sábado, 13 de junio de 2015

Mostrando el pasado (y VII): Problemas limitaciones y ausencias


Resulta curioso que en un museo que se llama arqueológico nacional, dos de las secciones más interesantes y mejor expuestas sean las dedicadas a dos culturas extrapeninsulates: la Egipcia y la Griega Clásica, aunque esta última con influencia directa en nuestra protohistoria.



El caso de que haya una sala dedicada Egipto es aún más chocante, ya que dada nuestra condición de potencia de tercera fila europea durante los siglos XIX y XX, no participamos en el reparto del mundo ni en el "prestamo" subsiguiente de sus tesoros culturales. Esta falta de colecciones egipcias se ha subsanado en parte con los trabajos arqueológicos de las últimas décadas realizados en colaboración con los gobiernos independientes de las antiguas colonias. Debido a la competencia de otros países, estas excavaciones se han realizado en zonas que se podrían llamar marginales, como Nubia, que en principio no debían haber dado para construir una colección en condiciones. Si éste no ha sido el caso, se debe tanto a la habilidad del MAN por hacer de la necesidad virtud, como a la colaboración inestimable de los antiguos egipcios.

Como ya deben saber, la cultura egipcia estaba obsesionada con la muerte. Todos sus afanes se encaminaban a asegurar la supervivencia ultraterrena del individuo, mejor dicho, del complejo sistema de almas y espíritus que habitaban en el cuerpo humano, lo que llevaba a construir complejos funerarios que aspirasen a durar eternamente, tanto como el propio cuerpo del difunto una vez apropiadamente momificado. No obstante, la fascinación contemporánea por Egipto no se basa exclusivamente en esas casas para la eternidad, ni en los cadáveres conservados tras varios milenios. Lo realmente atractivo de cualquier exposición del Egipto Faraónico es que que la existencia tras la tumba se concebía como continuación de la terrena, obligando a que el difunto fuera acompañado por todo tipo de objetos cotidianos reales - zapatillas, peines, artículos de maquillaje -  o de sus simulacros - animales, barcas, carros, sirvientes-.

Abrir una tumba egipcia, una bien conservada, es como abrir una capsula del tiempo, en cuyo interior se pudiese echar una mirada al vivir cotidiano de esas gentes. El tiempo, la inmensidad de los milenos, quedan así abolidos, y por un instante el espectador pudiera creer, creerse, que es posible comunicarse con esas otras gentes, entenderlos y comprenderlos, así de parecidos y familiares se nos antojan esos objetos que vemos allí expuestos. Es ahí donde radica la fuerza de esta exposión del MAN, tan parca en objetos y tan alejada de los centros neurálgicos del imperio Egipcio: en abrir esa ventana a un mundo desaparecido, culturalmente ajeno e incomprensible, pero al mismo tiempo cercano y emocionante.

No es que todo sean virtudes, sin embargo, la tendencia a conseguir la máxima accesibilidad y la mínima extensión de las explicaciones, para que a nadie se le haga pesado el museo, deja cojas otras secciones no menos interesantes y necesarias. Por ejemplo, está muy bien que se nos muestren las representaciones habituales de los dioses egiptos, como guía necesaria para entender las vitrinas dedicadas a la religión egipcia... pero ¿hubiera costado mucho decir cuál era la advocación de cada uno? ¿Qué diferencia había entre Baste y Sejmet, las dos diosas felinas, o entre Thot y Ptah? No obstante, esto no es más que una queja menor, aunque necesaria, en una exposición ejemplar y notable.

En el caso de las salas dedicadas a Grecia, lo que más puede llamar la atención al visitante es que apenas no hay estatuaria clásica - si quieren verla acerquense al Museo del Prado, se quedarán con la boca abierta - sino que la exposición se construye alrededor de la cerámica griega, de la que el MAN tiene una inmensa, rica y notable colección. En el antiguo montaje, el hilo conductor era histórico-artístico, describiendo la evolución de técnicas y estilos desde los orígenes al helenismo, es decir, cerámica geométrica, orientalizante, de figuras negras y de figuras rojas. En el nuevo montaje, el enfoque es social-antropológico, de forma que las pinturas en las cerámicas sirven para iluminar distintos aspectos de la cultura, la religión, la sociedad y la vida cotidiana de los antiguos griegos.

El resultado es magnífico, ya que no sólo se consigue adentrar al visitante en los misterios de una civilización que es al mismo tiempo conocida y desconocida - lo primero por ser la inspiración de la nuestra, lo segundo porque nuestra mirada es parcial, interesada e incompleta -, sino que, gracias a ello , se puede llegar a aprender los diferentes tipos de cerámicas griegas, al conocer la función a la que se destinaban, así como el significado de las escenas con que se ilustraban, lo que permite colocar esas vasijas en su lugar apropiado dentro de la vida griega. Un proceso de aprendizaje que depara más de una sorpresa, no sólo a quienes las descubrne por primera vez, sino también a los que nos creíamos expertos en ese tiempo y en ese ambiente cultural.

Pero de nuevo, como en el caso de Egipto, hay que subrayar algunos errores y más de un patinazo. Aquí, en estas salas, vuelve a surgir el problema que aqueja a todo el museo: a pesar de la ampliación del espacio, este parece haber sido mal aprovechado. En el caso de las salas griegas esto se traduce en que algunas de las cerámicas expuestas se han colocado en posiciones que impiden apreciar todos sus detalles. Un ejemplo es el caso de un Kylix que representa a Zeus luchando contra Typhon, colocado al fondo de una inmensa vitrina, tan lejos de los espectadores, que los que somos miopes, como yo, apenas podemos hacernos otra cosa que impresión general de lo allí representado.

Pero el peor caso es el de una crátera que era de mis favoritas en el montaje anterior y que allí gozaba de vitrina propia. La razón de esa distinción era que en el borde interno se representaban varias trirremes en alta mar, pudiéndose ver unos delfines saltando delante de la primera de ellas. En este nuevo montaje, la crátera sólo se puede contemplar por un lado y la colocación ha sido tan torpe que el detalle de los delfines queda oculto a los visitantes.... algo que prefiero se deba a descuido y no a premeditación

En fin, está visto que no se puede tener todo.... y ya que estamos ¿qué ha sido de las colecciones del antiguo Sahara Occidental?