viernes, 9 de agosto de 2013

No Clear Borders

























Durante los últimos días he estado revisando la edición de filmes de Segundo de Chomón compilada hace ya unos años por la Filmoteca de Catalunya. Antes de nada, señalar que sólo le veo un defecto: Que no se hayan incluido más películas hasta convertirlo en una edición de 2DVD. Sé que los editores han querido incluir el número justo de obras que permitan hacerse una idea de la figura de De Chomón, sin acabar agobiando al público - como ocurre por ejemplo con la Integral Méliès publicada en Francia - pero resulta especialmente frustrante que en el folleto que acompaña al DVD se nombre bastantes filmes que no están recogidos en esta edición, especialmente cuando alguno de ellos son señalados como obras importantes en la trayectoria de este artista, mientras que otros - al menos desde mi punto de vista, el de aficionado a la animación - merecerían haber sido rescatados del olvido, por la importancia que se intuye tuvieron en el desarrollo de esa forma.

En cualquier caso, Segundo de Chomon es una excepción en la historia de las primeras décadas del cine por más de un aspecto. Como se nos señala en esta edición de los filmes, a medida que el cine primero pasó a consituirse en una forma eminentemente narrativa, lejos de la atracción de vodevil/variedades, el registro de la anécdota social o el viaje imposible de emprender, las figuras fundacionales fueron cayendo en el olvido.

Así ocurrió con los Lumière, los primeros en abandonar la práctica la forma que habían contribuido a crear y completamente olvidados hasta ser redescubiertos por razones equivocadas por los jovenes airados de los 60. Así ocurrió con Méliès, atrapado en el truco mágico que había descubierto, la parada del rodaje y la substitución de un objeto por otro en el intervalo, pero incapaz de salir de ese atolladero a medida que el cine sufrió una de sus muchas revoluciones en el curso de la primera década del siglo XX. Así ocurrió también con Émile Cohl, descubridor y desarrollador por sí solo de muchas de las técnicas futuras de la animación, pero a quien perdido su propia prodigalidad - efecto de los métodos de producción de la época, casi a corto diario - y su apego a métodos artesanos que convertían cada uno de sus cortos en un trabajo casi infernal, imposible de mantener en el cine comercial e imposible de replicar en solitario. Dilema que terminaría también con la obra del otro gran pionero, Winsor MacKay.

Segundo de Chomon, por el contrario siguió en activo hasta bien entrada la década de los 20, colaborando en películas como el Napoleón de Abel Gance. La razón de esa supervivencia se debe a dos factores muy específicos. No es que Chomon filmara sus cortos de manera muy distinta a sus contemporáneos. Como todos, creaba a una velocidad pasmosa, con la contrapartida de esa tosquedad y apresuramiento ya comentada. Sin embargo, Chomón no llegó a especializarse en un tipo de cine concreto, sino que los cultivo todos, del documental al estilo Lumière al filme fantástico al estilo fantástico/fantasmagórico tipo Méliès, llegando incluso a rodar algunos filmes narrativos hacia 1910, momento marca esa primera revolución del cine a la que me refería antes.

No obstante, esto no sería bastante para considerar a Chomon otra cosa que un imitador, más o menos afortunado, de los nombres mayores del momento. Lo que distingue al español - y lo hermana curiosamente con Cohl - es su constante búsqueda por nuevas soluciones fílmicas, nuevos trucos y técnicas que permitan sorprender a un espectador que, como ahora mismo, enseguida se hastiaba de lo asombroso. Es esta faceta suya la que le permitió dedicarse luego, en las decadas de los años 10 y 20, a los efectos especiales, evitando el destino que sufrieron tantos otros pioneros. Es aquí donde radica su mayor contribución al cine. en el ámbito de los efectos especiales y su animación, y lo más atractivo de su obra incluso hoy en día, a un siglo del rodaje de sus cortos en solitario.

Cortos como el arriba ilustrado La Maison Ensorcelée, de 1908, son una de las primeras muestras - coétaneas de los filmes de Emile Cohl - de lo que la animación, en este caso la stop-motion podría llegar a conseguir. No es ya que su perfección parezca imposible dados los medios de la época, sino especialmente que Chomon parece darse cuenta, aunque sea inconscientemente, de una de las verdades de ese modo del cine, llamado animación: Que el placer que provoca se produce simplemente por la visión del movimiento reconstruido, puesto que la descomposición en posiciones que la animación hace de los procesos que observamos sirve para que redescubramos aquello que por normal, escapa a nuestra atención.

Un milagro artístico que no está al alcance del cine normal, y que sólo la animación puede conseguir evocar. Porque sólo ella puede conseguir que un cuchillo cortando mortadela nos parezca de la misma categoría que las más excelsas obras de arte.