jueves, 4 de junio de 2015

Mostrando el pasado (yV): Problemas limitaciones y ausencias

Lápida del presbítero Crispín

Siguiendo con mis notas al nuevo montaje del museo arqueológico, ha llegado el momento de las salas dedicadas al medievo: Visigodos, árabes y cristianos. Como ya les había dicho, el principal problema de la reforma es que a pesar del aumento del espacio expositivo da la impresión que éste ha disminuido, a lo que no ayuda la reducción en el número de piezas.

Entiéndase bien, en áreas como la romana o la protohistórica, que rebosan de piezas, esta saca ha ayudado a aligerar la exposición, permitiendo que sea más accesible al público. Aún así, y debido a esa misma abundancia de objetos, no puede evitarse cierta sensación de agobio, de estar perdidos tanto en el tiempo como en el espacio. La exposición es así, al mismo tiempo, pedagógica y críptica, ya que, como les contaba, se han eliminado muchas de las explicaciones, mapas y maquetas del antiguo montaje, sin que hayan sido substituidos por otras nuevas.

No obstante, en zonas tan ricas como la romana y la prerromana, estas quejas mías no son más que pijoterias, ya que a pesar de los defectos que aún quedan, los problemas de exponer tal número de piezas de un modo coherente han sido resueltos de forma bastante elegante y muy ilustrativa. Muy diferente, por el contrario, es el caso de las salas a la Edad Media, donde es evidente que sí se ha producido una importante reducción del espacio expositivo, las piezas se acumulan sin casi dejar espacio para disfrutarlas, mientras que reina una evidente confusión en el dónde y cuándo de lo que se muestra.

Parte de esta confusión se debe a modificaciones en los modelos historiográficos, muy evidentes en la sala dedicada al paso de la antigüedad romana a los reinos sucesores germanos. Si en la narración de la prehistoria se han dejado a un lado los parámetros de la antigua arqueología cultural, en lo que se refiere a la caída del imperio romano se intenta evitar la singularidad de ese hecho, para hablar  en cambio de Antigüedad Tardía, entendida como un extenso periodo de transición del siglo IV al VIII durante el que, lenta y paulatinamente, el mundo romano se habría transformado en la cristiandad medieval, mientras que las invasiones bárbaras no pasarían de ser una anécdota.



El acento se pone, por tanto, en la continuidad de las instituciones tardoromanas, incluido el cristianismo, y no en la ruptura provocada por unos invasores que estaban fuertemente influidos por la cultura del Imperio y cuya etnicidad monólitica se ha puesto muy en duda en los últimos tiempos, interpretada como una etiqueta conveniente para referirse a amplias coaliciones laxas y frágiles de pueblos muy diversos. Aunque es innegable que la romanidad, sus instituciones y su cultura, pervivó largo tiempo tras la desaparición del Imperio, de manera que es sólo en el siglo VII cuando se puede hablar de un nuevo orden en Europa occidental, no es menos cierto que esta nueva concepción ha llegado en ocasiones a la exageración sin fundamento, casi ridículas. Se propone así que no hubo caída en el nivel de vida o la calidad de producción, comparado con tiempos romanos, o que el sistema político romano continuó funcionando casi sin cambios, bajo otros amos, los llamados bárbaros, de forma  la inmigración de estos se piensa casi completamente pacífica, como invitados de unas clases privilegiados romanas que les aceptaron como iguales, ante el fracaso de los gobernantes propios.

Esta visión idílica es insostenible. Si bien el orden romano pervivió largo tiempo en muchos de sus aspectos, como demostraría la obsesión de la a mayoría de estos nuevos gobernantes germanos intentaron restaurarlo una y otra vez en sus respectivos estados, no es menos cierto que tanto las producciones industriales romanas, aquellas que habían inundado el Imperio con cerámica estandarizada de alta calidad disponible incluso para las clases bajas, desaparecen por completo, mientras que el comercio interregional deja prácticamente de existir. Lentamente, asímismo, las ciudades pierden gran parte de su tejido urbano, abandonándose el mantenimiento de los edificios públicos construidos en los tiempos del Imperio, mientras que se permite la aparición de zonas rurales, cultivos y granjas, en el interior de los recintos amurallados.

Lo que distingue a esta tendencia paulatina de "devolución" - valga el barbarismo  - de la interpretación antigua de decadencia repentina, inevitable y catastrófica es que no está unida a las propias invasiones bárbaras. En zonas como Britania o las provincias del Danubio, la romanidad desaparece de forma radical y repentina, de manera que cuando las fuentes históricas vuelven a referirse a Inglaterra, ya en el siglo VI, está es una serie de reinos anglosajones y britanos donde la romanidad es sólo un recuerdo. En otras zonas, como la España visigótica, el África vándala, la Italia Ostrogoda, la Francia merovingia los gobernantes bárbaros intentan mostrarse como herederos del Imperio desaparecido, pero aún así la sociedad y economía tardoimperial acaba por deshacerse, bien por la intervención de potencias externas - bizantinos y árabes -, o bien por la dinámica de una sociedad, cada vez más rural y menos urbana, cada vez más regional y menos continental, cada vez más reducida, en sus órganos de gobierno, a un puñado de poderosos que dominan una inmensa masa de siervos y colonos.

Arco del palacio de la Alfajeria

Es un mero juego especulativo intentar adivinar que hubiera sido de la España visigótica si evolución no hubiera sido truncada por las conquistas árabes. Quizás, como apuntaba un historiador inglés, hoy nos referiríamos a este país como Góticas y no España, al igual que hablamos de Francia y no de Galia. La cuestión es que en el 711 se produjo la invasión árabe y durante bastantes siglos, prácticamente hasta el siglo XIII, quedó la duda de sí la península Ibérica acabaría formando parte del ámbito islámico  - como Marruecos, Egipto, Siria o Irán - se uniría al occidente que estaba surgiendo en tierras del norte, en Francia, Inglaterra o Alemania.

Resulta curioso, por tanto, cuando se revisa el nuevo montaje del arqueológico, que si bien unas salas atras se hacían grandes esfuerzos por borrar la frontera entre Roma y los bárbaros sucesores, la cisura entre Cristianismo e Islám, sigue bien presente, incluso subrayada por la existencia de muretes exprofeso, como si literalmente transitásemos de un mundo a otro. No obstante, y a pesar de si esta división puede mantenerse o no - los Omeyas basaron gran parte de su arte y su organización política en los modelos tardorromanos y bizantinos, baste como ejemplo el arco de herradura visigótico transformado en seña distintiva del islam hispano - las salas árabes marcan otro tránsito bien distinto en la exposición. Si antes la inmensa mayoría de los objetos provenían de excavaciones, ahora van a tener su origen en edificios ya existentes o en colecciones venerables. No se trata, por tanto, en su mayoría, de (re)descubrimientos contemporáneos, sino de objetos rescatados, salvados de lugares que iban a desaparecer o de colecciones que terminaron esparcidas.

Evidentemente, esta dependencia de objetos salvados y conservados provoca que la historia de los ocho siglos de dominio árabe quede comprimida en sus últimos siglos e incluso quede substituida por el fenómeno mudéjar, todos esos objetos producidos en tierras ya bajo dominio cristiano tras el avance de la reconquista. Un desequilibrio en la narración que no significa que estas salas sean menos interesantes, ,más bien todo lo contrario, puesto que vienen a demostrar lo influidos culturalmente, casi aplastados, que estaban los bárbaros cristianos por sus vecinos árabes ultrarefinados, hasta el extremo de incorporar en sus casas y en sus propios objetos de devoción, telas, tallas y joyas en las que se proclamaba la grandeza de la otra religión.

El problema radica en que ese Islam queda representado en su derrota y decadencia, no en sus tiempos de gloria y dominio, con lo que es difícil que el visitante se haga una idea clara de que esa civilización no tuvo igual en su tiempo, que fue sólo hacia el siglo XII que Europa comenzó a superarla, y aún con sustos y dificultades - piénsese en la expansión otomana en el XV y XVI - o que, como se ha dicho una y otra vez, un visitante en el siglo X hubiera considerado que el futuro de la humanidad estaba en Cairo, Dmasco, Bagdad, Bujara o Samarcanda, no en los villorios de occidente, se llamasen Roma o Aquisgran.

Por último, y como cierre. Esa misma dependencia de objetos salvados o recurados ha provocado que parte de la colección haya sido reclamada por otras instituciones, que se consideran sus auténticos custodios. Tal es el caso de los dos arcos de la Alfajeria, joya del antiguo montaje, en deposito en el museo desde los años 60 del siglo XIX, prestados a la junta de Aragón durante la reforma actual y nunca devueltos por ella.

Asunto en el que no dudo tengan razón, pero que no evita que sienta enorme nostalgia, casi dolor, por no poder verlos aquí, en este museo.

Capital románico de Aguilar de Campoo

Y ahora debería hablarles de la salas dedicadas a los reinos cristianos, pero me temo que esta entrada es ya demasiado larga, así que lo dejaremos para el próximo sábado