miércoles, 21 de agosto de 2013

Oral History (y II)







































Cuándo se estudia el exterminio de los judíos se descubre que apenas tenemos testimonios gráficos de esos hechos. Hay, es cierto, un documental propagandistico nazi, nunca estrenado, sobre el Ghetto de Varsovia  que buscaba mostrar como los judíos no eran otra cosa que una plaga similar a las cucarachas o a las ratas, pero que en realidad era - es - la mejor prueba de las condiciones de exterminio en las que los nazis obligaron a vivir a la población judía durante los años previos a la solución final. Aparte de eso, existen fotos aisladas de algunas acciones de los Einsatzkommandos, en parte conservadas como registro oficial de la buena marcha de las acciones de limpieza, en parte recuerdos voyeurísticos de los soldados enviados a sus familiares, y - pieza única -  una breve secuencia filmada en la que se ve el fusilamiento de un grupo de judíos dentro de la fosa en la que serán enterrados. En lo que respecta a los campos quedan algunas fotos oficiales de la llegada y procesamiento de los cargamentos de judíos, extremadamente asépticas pero no menos aterradoras y un par de fotos borrosas que el movimiento de resistencia de Auschwitz sacó en el interior del campo, de un grupo de prisioneros desnudándose antes de entrar en las cámaras de gas y una quema de cadáveres al aire libre.

Nada más, esa es nuestra escasa documentación fílmica/fotográfica de uno de los hechos definitorios del siglo XX. No es de extrañar que Lantzmann prescindiera completamente de esas pruebas visuales, en parte por su propia escasez, en parte por un rigor autoimpuesto, un ansía de autenticidad y fidelidad que sería imposible de encontrar hoy en día y que convierte a la famosa Schindler's List en el paradigma de la abyección en lo que se refiere a la investigación histórica y la narración de los hechos. Lo que Lanzmann intenta combatir es precisamente un error al que es muy proclive tanto el documental y como la ficción cinematográfica: el hecho de que al ver algo en la pantalla, creamos haberlo experimentado personalmente, en toda su extensión, robando a los hechos hechos históricos de su complejidad y, sobre todo, permitiendo que nos refugiemos en la autocomplacencia y la satisfacción, sin continuar buscando e investigando.

Por esa razón, Lanzmann recurre únicamente a la palabra filmada, señalando que en demasiadas ocasiones es el único nexo que nos queda con el pasado, y continuamente contrapone testimonios, bien del mismo hecho, bien de situaciones similares, de manera que percibamos las carencias, los olvidos, las equivocaciones y los silencios que inevitablemente se hayan unidos a los recuerdos de los protagonistas. Este rigor y autenticidad no significa que la película se quede en un mero desfile de bustos parlantes, Lanzmann bien los transporta a los lugares reales del horror de los que ellos fueron únicos supervivientes, solo que cuarenta años más tarde, o los rueda inmersos en actividades que rememoran aquellas que fueron obligados, pero que extrañamente aún siguen practicando en su vida diaria.

Parte de esas reconstrucciones pueden resultar discutibles e incluso manipuladores, pero contribuyen a crear un efecto hipnótico, como si de repente, en una especie de fantasmagoría fuéramos arrastrados a esos lugares, efecto al que ayuda el tono de desapego, neutralidad y profesionalidad de muchas de las víctimas, como si asumieran su papel de notarios, de memoria viva, sin la cual el recuerdo del dolor se perdería. No menos aterradores resultan los travellíng de las cámaras por los escenarios del horror, siguiendo en su trayectoria el relato de algún testigo y haciéndonos conscientes de la lejanía o la proximidad de los lugares citados, permitiendo ver el tiempo en el espacio, medir lo que duraban el tránsito de la vida hacia la muerte, constatar la eficacia de la máquina de exterminio nazi.

Un efecto secundario, pero no menos impresionante, de este rigor de Lanzmann es comprobar como a medida que la entrevista avanza las defensas, las máscaras de los entrevistados acaban por caer. Es como si se olvidaran de que esas imágenes van a ser vistar por otras personas - por una multitud inmensa de desconocida - y de repente dejaran de tener consciencia de su mentiras, permitiendo que la verdad se intuya. Esto es especialmente notable en el caso de los verdugos nazis - ya hablaremos de ellos en su momento - pero no es menos interesante y terrorifico en el caso de los testigos polacos, los habitantes de los pueblos en los que se construyeron los campos de exterminio.

Muchas veces se plantea la pregunta de porqué ocurrió el holocausto. Demasiadas se acaba atribuyendo a una particularidad única del movimiento nazi - o del pueblo alemán - permitiendo así que nuestro grupo social o nuestra idea política favorita quede libre de la mera sospecha de colaboracionismo o indulgencia. Sin embargo, se olvida que el antisemitismo había sido moneda corriente en toda Europa durante siglos, que desde tiempo inmemorial se había educado a la población cristiana en el odio hacia el pueblo que había matado al señor, el pueblo que seguía ofendiéndole, rechazando su palabra y cometiendo incluso crímenes rituales contra los cristianos. Desde ese punto de vista, los judíos estaban condenados y sólo era cuestión de tiempo que el castigo de dios les alcanzase, de lo cual persecuciones, discriminaciones y pogroms no eran más que avisos y advertencias.

Es en este sentido que el documental de Lanzmann sirve de adecuado recordatorio. Uno de los entrevistados es uno de los dos únicos supervivientes del campo de exterminio de Chelmno (+400.000 muertos) que Lanzmann lleva a recorrrer en la actualidad los paisajes del horror y en los que, en cierta manera, murió el también. En cierto momento, el recogido en la secuencia que abre la entrada, se entabla un diálogo entre los polacos y el superviviente, instante emotivo en el que los aldeanos lamentan el destino de los judíos e intentan consolar a este hombre, excepto que en un momento aterrador, todas las máscaras caen un hombre con gafas - que suponemos de autoridad en el pueblo - se adelanta y proclama ante todos un alegato de propaganda antisemita, resumido en que el holocausto fue el justo castigo de Dios al pueblo deícida.

Es entonces cuando el resto de aldeanos parecen olvidarse de la presencia del superviviente y se entregan a una especie de linchamiento verbal, en el que los judíos aparecen como el monstruo, el cúmulo de todos los males, y su tragedía una condena necesaria y beneficiosa...mientras el antiguo prisionero mantiene un silencio avergonzado, incapaz de concebir que tras tantos años esos sentimiendos de odio y desprecio sigan completamente vivos, como si nada hubiera ocurrido. Peor aún, como si hubiera ocurrido lo mejor para Polonica, para Alemania, para Europa.

Por ello, cuando les pregunten que porqué ocurrió con lo que ocurrió recuerden a ese hombre de las gafas y piensen en todos los que aprobaban con la cabeza cuando los nazis "limpiaban" su ciudad de la infección judía.