jueves, 25 de junio de 2015

Ubicuidad, simultáneidad

And beneath: the clear bones, far down,
Thousand on Thousand.
"What gain with Odysseus,
"They that died in the whirlpool
"And after many vain labours,
"Living by stolen meat, chained to the rowingbench,
"That he should have a great fame
"And lie by night with the goddess?
"Their names are not written in Bronze
"Nor their rowing sticks set with Elpenor's
"Nor have they mound by sea-bord.
"That saw never the olives under Spartha
"With the leaves green and then not green,
"The click of light on the branches;
"They saw not the bronze hall not the ingle
"Nor lay there with the queen's waiting maids,
"Not had they Circe to couch-mate, Circe Titania,
"Not had they meats of Kalüpso
"Or her silk skirts brushing their thighs.
"Give! What were they given?
"Ear-wax
"Poison and Ear-wax
"And a salt grave by the bull field,
"neson amumona, their heads like sea crows in the foam
"Black splotches, sea-weed under lightning
"Canned beef of Apollo, ten cans for a boat load"

Ezra Pound, The Cantos, Canto XX

Y abajo, los huesos límpios, muy abajo.
Miles sobre miles
"¿Qué ganaron con Odiseo
 "Los que murieron en el remolino
"Y tras muchos vanos trabajos
"viviendo de carne robada, encadenados al remo,
"para que él alcanzara gran fama
"y se acostase con la diosa?
"Su nombres no están grabados en bronce
"Ni sus remos junto al de Elpenor
"Ni tienen un túmulo al borde del mar
"No vieron los olivos de Esparta
"Con sus hojas verde y entonces no verdes
"El brillo de la luz en las ramas;
"No vieron el zagüan de bronce ni el hogar
"Ni yacieron allí con las damas de honor de la reina
"ni tuvieron a Circe como compañera de lecho, a Circe Titania
"Ni recibieron carne de Calipso
"Ni sus faldas de seda rozaron sus muslos.
"¡Eh! ¿Qué se les dió?
Cera para los oídos
Veneno y cera
Y una tumba salada junto al campo del toro
neson aumona, sus cabezas como cuervos marinos en la espuma
Manchas negras, algas bajo el relámpago
El buey enlatado de Apolo, diez latas por barco.

Me hallo embarcado en la lectura de Los Cantos de Ezra Pound, una tarea autoimpuesta que me empieza a parecer semejante a las labores y trabajos de los compañeros anónimos de Ulises, extraviados en su navegar sin fin, casi sin destino, para pronto descubrir que el retorno a la patria, mejor dicho, cualquier puerto amigo, les estaba vedado. Para explicarlo al que no sepa de que hablo: Estoy leyendo un larguísimo poema épico de casi 800 páginas, dividido en más de cien cantos, que constituye uno de los centros de la modernidad literaria, en cuyas páginas se cruzan e interfieren versos escritos en al menos diez idiomas distintos (inglés, francés, italiano, español, alemán, chino, griego, latín, provenzal, gaélico), con los que se "citan" y se hacen "referencia" a los hechos históricos y las obras literarias de otras culturas. Eso sí, sin orden, plan, guía, claves, propósito o finalidad aparente.

Como pueden apreciar, no había medido bien el peso de la carga que había decidido transportar y que acarreo con bastantes dificultades desde hace ya varias semanas. Pero antes de compartir mis impresiones sobre Pound y sus Cantos, como poeta y como poema, es necesario referirse a ese otro aspecto inseparable de su personalidad: Su compromiso político... aunque sea el "equivocado". Pound es una de tantas personalidades importantes de la cultura de primeros del siglo XX que eligió voluntariamente ponerse de lado del fascismo. Con tal fe y entrega, que pasó la guerra mundial en Italia, en el bando enemigo de su país, e incluso llenó algunos de sus cantos de esa época, los 72 y 73, escritos en italiano, con elogios al combate de las potencias del Eje contra los Aliados, además de insultos e invectivas contra estos.

Con frecuencia se ha querido disculpar a Pound por su pertenencia al bando equivocado, al igual que se ha hecho con Knut Hansom o con Celine. Falta de visión, confusión ideológica, rebelión justa pero mal encauzada, han sido argumentos que se han elegido para exculpar a estos escritores egregios del pecado de no haber sido de izquierdas, o como poco antifascistas. Sin embargo, al menos en el caso de Pound, estos sofismas a posteriori en seguida se revelan como lo que son: falsos y convenientes. El compromiso de Pound con el fascismo es más que sincero, tal y como lo revelan sus escritos de guerra, entre lo mejor del inmenso océano, desierto y selva, todo al mismo tiempo, que son sus cantos.

El fascismo de este escritor es por tanto una realidad innegable, que no podemos barrer debajo de la alfombra porque nos afea el salón. Hay que aceptarlo como lo es, sin intentar disimularlo.

Y dicho esto, pasemos a hablar de la poesía Los Cantos, que es lo que realmente (nos) interesa.

Lo primero que debo decirles es que no todo en ese inmenso mundo puesto por escrito que son Los Cantos es de la misma calidad. En mi opinión, lo mejor se encuentra en los 30 primeros cantos y, para mi sorpresa, en los veinte escritos tras la guerra, los números del 74 al 95, aunque este último florecimiento va perdiendo también su vitalidad y fulgor a medida que crece, se desarrolla y despliega. Ya hablaré, espero que en una segunda entrada, de por qué se produce esta decadencia en esa producción tardía, pero sí les indico que en la parte central, el bajón de calidad se debe a causas muy distintas.

En ese periodo central, Pound parece embarcarse en poner en verso una demostración económico-política: cómo las democracias modernas no son otra cosa que elaboradas fachadas sociales para el engaño económico masivo. Se puede decir lo que quiera de esta tesis, adoptada tanto por izquierda y derecha extrema,  por pensadores serios y por conspiranoicos, pero lo cierto que cuando Pound se centrar sólo quitá a su poesía su mayor atractivo: la variedad. O como decía antes, su condición de océano, desierto y selva, todo al mismo tiempo, todo en el mismo lugar.

Corrigiéndo de nuevo esta definición. La poesía de Pound, todo su largo recorrido por la historia y la cultura mundial, puede no ser otra cosa que una visión a hurtadillas de los procesos que ocurren en la mente de una persona culta hasta casi el extremo de la monstruosidad. Divagaciones interiores que se muestran en bruto, sin explicaciones ni mapas, porque nadie necesita que le expliquen sus propios pensamientos, pero que leidas por otro, no son otra cosa que un desorden incomprensible, caótico en su planteamiento, incomprensible en sus propósitos. Y sin embargo, es en ese ser críptico, meándrico, contradictorio e incluso ilegible donde radica precisamente su importancia y su atractivo, rayano en la fascinación.

Lo que consigue Pound es que nos demos cuenta de que hay una única cultura, una única historia, en muchos aspectos, facetas, manifestaciones y apariencias, pero en el fondo perfectamente homólogas y comparables, girando siempre alrededor de las mismas motivaciones e inquietudes. Esos espacios que creíamos separados por abismos insondables, por barreras infranqueables, devienen así un único espacio, por el que podemos transitar a nuestro antojo, sin preocuparnos por las separaciones temporales y espaciales... idea que, como sabrán, me es especialmente cara, afín a esa afición mía por leer y comprender los testimonios de otras culturas, de otras civilizaciones, de otros ámbitos temporales, sin importar su actualidad, relevancia y pertinencia en nuestro presente. mucho menos su fama.

Ejercicio de comparación, de translación en realidad, que podía quedar reducido a un mero ejercicio árido de erudición, o un competición vana por demostrar quién conoce y domina las refencias más arcanas... por no usar una ordinariez. Por el contrario, en sus mejores momentos, la poesía de Pound es fascinante y arrebatadora, atravesada de un auténtico furor divino, casi dionisiaco.

Simplemente porque Pound, en Los Cantos, elimina todas las transciones, todos las continuidades, todos los orígenes en su vagar por la historia y el arte. En un mismo verso, casi en cada palabra, se atreve a virar sin previo aviso entre Roma y China, Grecia y Francia, los Estados Unidos y la India, mientras que en ese mismo verso, en cada palabra, se dan cita los mitos grecorromana, la poesía de los trovadores, las meditaciones de Confucio, los altos rascacielos de la filosofía occidental.

La medida del torbellino, entonces. La atracción del laberinto. De todos esos lugares donde podemos entrar, pero nadie nos asegura el retorno, ni si querremos.