sábado, 17 de agosto de 2013

Stand-by

















A medida que progreso en mi revisión de la filmografía de Ozu - saltando de la década de los cincuenta a la de los 30 y viceversa - me parece cada vez más evidente que el periodo de la guerra del Pacifico, de 1937 a 1945, y la progresiva transformación del Japón en una dictadura militar totalitaria, supuso una cisura en la evolución de su cine. Demasiadas carreras fueron detenidas en su crecimiento, sin poder reanudar su trayectoria normal hasta terminada la guerra - Ozu y Mizgochi son los ejemplos más claros - mientras que otras fueron sencillamente truncadas - el caso de Yamanaka.

En lo que respecta a Ozu, la comparación de los dos periodos de su cine, pre-1937 y post 1945, juventud y madurez, hace insostenible muchas de las opiniones críticas que se consideran casi como dogma. La principal es que Ozu realizó en sus películas una especie de elegía de la sociedad tradicional japonesa, amenzada por la modernización y la occidentalización, aceptando sólo a regañadientes el adoptar un visión más comprensiva hacia lo que sentían las nuevas generaciones. En mi opinión ese regañadientes tiene un origen distinto y mucho más simple: En 1950 Ozu era ya un hombre maduro, al que los problemas de los jóvenes le quedaban lejos, siendo difícil el abordarlos con sinceridad. La prueba está en que en los filmes de los años 30, cuando Ozu era joven, y antes de que la censura militar impusiese otros temas, la presencia de la juventud es continua en sus películas y se nota que claramente Ozu está de su lado, tanto en su gusto por las modas nuevas venidas de occidente, como en sus intentos de cambiar un orden social que en muchos aspectos está anquilosado.

Hace unos días pude ver, Umarete wa mita keredo (He nacido, pero...), de 1932, la versión original de esa obra maestra que es Ohayoo, y ella misma otra obra maestra del Ozu temprano, así como confirmación completa de la tesis que apuntaba en el  párrafo anterior. En la última escena de la película se produce una auténtica rebelión de los hijos contra el padre, durante la que se atreven a decir las verdades que nadie tenía el coraje de expresar, simplemente por imposibilidad de modificarles. Los niños se rebelan contra las humillaciones a las que el padre se somete voluntariamente para mantener su trabajo, incomprensibles para ellos y frente a las que no admiten el consabido: "Así es la vida". Al padre no le queda otro recurso que utilizar la violencia para reafirmar su autoridad, como buen patriarca japonés, sin que eso sirve para restaurar el respeto perdido, puesto que tanto los niños como nosotros sabemos de la mentira y la cobardía que se esconden tras su palabras.

Al final, la harmonía en la familia no se restaurará por medio de la autoridad, sino por el amor. En el momento en que los nños comprendan la gravedad de los sacrificios que su padre está cometiendo, y no sólo le perdonen, sino que incluso le permitan continuar , sabedores del sacrificio que está haciendo, y por tanto aliados y apoyo suyo en el camino de espinas que tiene que recorrer diariamente. Lo que se ha producido es una auténtica inversión de los roles familiares, en la que la razón - casi diríamos la madurez - está del lado de los más pequeños, así como la capacidad de proteger y apoyar a los suyos.

Lo anterior no significa que nos encontremos ante un drama o una tragedia. Ya he señalado en varias ocasiones como Ozu es ante todo, un comediógrafo, en el que se pueden encontrar las influencias más variopintas e inesperadas - de Lubitsch a Tati -. En Umarete wa mita keredo, como en todas sus obras de juventud, la comedia está en primer plano y Ozu se complace en reprensentar el ridículo de la vida moderna en toda su extensión, realizando un retrato hilarante de una oficina siniestra - repleta de intrigas, humillaciones y adulación - para el cual no duda en recurrir a técnicas que serían anatema posteriormente en sus obras, como los dos travellings aquí ilustrado: uno monstrando el aburrimiento que reína en la oficina, el otro ligando el mundo reglamentado y rutinario - asfixiante y claustrofóbico-  de los mayores con el de los escolares.








Y es precisamente en la ilustración del mundo del colegio y de la niñez donde radica la mayor fuerza de la película. Ozu tiene el honor de ser uno de los pocos directores capaces de recrear la infancia sin que suene a cursi - esa inocencia de un paraíso perdido, que sólo es reflejo de la nostalgia - o parezca una colección de estereotipos, ya antiguos o modernos - como todas y cada una de las series juveniles que proyecta, por ejemplo, el canal Disney. El suyo es un mundo donde hay un estricto orden social, una jerarquía establecida mediante los métodos más directos, la violencia y el acoso. Situación de dominio y de obediencia que lleva a las más inesperadas - e hilarantes - situaciones, como las pellas que diariamente cometen los dos hermanos protagonistas para no tener que enfrentarse con el abusón del colegio y sus vasallos.

Una situación que acaba desbloqueada no por la intervención de los mayores, que normalmente sólo sirve para complicar más las cosas, sino por la propia imaginación de los niños, que acaban provocando una revolución en su microcosmos social - esa revolución que es imposible en el mundo del padre - mediante el recurso a un abusón más fuerte que el que les hace la vida imposible. Intervención que es conseguida gracias a una cadena de favores y alianzas que inclina la balanza a su favor, prefigurando así los medios para conseguir avanzar y ascender en la vida adulta.