martes, 16 de junio de 2015

Bajo la sombra del postmodernismo (XV)

The catastro of Ensenada, as it was known, was completed in 1754; copies were made, bound and sent to Madrid.; officials began to make the new tax assessments, calculate the quotas, and prepare the necessary decrees. Then nothing happened. The interest groups and privileged sectors had not been idle since 1749; protests had been voiced, objections made, pressures applied. The result was that the project of a single tax was first postponed, then abandoned, leaving the catastro itself in the archives, a monument to Spanish bureaucracy and a prime source for the historian. The excercise was revealing in other ways.

John Lynch, Bourbon Spain, 1700-1808

El catastro de Ensenada, como se conocía, fue completado en 1754; se hicieron copias, se encuadernaron y se enviaron a Madrid; los funcionarios comenzaron a evaluar el nuevo impuesto, calcular las cuotas y preparar los decretos necesarios. Entonces, nada sucedió. Los grupos de interés y los sectores privilegiados no habían permanecido ociosos desde 1749; se habían levantado protestas, realizado objecciones, aplicado presion. El resultado fue que el proyecto de un impuesto único fue retrasado primero, luego abandonado, quedando el catastro en los archivos, un monumento a la burocracia española y una fuente principal para el historiador. El ejercicio era revelador en otros sentidos.

Continuando con mi comparación de las Historias de España dirigidas respectivamente por John Lynch y Fontana/Villares, llega el turno del volumen que John Lynch dedica al siglo XVIII, último de los tres escritos por este historiador británico y último también en que se mantiene la sincronía en ambas obras. El siguiente volumen, a cargo de Charles Esdaille, se merendará siglo y medio de historia de España, desde la guerra de la Independencia hasta el final de la Guerra Civil, mientras que la Fontana/Villares tardará tres tomos en alcanzar el mismo punto. Ya veremos lo que pasa en ellos, pero me temo que la reciente escrita en España se comerá a la antigua escrita en Inglaterra, simplemente por el grado de detalle.


Entretanto, quien se lleva la palma es John Lynch, como ya había ocurrido con sus crónicas del siglo XVI y XVIII. Excepto en ocasiones muy particulares, como la descripción del chalaneo por el Imperio Español durante la agonía de Carlos II o los sucesos del motín de Esquilache, mucho mejor descritas en la Fontana/Villares, la narración de John Lynch es bastante más organizada, estructurada y abundante en datos, ofreciendo una visión mucho más rica y compleja de los siglos tratados, desde la cúpula gobernante hasta las clases populares. Por el contrario, en los tomos de la Fontana Villares hay una excesiva dependencia de los escritos de los reformadores y pensadores de la época - menor en el tomo del siglo XVIII, todo hay que decirlo - sin pararse a pensar si esas ideas tuvieron alguna repercusión o siquiera fueran escuchadas. Se trata de un claro caso sesgo debido a la naturaleza de las fuentes, en el que lo que se ha conservado determina la visión del periodo que se quiere estudiar.

Pero, problemas metodológicos aparte, ¿Cuál es la visión de Lynch sobre los Borbones? Pues no mucho mejor que la de Fontana/Villares, sino incluso peor.

Ya saben que en la habitual historia de España, los primeros Borbones se consideran un periodo de placidez delimitado por dos guerras, la de Sucesión y la de Independencia, e interrumpido por un erupto, el motín de Esquilache. Fuera de esos sobresaltos, el balance era el de un periodo de progreso y reformas, de paz y prosperidad, de orden y buen gobierno, en claro contraste con el desorden, la turbulencia y la confusión del siglo y medio posterior.

Lo que Lynch viene a decirnos es que ese buen gobierno, esas reformas, esa prosperidad, no tuvieron lugar, si que en realidad existieron, hasta muy entrado el siglo XVIII, concretamente hasta 1746, fecha de la muerte de Felipe V. Hasta entonces, y dejando a un lado la excepción de los decretos de Nueva Planta, el gobierno del primer Borbón poco se diferenció del de su antecesor Habsburgo. El propio rey era un débil mental, alternando entre la furia sexual y el meapilismo vergonzoso, cuya voluntad estaba dominada por su segunda esposa, Isabel de Farnesio. En sus manos, la política de los Borbones hispanos no fue más que la larga crónica de una obsesión por recuperar las posiciones italianas como herencia para sus hijos, en las que se derrocharon unos recursos que no sobraban, a cargo de aventureros e incompetentes, excepto en algunas ocasiones.

El balance no mejora en los dos reinados siguientes - aún no he llegado a Carlos IV en la lectura - que abarcan de 1746 a 1788. En este caso, la diferencia con su antecesor no radica que los dos reyes, Fernando VI y Carlos III, fueran convencidos ilustrados, aplicados administradores o infatigables trabajadores. No, el uno era propenso a la melancolía y al aislamiento, mientras que el otro sólo vivía para cazar, afición a la que dedicaba varias veces al día. No obstante, la virtud, la única virtud, de ambos era que para que les dejasen perder el tiempo en paz sabían elegir a personas capaces que trabajasen por ellos, aunque este buen ojo no evitaba que sus ministros estuviesen siempre a expensas del capricho real, las intrigas o los intereses creados, como bien aprendieron a su costa Esquilache y Ensenada.... o figuras secundarias como Olavide

Lo característico de esas reformas, de cualquier reforma de la que los Borbones pudieran arrogarse el derecho, es que se hicieron a pesar de ellos. Las estructuras, los intereses de los poderes de facto, Iglesia y Nobleza, sobre los que se apoyaba el sistema Borbónico eran demasiado rígidos, demasiado poderosos para que pudiesen ser reformadas desde dentro. El entero sistema político del siglo XVIII sólo podía ser maquillado, jamás desmontado y reconstruido, de manera que todas las reformas, todos los cambios emprendidos por los ilustrados se limitaron a arreglar los desperfectos más evidentes, a limpiar un poco la casa, procurando no molestar a nadie. Porque si eso ocurría, bien sus proyectos serían archivados fulminantemente, o bien ellos acabarían en el exilio o la prisión, fuera debido a su "culpa"  y sus crímenes, fuera como aviso y escarmiento a sus protectores intocables.

Pero no nos confundamos. Cuando hablamos de ilustrados y reformistas, no estamos hablando de un Voltaire o de un Rousseau, ni siquiera de un Montesquieu o un Diderot. Esas figuras serían impensables a mediados del siglo XVII y sólo aparecerá algo parecido de forma muy tardía, en tiempos de Carlos IV, tras el fracaso de la primera ola de ilustrados y el ascenso de una segunda muy influenciada por la vecina experiencia revolucionaria francesa. Hasta ese tiempo, lo único que existiría serán personalidades aisladas, o reunidas en círculos muy estrechos y aislados, que mostrarán interés por las nuevas ideas Europeas e intentarán aplicarlas en España sólo en la medida que ayuden al buen gobierno de su señor y patrón.. y aumenten su gloria y buen nombre.

Una tarea en la que fracasarán sin paliativos, estrellados contra los intereses creados de las clases privilegiadas, nobleza e iglesia, incapaces de comprender las necesidades de un noventa por ciento de la población, que vive en la miseria, la incultura y la opresión... y que de acuerdo con la ideología del antiguo régimen, no debía ni merecía salir de ese estado, ya que así lo había querido la naturaleza y el todopoderoso.

Una misión imposible, por tanto, la de reformar un sistema basado en la injusticia que se negaba a ser modificado, pero por ello no muy distinto a otros periodos de la historia de España, siempre caracterizados por esa disyuntiva consistente en que todo lo que se hace siempre es demasiado tímido para mejorar las cosas realmente, pero al mismo tiempo demasiado atrevido y ofensivo para los que tienen algo que perder.