martes, 30 de junio de 2015

Hacia lo irremediable

¿Conoce el experimento de Collenger? Se le considera una tontería. Es cierto que no era un verdadero mirmecólogo, sólo un aficionado. Dividió un termitero de arriba abajo e insertó en medio una placa de acero, para que las hormigas no pudieran comunicarse de ninguna manera. El termitero era bastante nuevo, las hormigas no habían hecho más que empezar a construirlo. Después de seis semanas retiró la placa. Resultó que los nuevos túneles habían sido construidos de tal modo que sus bocas, a cada lado de la barrera, se correspondían exactamente; no se alejaban ni un milímetro, ni vertical ni horizontalmente. De la misma forma en que los hombres construyen un túnel, comenzando las obras simultáneamente en ambos lados de la montaña y encontrándose en el medio. ¿Cómo se comunicaban las termitas a través del acero? Y luego está el experimento de Gruss, que tampoco se ha verificado. Mantenía que si matabas a la termita reina, las obreras que estaban a varios cientos de metros del hormiguero se mostraban agitadas inmediatamente y regresaban al nido.

Stanislaw Lem, Fiasco

Ya les he contado mi (re)descubrimiento de Lem, gracias a esa obra única, digna de figurar entre lo mejor de la literatura universal, que es Vacío perfecto. Esa novela experimental pertenece a una serie que el propio Lem llamó Biblioteca del siglo XXI, a la que pertenecen Cantidad imaginaria, Golem XIV y Provocación, en las que el autor continúo perfeccionando su idea de una compilación de prólogos a obras literarias imaginarias. No obstante, aunque todas sean muy notables sólo Golem XIV  llega a acercarse al remolino intelectual que era Vacío perfecto, quizás porque todas ellas, al ser continuaciones del modelo de esa primera novela, han perdido su aura de novedad y saben a cosa ya conocida, previsible.

La única, como digo, que llega a rozar las alturas de Vacío perfecto es Golem XIV, pero lo consigue de forma un tanto lateral. Esta obra sólo contiene un prólogo de extensión desmesurada, cuyo desarrollo lo acerca a una novela más tradicional - aunque su contenido siga siendo dinamita -, en este caso del género con que se suela asociar a Lem, la ciencia-ficcion.

Y antes de continuar, un inciso, más bien una advertencia. Parafraseando a un pensador español que hablaba de Ramón y Cajal: Lem no es una gloria de la ciencia ficción, sino más bien una vergüenza, ya que a su luz cegadora, la mayoría de los autores y obras de ese género se demuestran como lo que son, absolutas naderías. O dicho de otro modo, excusas para pasar el tiempo con relatos anticuados de aventuras que pretenden pasar por modernidad, incluso por profundas meditaciones filosóficas, lo que es aún mucho peor.

Dicho esto, vayamos con Fiasco, la última novela que he leído de Lem, buscando ya conocer al autor que se hizo un nombre en el género de la Ciencia-Ficción, antes de sorprender a todos como escritor experimental y posmoderno.


Se puede decir que Fiasco es un relato más clásico, con una estructura líneal y un desarrollo que siguen unas pautas lógicas a partir de una premisa inicial. Incluso, comparte con el resto del género los defectos propios de la ciencia ficción, el uso de jerga pseudocientífica para esconder la fragilidad e imposibilidad de esos mundos futuros o la unidimensionalidad de los personajes, creados para servir los propósitos de la historia, pero sin existencia alguna fuera de ella.


Son dos defectos muy serios, tanto, que si el autor da un traspiés en el desarrollo de la premisa de la novela, o ésta es débil ya en origen,  pueden acabar definitivamente con la obra. No es de extrañar, por tanto, que muchos autores de este género abandonen toda pretensión científica y se arrojen con los brazos abiertos en la ficción, para entrenerse con viajes inverosímiles, batallas mastodónticas y absurdos gigantescos resueltos de manera arbitraria, sean estos excesos perseguidos o no. Afortunadamente, la obra de Lem no sigue ese camino fácil, él prefiere la dificultad del rigor, desarrollando las posibilidades de sus premisas hasta sus extremos lógicos, sin temer a las consecuencias que se deriven ni intentar disfrazarlas.

Tal es el caso de Fiasco. Por resumirles la premisa, la novela trata de un intento por parte de los humanos para establecer contacto con otra civilización inteligente, tentativa que se saldará, como bien indica el título, con el más rotundo y profundo fracaso. Es cierto que este tema es recurrente en la ciencia ficción, recibiendo tratamientos más o menos científicos, más o menos fantasiosos, tanto pesimistas como optimistas, pero siempre confluyendo en trasuntos más o menos disfrazados de la realidad política del momento. Parábolas, al fin y al cabo, que intentaban dar una lección a sus contemporáneos, para extinguirse ineludiblemente con la misma actualidad que les dio origen.

Para Lem, por el contrario, el problema es del del contacto, aunque su visión, es cierto, sea muy propia de la guerra fría. Ese problema lo divide el autor polaco en dos partes, primero, si es posible de alguna forma, segundo, si es realmente alcanzable la comunicación entre especies de diferentes desarrollos culturales.  Es ya en la respuesta al primer interrogante es donde Lem demuestra su valía como escritor y como pensador, al introducirnos de manera elegante a la paradoja subyacente a ese problema del contacto y a su posible solución.

Esa paradoja se resume en el silencio del universo. En otras palabras, si la vida es ubicua y la inteligencia no mucho menos, ¿dónde están los visitantes? La solución que propone Lem es completamente opuesta al antropomorfismo que inspira otras versiones del contacto. Simplemente, la propia evolución del conocimiento provoca saltos cualitativos irreversibles, que sitúan a las civilizaciones en diferentes lados de un abismo infranqueable, tan amplio como el que nos separa a nosotros de las hormigas. Las culturas se tornan así invisibles las unas de las otras. Por seguir el símil, ni las hormigas saben de la existencia de los humanos, inconcebibles para sus esquemas mentales, ni los humanos se preocupan por comunicarse con ellas, mucho menos por hacerles partícipes de su saber y avances.

Hay sin embargo, una ventana de oportunidad, que dará origen e impulso a la novela. El de una civilización justo tras el salto cualitativo, pero aún con recuerdos del pasado, y otra a punto de darlo, es decir una cultura capaz ya de viajar por el espacio y aún con deseos de comunicación, frente a otra que se ha vuelto detectable, visible para ojos inquietos. La tierra dedicará así todos sus esfuerzos, una ingeniería de orden planetario, a conseguir ese contacto único y último, lo que llevará a encontrar la respuesta al segundo problema, que es, como no puede ser otra manera, clara y desesperadamente negativa y pesimista.

Porque aunque se intente el contacto, el abismo mental es demasiado grande, como ocurre entre los humanos y las hormigas. Lo queramos o no, llevamos con nosotro, todo un mecanismo mental, creado por la evolución, que nos hace interpretar el mundo y el universo de una manera muy precisa, como si cualquier rasgo de inteligencia respondiera a mentes también humanas. Ése y no otro es el error de partida que hará fracasar todo contacto, al hacernos tomar posturas y decisiones contrarias a las de los contactados. Un defecto de  nuestra visión del cual no nos puede librar nuestra técnica, nuestros ordenadores, por muy avanzados y poderosos que sean.

No es de extrañar por tanto, que el contacto termine de mala manera, con las hormigas atacando al intruso que ha turbado su hormiguero, y los humanos exterminándolas sin piedad, sólo por defenderse. Mejor dicho, pretendiendo defenderse, porque en realidad, no somos más que monos con naves espaciales, y como tales actuamos, presos de nuestros instintos más primarios