lunes, 22 de junio de 2015

Mostrando el pasado (y VIII): Problemas, limitaciones y ausencias


Esculturas Ibéricas de Porcuna, obviamente no expuestas en el MAN

En las entradas anteriores quería haber hecho una valoración equilibrada y objetiva del nuevo montaje del MAN, pero al terminar me he dado cuenta que no he hecho otra cosa que subrayar sus defectos - que los tiene, es innegable - mientras que soslayaba sus muchas virtudes. Otro ejemplo más de mi tendencia a las jeremiadas, que me lleva a hacer de menos a aquello que más quiero. Lo bueno es que, afortunadamente, nadie me hace caso.

Pero ya en serio, el MAN es uno de los grandes museos de Madrid, con una colección repleta de obras únicas, mediante las que se puede trazar una historia completa de las Península Ibérica hasta 1800, recorrido histórico al que hay que añadir las interesantes salas dedicadas a las civilizaciones egipcia y griega. Por su puesto, independientemente del valor y la importancia de los objetos que albergue, todo museo corre el peligro de devenir almacén, desván o cuarto trastero, como ocurrió con el anterior montaje. Para evitar esto, el MAN ha tomado la difícil decisión de retirar gran parte de los objetos antes expuestos, para aligerar así la visita, mientras que ésta se complementa con explicaciones que intentan no apabullar con un excesivo despliegue de datos ni siendo demasiado técnicos o eruditos.

El museo intenta ser así pedagógico y accesible, aunque sin caer en la exageración de los museos de ciencias actuales, que parecen destinados únicamente a los escolares. No obstante, estos cambios no significarían nada si el MAN continuase anclado en el marco formal, la arqueología cultura, de su antigua exposición y no se hubiera realizado una revisión exhaustiva de lo que se muestra y como se muestra, para adaptarlo las nuevas ideas y corrientes. El enfoque se torna así claramente antropológico, intentando conectar lo expuesto con el uso y el significado que nuestros antepasados pudieran darle, para así abrir una ventana con nuestro pasado y al mismo tiempo hacia nuestro presente, hacia nosotros mismos, tan lejanos y tan próximos simultáneamente de esas culturas y de esos muertos olvidados.




Por supuesto, toda política expositiva tiene sus contrapartidas y su contradicciones, sus taras y sus peajes, como ya les he ido señalando. La principal es que todo este esfuerzo por clarear y simplificar, para limpiar y ordenar la colección se ha quedado corto. Espacio muy valioso se dedica a crear espacios de transición y ceremoniales que roban un sitio más que necesario, puesto que otras secciones más importantes siguen aquejadas por el apilamiento y el abigarramiento que caracterizaba al montaje anterior. De esa manera, explicaciones más que necesarias quedan reducidas a dibujos esquemáticos que requieren la ayuda de expertos para descifrarlas, como es el caso de los inicios de la agricultura, mientras que maquetas y gráficos centrales de yacimientos clave que abundaban en la exposición anterior no han sido substituidos por otros similares actualizados. Sin contar que periodos históricos que ocupaban salas enteras en el montaje anterior, como la cultura Talayótica, el románico, o los hallazgos del Sahara, bien han sido reducidos a vitrinas aisladas o han desaparecido por completo.

Lo anterior, como digo puede calificarse de secundario, casi de ejercicio de pijoterismo, que no debería afectar a la importancia que un museo insustituible e irrepetible como el MAN tiene en el panorama de este país. Sin embargo, este museo se enfrenta a dos peligros que pueden dar fin a su existencia, o al menos condenarlo a una existencia en la penumbra. Uno de estos peligros aquejaba al anterior montaje, mientras el otro es completamente nuevo, aunque tenga ya cuarenta años.

El viejo peligro es simplemente que este montaje entre en la misma espiral de desinterés y desidia que el anterior. Es decir, que tras una temporada de gran éxito, con visitas que se cuentan por cientos de miles de personas, acabe por ser un espacio conocido y recorrido sólo por unos pocos, para perder así una de sus fuentes de financiación y acabar teniendo que cerrar salas por falta de personal, mientras que no se pueden reponer los desperfectos que el tiempo va acumulando en la exposición. Y no se diga que exagero, porque en mis visitas ya he notado que empieza a estar más desahogado de visitantes, mientras que en algunas salas los textos empiezan a cuartearse y desprenderse.

El otro peligro es más insidioso y proviene de su carácter de museo  nacional, es decir concebido desde el centralismo como repositorio único del pasado peninsular en el que tenían que guardarse todos los hallazgos de la arqueología peninsular. Desde hace unas décadas, por el contrario, se ha pasado a la situación opuesta, con la colección prácticamente congelada, puesto que los nuevos hallazgos se destinan a los muchos museos autonómicos. Cosa que no es mala, al contrario bastante loable, sino fuera porque muchas de estas instituciones nuevas han caído en la manía de reclamar los objetos que alberga el MAN, en lo que unos no han tenido mucho éxito, caso de las damas de Elche o de Baza, pero otros se han salido con la suya, caso de los arcos de la Alfajeria que la Junta de Aragón se ha negado a devolver.

Por otra parte, el efecto de este cierre de la colección provoca que desde hace años lo único que se pueda hacer con el MAN es cambiar los objetos de sitios o reinterprarlos a la luz de nuevos hallazgos... impidiendo que se puedan hacer comparaciones con ellos ni mucho menos convertirlos en joyas de la colección. Por ello, no esperen referencias en el MAN a Cancho Ruano, uno de los grandes descubrimientos arqueológicos hispanos del último medio siglo, ni a Carranque, ni a las esculturas de Porcuna, hallazgos que han obligado a cambiar nuestra visión de Tartessos, el imperio tardorrromano o el periodo Ibérico.

En fin, desgraciadamente, la realidad es como es y más vale disfrutarla cuanto se pueda mientras se pueda. Y para ello, el MAN tiene un rato, si son aficionados a la historia y la arqueología.