tiempos y a las censuras, pero no menos terrible y repulsiva por ello. Lang no pierde tiempo en presentarnos a sus personajes, ni hacernos comprender sus motivaciones. Sabemos que el interés, su propio interés les mueve, y que nada, ni siquiera el asesinato podrá detenerles. Pasión, amor, amistad, confianza, son sólo palabras, disfraces con los que presentarse a los demás, desechables en cuanto no sirvan a los propios propósitos. Ni una lágrima se derramará por ellos, ni un reproche se dirigirá al otro. Todos conocen el juego perfectamente y saben cuales son sus reglas. Nadie puede engañarse, nadie tiene derecho a engañarse, excepto los necios, y ellos son las primeras víctimas.
Muchas veces, el propio Lang incluso, se ha hecho de menos a esta película, por no llegar a la exasperación trágica de la novela de Zola o la cinta de Renoir y, sobre todo, por salvar al personaje principal del remolino de pasiones y traiciones en el que cae, pero pocas veces el espectador ha podido ver un final más cínico y despiadado que el de esta película, rodado en un magistral montaje en paralelo, contraponiendo la frialdad de un rostro, libre ya de sus ataduras, con la tragedia que tiene lugar en ese mismo instante, sin que él lo sepa.




Musashino Fujin (La dama de Musashino)
Año de producción: 1951, Japón, Toho
Dirigido por Kenji Mizoguchi
Guion Toshitaka Yoda
Interpretado por Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Yukiko Todokori

Un amplio campo de cultivo y, atrás en el horizonte, espesas columnas de humo sobre una ciudad apenas visible. En el camino que cruza los campos, uniendo al público con la ciudad lejana, dos personas avanzan, cargadas con lo poco que han podido llevar.

La guerra ha llegado, durante largo tiempo parecía imposible adivinar su final, hasta que de repente se ha consumido a sí misma. La derrota ha sido tan completa que nada de lo antiguo puede ser ya cierto o válido. Es preciso emprender nuevos caminos, aunque no se sepan cuáles son, aunque sólo se esté seguro de que deben ser radicalmente distintos.

No todos tienen el valor, sin embargo. Tampoco todos tienen la capacidad. Los hay que prefieren encerrarse entre los campos, los arroyos, los árboles centenarios, la luz del día, su reflejo sobre los lagos, entre aquello que parece aún no haber sido tocado por el progreso, entre las pocas cosas que se muestran inmutables y perdurables.  Aunque lo nuevo y lo viejo provoquen el mismo hastío, aunque las melancolías y los sueños pertenezcan a un mundo inexistente.

Sueños, fantasías, engaños. El mundo nunca se detiene. Lo nuevo es bueno porque es nuevo. Su juventud y su ímpetu le dan derecho a todo. Nuevas costumbres, nuevos estilos. Calles rectas, coches potentes, casas modernas. Noches bulliciosas donde se camina en círculo, diversiones artificiales. Siempre lo mismo, repitiéndose sin variación hasta que el tiempo concedido se acabe.  Substituyendo y remplazando lo que ya haya caducado, para que no quede nada, fuera de sí mismo, con lo que pueda compararse.

Al final, aquellos que permanecen unidos al pasado, mueren irremediablemente. Sólo los ciegos o los suicidas podían suponer otra cosa. Si se quiere seguir con vida, apenas queda un camino, y lleva hacia adelante, hacia el futuro que es necesario aceptar, amar y compartir, por mucho que nos desagrade.




La vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna)
Año de producción: 1952, Japón, Toho
Dirigido, producido y escrito por: Mizoguchi Kenji
Interpretado por Kinuyo Tanaka, Toshiro Mifune, Ichiro Sugai

En una de las escenas claves del film, Oharu, antigua doncella noble, devenida anciana prostituta, es conducida por un viejo a una posada. La cámara les sigue, mientras el anciano la muestra a unos jóvenes para que abominen de la mera idea de tener contacto con una mujer. Destruida, agotada, Oharu y la cámara se marchan cuando, en una arranque de dignidad, la protagonista vuelve, se encara con sus torturadores y hace ademán de arañarles, mientras éstos encogerse, aterrorizados por su audacia.
Pocas escenas como ésta, resumen el ideario de Mizoguchi y el rigor expresivo con que lo transmite.
Ideario centrado en la defensa de la mujer y en la denuncia de las múltiples servidumbres a la que son sometidos por los hombres y la sociedad creada por ellos. Terrible destino, asímismo, el de los hombres. O bien sacrifican a sus mujeres, llevándolas a la muerte, convirtiéndolas en prostitutas, para obtener el reconocimiento social, o bien son a su vez castigados, y la mayor parte de las veces muertos, por esa misma sociedad. Terrible destino, porque nunca llegan a tener la lucidez  que les permita descubrir este conflicto. Extraña excepción que sea un hombre el creador de estos filmes, un hombre nacido en una sociedad patriarcal, donde la mujer se define por el placer o el beneficio que reporta al hombre.
Rigor expresivo y coherencia intelectual. Porque está escena ha sido rodada de una sola vez, con la cámara siempre en movimiento y la vista fija en Oharu, nuestra protagonista, la víctima y la única inocente en ese mundo despiadado, sin distraerse un sólo instante en lo que sucede a su alrededor, excepto si Oharu así lo hace, acompañándola siempre en sus experiencias, pero manteniéndose a distancia, sin entrometerse, protegiendo su intimidad y su humanidad, algo que el mundo no la ha concedido, pero que Mizoguchi le regala. 
Y es que en el mundo de Mizoguchi. Libertad significa dignidad, dignidad significa libertad, aunque el precio sea la propia muerte.


The Iron Horse
Año de producción: 1924, EEUU, Twenty Century Fox
Dirigido por John Ford
Guion: Charles Kenyon
Interpretado por George O’Brien, Madge Bellamy, Cyril Chadwidk

Llanuras inmensas. Sin puntos de referencia válidos. Da igual dirigirse al norte o al sur, al este o al oeste, el paisaje no cambiará, continuará siendo hostil e inhumano. Excepto el viajero, no hay otra presencia humana a la vista, pero sabemos que están allí fuera, acechando. Indios, forajidos, fuerzas del orden, tan peligrosas éstas últimas como las dos primeras. 
Tales son los signos del Western. Por esta razón, no es extraño que muchos de ellos tomen la forma de un viaje a través de la soledad, con inicio y destino fuera de los límites de la cinta, en busca de un sueño que siempre permanece en el horizonte, tentador e inalcanzable.
En este Western fundacional, todo un pueblo está en camino. Traviesa tras traviesa, raíl tras raíl, avanzan hacia el horizonte, su única referencia la misma línea recta que construyen. Ésa cordón les une a la civilización y a través de el llega todo lo que necesitan, provisiones, combustible, materiales, pero el hogar está demasiado lejos, fuera de la vista, al otro lado del horizonte. En cada parada deben reconstruirlo, fundar una nueva ciudad donde poder disfrutar brevemente tras el largo día de trabajo, donde surgirán todos los vicios y virtudes que transportan consigo.
Es solo una ilusión de permanencia. Pronto, la obra que construyen habrá alcanzado el horizonte y está nueva ciudad quedará demasiado lejos. Será el momento de abandonarla al desierto que la reclama, de llevarse consigo todo aquello que pueda ser transportado a la nueva fundación. Rápidamente, sin tolerar retrasos. El progreso, el futuro de un país así lo reclama.
Nada recordará su paso, excepto las tumbas de los muertos.

Le trou (La evasión)
Año de producción: 1960, Francia, Titanus
Dirigido por Jacques Becker
Guion Jacques Becker y José Giovanni
Interpretado por Michel Constantin, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier.

Dentro del genero de películas de tema carcelario, existe un subgénero, el de la evasión, que ha dado por sí solo un buen número de películas memorables, en una proporción demasiado elevada para un número exiguo de películas dedicadas al tema.

A caballo de 1960, tres directores, uno americano, dos franceses, retomaron el tema de la huida, de la libertad y de los medios para conseguirlas. Los presupuestos estéticos de cada director eran muy distintos, sus propósitos no menos dispares, pero sin embargo, las tres películas acaban por contar casi la misma historia, por converger, cada una a su manera, en la misma conclusión.

Cada película que aborda el tema de la evasión, y lo hace con seriedad, termina por convertirse en un canto al espíritu humano, a su resistencia y a su ingenio. El  enemigo exterior, soldados, guardias, carceleros, se difumina, pierde toda su importancia. El combate se traslada al interior de los prisioneros, entre ellos y su propias limitaciones, a los obstáculos y enigmas que deben resolver por sí solos, sin ayuda de nadie, sin recursos que no sean un clavo, un trozo de cristal, los cordones de los zapatos.

Un entorno donde lo ínfimo, lo que consideraríamos inútil, basura, en nuestra vida real, adquiere una importancia capital, única, donde el espectador redescubre la importancia de lo que nos rodea, donde él mismo aprende a pensar, a maravillarse, a admirar el tesón de la gente normal situada en condiciones extraordinarias y consiguiendo, inesperadamente, resultados también extraordinarios.

Si las películas, las tres que hemos señalado, y le Trou en particular, se quedarán ahí, no pasarían de ser un simple problema de ajedrecista, un episodio de MacGyver con más pretensiones. Las tres cintas nos descubren, nos obligan a recordar que cosa significa la solidaridad humana. El hombre en realidad no está sólo y su único camino de salvación, si se permite esa palabra desaforada, está en los demás, en confiar y confiarse en ellos, en aceptar que su destino depende del de los demás y que si ellos fallan, el fracasará también, que al final la libertad es un asunto interior, y que no hay mayor tesoro en este mundo, que una mano, un cigarro compartido o unas palabras sin sentido alguno para los extraños.

Las evasiones pueden fracasar. Los sueños ser hecho añicos, la muerte aguardarnos a todos, pero sólo hay un tipo de hombres que pierden, los que no han sabido mantenerse leales, los que han sido incapaces de reconocer a los suyos.

lunes, 26 de diciembre de 2011

100 AS (LXXVIb): Bob's Birthday (1994) David Fine & Alison Snowden












Dado que ayer fue fiesta de ésas de guardar, vamos a aprovechar el lunes para realizar nuestra habitual revisión a la lista de mejores cortos animados realizada por el festival de Annecy. En esta ocasión le ha tocado el turno a Bob's Birthday, realizado en 1993 por David Fine y su esposa Alison Snowden.

Como en muchas otras ocasiones  nos volvemos a encontrar con un corto producido por la NFB of Canada, esa bendición de la animación mundial, con la única importante diferencia de que esta vez es colaboración con el Channel 4 británico. De este canal merece la pena decir unas breves palabras, ya que en la década de los 90 (y los primeros años de este siglo) se convirtió en otro de los grandes promotores de la animación, versión experimental/independiente, De hecho, en la programación de muchos canales de pago de aquel tiempo, en que la TV por satélite y por cable echaron a andar, se colaron bastantes cortos que llevaban su logotipo y que han permanecido en la memoria de los aficionados que, como yo, tuvieron la suerte de toparse con ellos, aunque desgraciadamente nunca hayan sido recogidos en una recopilación.

Esta colaboración entre ambos lados del Atlántico, no se extiende únicamente a las fuentes de financiación, ya que sus dos creadores de origen británico van a utilizar la ayuda de un estudio canadiense, Nelvana, para crear este corto y la serie de animación que siguió, Bob & Margaret, que curiosamente alternará las localización de las aventuras de sus personajes entre Canadá y el Reino Unido, en un curioso ejemplo de los estrechos lazos que unen aún ambas ramas atlánticas de la familia anglosajona.

En lo que respecta a su argumento y a su animación, puede que el espectador no avisado no encuentre nada que le haga engancharse a ella. Narrando las frustraciones cotidianas de una pareja madura sin niños, dentista él, oficinista ella, y con un estilo visual simple y caricaturesco, la serie podría parecer otra versión más de la tipica sitcom animada basada en el entorno familiar, sin el tono subversivo, descarado e insolente al que nos tienen aconstumbradas las producciones americanas contemporáneas, especialmente The Simpsons, Family Guy y demás derivados.

No obstante, habría que decir que sólo The Simpsons está a la altura de la animación que despliega Bob's Birthday. El corto anglocanadiense ejemplo de lo que se conoce en este arte como Character Animation, el intento de solventar las limitaciones dramáticas de la animación, esa dificultad de reproducir la gama de emociones y sentimientos que es capaz de transmitir la actuación de un actor de carne y hueso, objetivo que se logra utilizando recursos que sólo están al alcance de la forma animada, como la caricatura, la deformación, la semejanza, la alusión, la anticipación y el chiste visual, evitando así, como ocurre con demasiada frecuencia en las sitcom animadas, tener que recurrir a guiones intrusivos que todo lo explican, y que serían inconcebibles en un producción de imagen real.

En lo que respecta al tema, conviene recordar como los Simpsons empezó como una serie que estaba ambientada en unas condiciones sociales, culturales y temporales muy precisas que intentaba reflejar de una forma semirrealista aunque exagerada, de forma que en cierta manera podría casi calificarse se Slice of Life. La arbitrariedad y el absurdo continuo llegarían varias temporadas después, hasta el extremo de que los personajes dejarían de lado sus personalidades originales y acabarían convirtiéndose en envase vacíos que los guionistas podían llenar con lo que quisieran (observese la decadencia del personaje de Lisa, de conciencia social de la serie, a participante en concursos de belleza y reality shows)... mientras que Family Guy y derivados jamás se han preocupado por el realismo o la realidad.

En ese sentido, Bob's Birthday y la serie que continuó las peripecias de sus personajes, buscan reflejar la vida de ese matrimonio maduro, durante la juntura vital en la que las ilusiones y esperanzas de la juventud van siendo substituidas por el tedio y la rutina, observando estos cambios, este destino inevitable, con cierto humor, una no oculta complicidad y una más que visible amargura. Características éstas que van dirigidas a un público más maduro, o al menos más atento por ese tipo de realismo en tono menor, dirigido a narrar esas vidas que pasarán sin ser recordadas , y que durante muchos años fue la manera más noble de practicar el arte de la novela... razón quizás por la que producciones como están me sigan siendo aún tan queridas.

En fin, no les quiero aburrir más y les dejo con el corto, gracias al archivo digital de la NFB, disfruténlo y no se me depriman mucho.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Crossing Borders

Delacroix, Fausto, Noche de Walpurgis
Sobre algunos pintores, su propia fama pesa como una losa. En cierta medida, su carrera parece reducirse a una serie de obras maestras, unos hitos en la historia de la pintura, que todo el mundo debe conocer por obligación y revisar siempre en un mismo orden. Así ocurre con el Manet de los años 1860 y así ocurre con el Delacroix de 1830, reducido ambos a una serie de escándalos cuya razón, pasado ya el tiempo en que eran evidentes y llevaban a la gente a pegarse en las salas de los museos, es necesario explicar una y otra vez a nuevas generaciones que bostezan aburridas al escucharlas, incapaces de comprender la relación que esas historias rancias tienen con su presente.

Por su puesto, esa misma pregunta, aunque en una forma mucho más elaborada, se la hacen también los conocedores, no sólo ignorantes y aficionados. La cuestión es simplemente el averiguar que queda de un pintor, si es que queda algo, una vez que se eliminan esas cuatro obras señeras, si en realidad esa montaña de altura inmensa no quedará reducida a un maloliente montón de estiercol, o en palabras menos resonantes y vacías, aprender a conocer al pintor que habita tras el pintor.

En ese sentido la muestra dedicada a Delacroix es especialmente en el Caixa Forum madrileno es especialmente relevante y educativa, simplemente porque Delacroix es un pintor aplastado por su propia fama, muchas veces reducido a los cuatros cuadros famosos que pueden contemplarse en el Louvre (sumidos y enterrados en las sombras de la galería que los alberga) y por las contradicciones de su propio tiempo y momento cultural, esa coexistencia incómoda entre un movimiento conservador, aunque revolucionario en sus inicios, como es el Neoclacismo, y la rebelión de los hijos contra los padres, encarnada en la generación romántica, que luego sería limada, atenuada y domada, para acabar transformado en cenas a la luz de las velas y paisajes pintorescos.

Y es que, aunque los libros de textos nos hagan creer lo contrario, por eso de que unas cosas hay que contarlas antes que otra, Ingrés, el neoclásico por excelencia y Delacroix, el paradigma romántico, son estrictos contemporáneos.

Delacroix, La Boda judía


Como digo, esas contradicciones afectan gravemente a la obra de Delacroix, simplemente porque gran parte de su carrera no es otra que una rebelión contra el corsé neoclásico, esa academia que pretendía dejar fijado para siempre en qué consistía la buena pintura, que debía alabarse y que debía condenarse. De ahí que muchas veces el sentido último de lo que pretendía Delacroix se nos escape o no lleguemos a sentirlo en toda su visceralidad, lo cual es un defecto en obras que se pretenden en muchos casos de combate, de resistencia y de oposición.

Esto en sí, no sería un defecto,  ya que como muestra la exposición, Delacroix es mucho pintor para quedarse simplemente encasillado en un artista de manifiestos políticos. El principal problema a la hora de apreciar a este romántico francés es precisamente la contradicción entre su manera estética y la forma en que la pintura se podía expresar en su época o se esperaba que se expresase. Delacroix, como es bien sabido, pertenece a aquella variante de pintores que pone el color por delante del dibujo, la forma por delante del fondo, y que no teme en sacrificar el rigor documental, la representación exacta de la realidad que asociariamos a los pintores/dibujantes, si eso le permite avanzar en la exploración de las posibilidades estéticas que su trabajo diario le descubre. Pero al mismo tiempo, su época le imponía la necesidad de contar una historia, de ajustarse a un tema e intentar representarlo de manera reconocible y descifrable, al menos para los parámetros culturales de su tiempo, tan olvidados y tan desvanecidos para un momento como el nuestro, al cual todo lo que tenga más de quince minutos de antigüedad se le asemeja antediluviano.

Lo anterior provoca que la etiqueta de romántico, en contraposición al neoclasicismo, haya sido casi más contraproducente que favorable al contemplar este tiempo desde la posteridad, ya que la oposición romanticismo/neoclasicismo parece fundamentarse más en una diferencia temática y en cierto desarreglo formal, que en una auténtica diferencia radical de temperamento, esa que caracterizaba al primer romanticismos y que acabó convertida en pose, en moda y tendencia, en artículo de consumo perfecto para vender a la gente de dinero, en el segundo romanticismo y en su exportación al resto de Europa.


Delacroix, El mar en Dieppe
¿Qué queda entonces de Delacroix que pueda  interesar a un tiempo como el nuestro que presume de su desengaño y su desapego? Dejando aparte la posible actualidad de los clásicos, pregunta tramposa, ya que no son ellos los que tienen que ser actualizados, sino nosotros envejecidos, lo que la muestra del Caixa Forum nos ayuda a conocer es a un pintor que es mucho más que cuatro cuadros famosos, un pintor capaz de revelarse como experto grabador en su serie de Fausto, representada con toda la locura y desesperación que conviene a la historia del lector. Un pintor que se revela como un increíble colorista en la serie de cuadros que resumieron su viaje al Norte de África, además de una avezado observador de lo que le rodea, con todas las reservas que ese concepto tiene en un pintor que aún continuaba trabajando en estudio, y cuyas tomas del natural no pasaban de apuntes que reutilizar y remontar en obras posteriores.

Un pintor, en fin, que en su ancianidad, como muchos otros pintores entrados en años y que empiezan a ser olvidados para las generaciones futuras, supo recreearse y reinventarse a sí mismo en una serie de paisajes que se adelantaron a lo que vendría poco tiempo después, el movimiento impresionistas, y que hacen pensar en qué hubiera pasado si el viejo Delacroix hubiera conocido la obra de los jóvenes Renoir y Monet.

Delacroix, La roca de Etretat

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Humane



Uno de los peligros de esta afición mía al anime es que uno tiene que procesar tantas series que puede descubrir repentinamente que se está perdiendo alguna de las importantes, ya me ocurrió en el 2006 con Simoun y Nana, y ha estado ha punto de ocurrirme con Mawaru Penguin Drum, la última creación del responsable de Utena, Kuhara Kunihiko (más sobre Utena y Mawaru en otras entradas), despiste subsanado gracias al blog de Erika Friedman,  Okazu.

Dejando aparte este olvido mío, digamos que sigo revisando series antiguas, remozadas y mejoradas gracias al Blue Ray y disfrutando de los últimos coletazos de la temporada de Otoño, que lleva unos años trayendo lo mejor del año, algunas series se me quedarán en el tintero, debido a que terminarán antes de que pueda comentarla, pero el caso es que esta entrada iba en principio a estar dedicada a otra gran serie de hace unos años, Seirei no Moribito, quizás la última gran serie que ha firmado Productions IG, pero antes de que pudiera hablarles de mi reencuentro y de como la he encontrado tan emocionante como en su primer visionado (aunque eso sí, mostrando cuanto ha mejorado la animación en apenas un lustro), empecé a ver otra de las grandes series de esos años, y mi plan se fue, como se dice coloquialmente, a tomar gárgaras.


Se trata de Spice & World, una serie que ya comenté en su momento y que desgraciadamente deja ver en su animación una clara falta de presupuesto, ahora más perceptible por esos continuos avances técnicos a los que hacía referencia, pero cuya torpeza y primitivismo se ven más que equilibradas y compensadas por contar alma y espíritu, características que faltan a muchas serie de ahora mismo, a  pesar de su sobrada perfección técnica.


O por decirlo en otras palabras, la conquista al asalto de la anime por parte del complejo moe ha llevado a un cúmulo de series en la que sus personajes aparentan cada vez menos edad de la real, al contrario de hace unos años cuando lo que sorprendía era que fueran mucho más jovenes de lo que su aspecto indicaba, mientras que los conflictos que lo ligan son cada vez más infantiles y banales. En el caso de Spice & Wolf, creada cuando el moe no había aún vencido por completo, pero empezaba a dejar sentir sus efectos, el personaje femenino protagonista, deja ver en su diseño ciertos aspectos de esa fiebre, que son contradichos por su forma de actuar y de pensar, completamente madura, como conviene a un dios lobo mítico que ha habitado este mundo durante cientos de años.


Parte de este acierto (o victoria o originalidad entre cientos de series iguales) se debe al material de partida para la adaptación, una serie de novelas ambientadas en una imaginada edad media, cuyos protagonistas se ven enfrentados a complejas e intrincadas situaciones comerciales que deben resolver con su ingenio e inteligencia, puesto que si uno de los protagonistas, Horo, es esa diosa-lobo a la que me refería, su compañero de andanzas, Lorenzo, no es otra cosa que un  mercader ambulante, de forma que cada episodio se convierte en una auténtica lección de economía















Pero esto no sería nada, si no fuera porque la serie, a pesar de su problemas de presupuesto se las arregla para brillar en una aspecto no tan inesperado, la descripción en imágenes de la compleja relación entre los dos protagonistas, la creciente afinidad y simpatía que se anuda entre ambos protagonistas, enturbiada por la consciencia que tiene Horo de la diferencia entre la duración de vida entre ella y Lorenzo, y que la lleva a desear al mismo tiempo aceptarle y rechazarle, aceptarle para extinguir la soledad que le acosa desde hace siglos, desde que abandonó su bosque natal y marchó a tierras de los humanos, rechazarle para no verse a obligada a sobrevivir a otro amante humano, cuya vida, para ella, es comparable a la de uno de nuestros animales domésticas.

Una relación que se describe en términos completamente maduros, sin timidez ni circunloquios, como conviene dos personas que han vivido ya mucho, y cuyo único impedimento para que sea plena es precisamente el peso de la experiencia que llevan a cuestas.

Una relación por último descrita a base de miradas, de expresiones, de juegos y miradas compartidas, de silencios y esperas, de deseo y ansias, en definitiva, real y sentida como pocas.










martes, 20 de diciembre de 2011

Magritte malgré Magritte


No sé si les sorprenderá o no saber que uno de mis pintores favoritos es el belga René Magritte.

Mi pasión por él se remonta a la inmensa e irrepetible retrospectiva que la Fundación March realizó en 1989, en ese esfuerzo suyo por hacer visible la vanguardia pictórica a un país que había vivido dándole la espalda, en gran parte por cuarenta años de dictadura. Tuve la suerte de ver esa exposición cuando tenía veintepocos años, en esa edad en que los enamoramientos son aún posibles además de irresistibles, mientras que tu poder de concentración y tus fuerzas aún están por gastar. En resumidas cuentas, que me quedé una hora larga viendo los cuadros y cuando acabé volví a repetir el pase, hasta que me aprendí los cuadros casi de memoria, para salir con la mente llena de ideas, de posibilidades, funcionando al máximo rendimiento para tratar de asimilar lo que acababa de ver (por si les interesa esa misma tarde tenía un examen de la carrera que estaba estudiando, sin relación alguna con las artes).

La semana pasada, en Bruselas, pude visitar el magnífico Museo Magrite abierto hace poco en esa ciudad. Un edificio entero dedicado a su obra que contiene cuadros de toda su trayectoria, además de un completísimo material de apoyo,(bocetos, cuadernos de apuntes, publicaciones contemporáneas y otros materiales culturales que sirvieron a Magritte de inspiración y acicate)... y debo confesarles que tengo que agradecer haberme encontrado con este pintor cuando era joven, rápido de reflejos y de aguda inteligencia, puesto que ahora es mi experiencia, mis recuerdos de antaño, los únicos que me permiten sentir lo que sintiera antaño, emocionarme de la misma manera. En otras palabras, que me queda el resquemor de que si lo conociera ahora de nuevas, nunca pasaría a formar parte de mis preferencias, de aquello que amo y considero como parte irrenunciable de mí mismo.

Pero dejando aparte las jeremiadas de anciano, lo que realmente quería decirles es que Magritte es uno  esos pocos pintores y artistas que realmente merece el calificativo de visionario, ya que  creó imagenes nuevas y turbadoras partiendo de objetos completamente anodinos y cotidianos... una certeza que se ve sin embargo, algo rebajada por cierta tendencia a considerar que el artista belga trabaja con una limitada cantidad de símbolos que reelabora y recombina continuamente, sin gozar de la efervescencia pirotécnica de un Dali, o que desprovisto de ese contenido fuera de lo corriente, no sería más que un pintor de muy segunda fila, en un equivocado concepto del formalismo en las artes.


La Magie Noire

Es cierto que muchos cuadros de Magritte, como el que antecede estas palabras han pasado a formar parte del imaginario popular y son perfectamente reconocibles e identificables como suyas, hasta el extremo de que prácticamente esas imágenes y el pintor son prácticamente intercambiables, como ocurre con el famoso hombre del bombín al que siempre se le ve la espalda o que en cierta medida su surrealismo se muestra, en oposición al de Dalí, como un surrealismo amable y comedido, casi de salón de estar. Apreciaciones ambas, como la anterior referente a sus capácidades técnicas y estéticas completamente erradas.

Magritte fue un pintor que se movió una y otra vez fuera de lo que los modernos actuales llamarían "su zona de comodidad". Una de mis grandes sorpresas en mi visita al museo Magritte fue descubrir que el cartel que figura al principio de la entrada fue dibujado por él. Un cartel que yo conocía por mi afición a la segunda guerra mundial y que nos habla de un Magritte fuertemente implicado en política y abiertamente opuesto a los totalitarismos fascistas que buscaban dominar la Europa de los años 30. Un toque de atención. el de ese cartel que debería llevarnos a recordar, al menos a todos los aficionados a Magritte, la radical violencia y espiritu subversivo que muestra mucha de su obra de los 20 y los 30, como es el caso del cuadro que sigue a continuación.


Le Plaisir

Una violencia y una radicalidad que volverían a reproducirse al final de los años 40, y que nos sirven de introducción a la excepcionalidad del arte Magritiano en esa década, ya que durante esos años Magritte dejó de pintar como solía hacerlo, aunque sin abandonar sus temas habituales y atravesó primero lo que se conoce como su época Renoir (Le surrealisme à plein air) con unos cuadros que imitaban la técnica impresionista pero no sus temas y que, como muestra la siguiente imagen, no acabaron de convencer a nadie, ya que en Magritte la técnica impresionista acaba por producir una sensación expresionista, de desasoguiego e inestabilidad, mientras que el efecto de sus cuadros, subrayado y potenciado por su realismo pictórico casi de notario, se ve tanto más disminuido cuanto más se diluye su pincelada.


L'Echo

La siguiente etapa, el periodo Vache, es quizás más interesante, especialmente por su radicalidad. Como otros  grandes llegado a la madurez, Magritte dio un giro de 180 grados a su carrera y empezó a pintar como los pintores jóvenes, esa generación que daría origen a los varios informalismos de postguerra y que, afectada por la catástrofe del conflicto mundial, había abandonado toda pretensión de considerar que arte y belleza eran conceptos indisolubles. Así, si en la etapa Renoir, Magritte era todavía reconocible bajo su disfraz, muchos aficionados serían incapaces de reconocer al maestro en estos cuadros, si no viesen la firma.

L'Ellipse

Ambas etapas fueron de corta duración, sin embargo, y, como muchos otros pintores, Magritte volvió a su estilo y sus temas, como si nunca los hubiera abandonado. Una appel à l'ordre que no supuso ninguna concesión en sus temas o en sus pretensiones, puesto que hasta el último momento, el surrealista belga supo crear esas imágenes paradójica e irreductibles, sin otro significado que su propia imposibilidad, pero que son capaces de fascinar al espectador e incluso de quitarle el sueño.

Le Séducteur
Porque toda la obra de Magritte no es más que un juego continuo entre lo que sabemos y lo que creemos saber, lo que vemos y los que damos por supuesto, la palabra y las imágenes que denotan, mostrando las muchas muletas y sobreentendidos en las que se funda nuestra percepción y nuestro conocmientos, esas muletas necesarias que sólo nos llevan al error y a la confusión, de forma que acabemos por ser incapaces de distinguir entre la realidad y la percepción de la realidad, perder la noción de las fronteras entre lo real y lo imaginado, de forma que tengamos que confesar que es imposible llegar a averiguar qué es verdadero, qué es cierto, que es real.

Peor aún, que si llegásemos a rasgar el velo de la realidad percibida, lo que encontrariamos tras ella es el mismo mundo de apariencias del que nos hemos liberado.

La Condition Humaine

Un mundo donde el absurdo, lo paradójico y lo imposibles campan a sus anchas, como en el mundo que percibimos y en el que tenemos que vivir.

Le Présent