martes, 20 de agosto de 2013

Summit


















































Mi intención era comentar alguna de las series de anime de esta temporada de verano, que está siendo más que interesante - aunque alguna haya mostrado ya sus defectos. Sin embargo, se me ha cruzado la revisión semanal que suelo hacer de series que ya vi en su momento, para comprobar si su impacto aún se mantiene o todo fue un bluff.

En el caso de Ef: A Tale of Melodies- la continuación de Ef: A Tale of Memories - me he llevado una sorpresa más que agradable, en parte porque de mi memoria se había borrado ya mucho de lo que en su momento me llamara la atención, de forma que ha sido como si volviera a verlas de nuevo. Ambas fueron creadas por el estudio Shaft, uno de mis favoritos como sabrán los que lean este blog. Ya les dije que ambas series sirvieron para consolidar la fama de este estudio como diferente, atrevido e incluso casi experimental, algo que su trayectoria posterior no hizo otra cosa que confirmar. También les dije que sería unos años más tarde, cuando Shaft y su director, Shinbou Akiyuki, crearan dos obras maestras del anime, Madoka Magica y Bakemonogataria, las cuales disiparon todas las dudas que existían sobre el estilo del estudio y le permitieron salir del limbo del bajo presupuesto - lo cual puede haber sido un arma de dos filos.

Pues bien, ambas Ef, más Melodies que Memories, si pertenecieran a la producción de otro estilo habrían sido consideradas como otras tantas obras maestras, si no fuera porque sus dos hermanas mayores ya citadas han eclipsado su nombre y su fama. De forma excepcional, no fueron dirigidas por Shinbou - aunque estuvo involucrado en la producción - sino por Onuma Shin, personalidad un tanto obscura en su trayectoria, pero cuya herencia/paso por Shaft es notable en sus obras posteriores, como la muy extraña - y fallida - C3.

De forma también excepcional, Ef, más Melodies que Memories, puede ser las obras más radicales y experimentales de Shaft, en el sentido de que ambas caracteristicas se mantienen durante toda la serie y no se limitan a las intros o a episodios concretos, como sería el caso de las muchas iteraciones de Zetsobou Sensei o las ya citadas Madoka y Bakemonogatari. No sólo eso. Mientras que en esas obras tardías la experimentación se ve atenuada - o compensada - por una animación mucho más fluida que la habitual en los primeros tiempos de Shaft - símbolo de esa bonanza presupuestaria a la que hacía referencia - en ambas Ef la pobreza en muchas ocasiones de la animación sirve de excusa a dar rienda suelta a la experimentación, con resultados aún ahora mismo sorprendentes, en el sentido de que no se acaba de comprender como pudieron hallar expresión en series comerciales, más aún, en series en principio destinadas a ser cebo de otakus...  bueno sí, porque era Shaft y Shaft, por definición, era el estudio raro, el que podía permitirse cualquier atrevimiento sin  - casi - sufrir las consecuencias.

Muchas de estas estrategias experimentales ya habían sido anunciadas en otra excepción animada como fue Kozetto no Shouzou (el retrato de la pequeña Cosette) de 2004, la primera obra maestra de Shinbou hasta ayer mismo, o incluso en una serie tan gozosa como Pani, Poni, Dash del 2005. Básicamente, se resumen en la utilización de encuadres completamente excéntricos, que dejaban fuera de plano lo supuestamente importante, la ruptura de la perspectiva hasta aplanarla, el uso de la imagen en la imagen, complementada con la inclusión de símbolos gráficos, el virado de los colores hacia tonalidades antinaturales, llegando al posterizado o al negativo, la reducción de los personajes al perfile sobre el que se transparentaban otras imágenes, casi como en una vidriera, o el simple hecho de hacer visible el proceso de dibujo, animando lo que serían los bocetos y borradores de un supuesto estado final, o incluyendo acabados más propios de la pintura o el dibujo.

Pero sobre todo, mediante la creación de larguísimas secuencias repletas de símbolos, casi abstractas, pero que servían para acentuar el impacto pretendido dentro del desarrollo dramático. Mejor dicho, que conseguían eliminar a esa narración de sus elementos más sentimentales y sensibleros - los más apreciados por el público otaku, desconocedor voluntario de como funciona la realidad - para dotarlos de un filo y una dureza que son los propios del auténtico arte, aquel que se propone mostrar paisajes nunca antes vistos,  hacer visible lo invisibles, ser a su propia manera, sin importar el reconocimiento o las recompensas.

Como la secuencia que abre esta entrada, una de las mejores y más eficaces rodadas nunca por el estudio Shaft, mejor dicho, por ningún estudio de anime, y que merecería por sí sola figurar en todas las antologías de la forma animada.