martes, 9 de junio de 2015

Bajo la sombra del postmodernismo (XIV)

En el contexto del siglo XVIII, no desde las concepciones de nuestra época, esos reyes (los déspotas ilustrados) resultaban "ilustrados" en comparación con sus antecesores y coetáneos, debido a que estaban más abiertos a las corrientes que reivindicaban el cultivo de la razón y la mejora educativa. De semejante actitud ni mucho menos se derivaba una sintonía con el programa enciclopedista o kantiano de la autonomía del individuo y el uso sin límites de la razón, pero conviene repetir que ésa fue sólo una de las distintas vertientes del movimiento ilustrado. El mito del "progresismo" de Carlos III, extendido a los hombres más destacados de su gobierno, ha impedido percibir los rasgos más tradicionales de su reinado, pero calificarlo de "reaccionario" supone caer en un error idéntico de signo opuesto. El gobierno de Carlos III, ni siquiera en su etapa reformista más activa tras lo motines de 1766, fue incapaz de remover los obstáculos al desarrollo de la agricultura, del comercio y de la actividad industrial, ni mostró la más mínima voluntad de poner fin a las desigualdades jurídicas de la sociedad estamental. Sin embargo, algunos aspectos de su política estuvieron en consonancia con las "ideas propias de nuestro tiempo" a que hacía referencia Campomanes, o con el "espíritu general de Ilustración" de que habló Jovellanos. La Ilustración, a pesar de lo que tantas veces se ha escrito, en ningún lugar de Europa ni tampoco en Francia fue un movimiento homogéneo y de carácter revolucionario. Sólo algunas derivaciones de esa amplia y diversa corriente tomaron con el tiempo un carácter radical.

Pedro Ruiz Torres, Reformismo e Ilustración, Volumen 5 de la Historia de España Fontana/Villares

Tenía muy abandonadas, debido a otras lecturas, mi comparación de las Historias de España dirigidas respectivamente por John Lync y Fontana/Villares, una de los años 90 y orientada al público de habla inglesa, otra de la década pasada y orientada a un público peninsular. Los tomos que estoy leyendo ahora, sobre el siglo XVIII y el (supuesto) reformismo borbónico, son los últimos en que ambas historias están sincronizadas. Como recordarán, la de John Lynch exploraba en profundidad la España de antes de los reyes católicos, tanto medieval como romana y prerromana, mientras que la de Fontana/Villares se centraba en España como objeto histórico, reservando su relato y sus tomos para historia posterior a los Reyes Católicos y, por supuesto, la época contemporánea.

Volviendo a lo que nos ocupa, quizás se hayan sorprendido de que tilde el periodo de los primeros Borbones como "supuesto" reformismo. En las escuelas aún se enseña que ese siglo fue un periodo tranquilo, en comparación con la turbulenta conclusión de la dinastía Habsburgo en el XVII, con su rosario de derrotas y catástrofes interiores, o el no menos dramático y enrevesado siglo XIX, trufado de guerras civiles, pronunciamientos y revoluciones, que casi estuvieron a punto de convertir a España en otro enfermo de Europa, maduro para ser repartido y colonizado, como el Imperio Otomano.

Las convulsiones del siglo XVIII, que las hubo, quedaban bien limitadas y acotadas. Al principio, la guerra de Sucesión y la uniformización del estado con los decretos de Nueva Planta. Al final, las repercusiones de la Revolución Francesa, el paulatino deslizar al estado de nación cliente del Imperio Napoleónico, al capricho de los dictados y el capricho de Napoleón, para desembocar en la matanza que supuso la absurda Guerra de la Independencia. Entre medias, el sobresalto del confuso motín de Esquilache, pero poco más, en un siglo que parecía dominado por la tranquilidad, por el caminar hacia las reformas luminosas de una ilustración que había acabado por seducir a los propios monarcas absolutos. Paz y sosiego, progreso e industria, razón y ciencia, características que serían contempladas con melancolía y envidia en el torbellino de los siglos siguientes.



Pero... ¿fue realmente así? ¿O es sólo un espejismo de la memoria transmitida por nuestros antecesores? Lo cierto es que en las últimas décadas esa imagen positiva se ha ido cuarteando paulatinamente, hasta devenir un no, pero sí, o, en los casos más extremo un no palmario. Las primeras dudas no surgieron de la historiografía oficial, siempre demasiado enamorada del reíno de Castilla y de sus reyes legítimos, sino de los historiadores de las otras nacionalidades de la península, aquéllas que perdieron sus fueros con los decretos de Nueva Planta. En especial, esta revisión ha sido promovida por la historiografía escrita en Cataluña, la nacionalidad más dinámica y consciente de su personalidad propia de todas esas otras naciones que forman eso que llamamos España... no se sabe aún por cuanto tiempo.

La idea central en esa revisión, de carácter nacionalista, es la concepción del estado Borbónico como catástrofe, expresadas en imposición por la fuerza de leyes ajenas, que vinieron a romper un orden natural vigente desde hacía siglos, de manera que su violencia y arbitrariedad venía a invalidar sin posibilidad de arreglo el contrato por el que esas tierras se unieron a la corona hispana. Como tantas versiones históricas, esta es al mismo tiempo cierta y falsa, válida e inválida. Los tan cacareados fueros en realidad sólo eran símbolo de libertad para un ínfimo porcentaje de la población de los reinos de Aragón, los oligarcas y los nobles, mientras que el resto de habitantes no percibieron mucha diferencia entre el modo antiguo de gobernar y el nuevo, fuera de la pérdida del Catalán como lengua de la administración.

Por otra parte, como suele ocurrir en todas las guerras, el conflicto entre los bandos se tornó también combate en el interior de ellos. En contraposición al caso catalán, la oposición a los borbones en el reino de Valencia tuvo rasgos de levantamiento antinobiliario, en el que se reclamaba la abolición del vasallaje, las servidumbres y los impuestos. No es de extrañar, por tanto, que gran parte de la nobleza de ese reino, tras la vacilación inicial, recibiese con buen gusto el nuevo orden borbónico, que les aseguraba el mantenimiento de sus privilegios y asignaciones... algo que sus rivales Habsburgicos a buen seguro también habrían garantizado, una vez terminada la guerra.

Lo curioso y excepcional del caso catalán es que en los últimos momentos de la rebelión, cuando Barcelona combatía ya sola, abandonada por Autria e Inglaterra, tras la firma del tratado de Utrecht, ambos movimientos contrapuestos confluyeron en uno sólo . Tanto la revolución antioligárquica como la antinobiliaria acabaron aliados con esos nobles y esos burgueses que sólo asperaban a perpetuar unos privilegios, sus privilegios, formulados en los fueros. El levantamiento de unas reducidas élites se tornaba así causa nacional, en mito consagrado y sacrosanto para siglos venideros, hasta ahora mismo, cuando la hora de la disolución de ese concepto indefinido y equívoco que llamamos España parece a punto de consumarse.

El siguiente ataque a la normalidad y placidez borbónica tiene su origen en la historia paralela que se escribe como respuesta a la propuesta por el Franquismo, aunque tiene su origen mucho más atrás, en las corrientes republicanas y antiborbónicas que cobran fuerza en España a mediados del siglo XX. Frente a la idea de los Borbones como dinastia nueva, que viene con su energía a reformar y restaurar el destartalado edificio de la corona Hispana tras los últimos Habsburgo, los Borbones se muestran como auténticos inútiles, siendo los mejores de ellos los que, como Carlos III, se limitaron a no interferir, a dejar a hacer a otros, y supieron elegir a los más capacitados para ello.

Felipe V se muestra como un debil mental, en permanente estado de melancolía, siempre bajo la influencia de otros y huyendo de sus responsabilidades, cuando no obstaculizando a quienes buscaban solucionar los problemas del gobierno. Carlos IV es, como dicen los ingleses, "a nonentiy", alguien que no sabe estar, ni no estar, cuya labor de gobierno se caracteriza por el continuo error y desacierto, aunque hay que confesar que la situación internacional, marcada por la Revolución Frances, no ayudó mucho a aliviar la marcha del estado. Los mejores borbones, Fernando VI y Carlos III, tampoco son especialmente notables, ni mucho menos admirables. El primero acabó sumido en una profunda depresión que a punto estuvo de paralizar la marcha del gobierno y dar al traste con la corona. El segundo... pues ya lo sabemos, se limitaba a cazar, y se sólo salvó, él y la corona, porque sabía elegir gente válida que le evitase las preocupaciones y distracciones que podían impedirle dedicarse a la caza.

No obstante, el problema no estaba en las personas, sino que era mucho más profundo. Reformar la corona española requería derribar y reconstruir el edificio estatal, algo que los Borbones no podían emprender, ni mucho menos querer, ya que ellos mismos eran parte de esas élites privilegiadas que impedían que la corona española emprendiese el camino de la renovación, la modernidad y el progreso. De hecho, ese era el caso en todas las potencias Europeas, bloqueo que sólo pudo ser resuelto mediante revoluciones: una económica, en las Islas Británicas, otra política, en tierras francesas.

¿Y en España? Como siempre medias tintas. Palabras grandilocuentes que prometían los cielos, y luego mano dura con el que se atreviese a moverse. Como ocurrió con Olavide, uno de los ilustrados de Carlos III, convertido en chivo expiatorio en manos de la inquisición, ya que no podía atacarse a personalidades más poderosas. O como Malaspina, procesado de resultas de una confusa conspiración para derribar el gobierno, recién vuelto de su periplo científico alrededor del mundo. O como Jovellanos, prisionero perpetuo del castillo de Bellver, de donde le saco una revolución y una guerra, sólo para morir en su tierra, olvidado de todos.

Y entre medias, España, siempre a la deriva, sin que nadie haga nunca nada, sino es para confirmar privilegios y encastillarse en el poder del que se han apoderado.