sábado, 3 de agosto de 2013

A Proust Odissey: Du côte de chez Swann (y IV)

Même quand il ne pensait pas à la petite phrase, elle existait latente dans son esprit au même titre que certaines autres notions sans équivalent, comme les notions de la lumière, du son, du relief, de la volupté physique, qui sont les riches possessions dont se diversifie et se pare notre domaine intérieur. Peut-être les perdrons-nous, peut-être s'effaceront elles, si nous retournons au néant. Mais tant que nous vivons, nous ne pouvons pas plus faire que nous ne les ayons connues que nous le pouvons pour quelque objet réel, que nous ne pouvons par exemple douter de la lumière de la lampe que on allume devant les objets métamorphosées de notre chambre d'où s'est échappé jusqu'au souvenir de l'obscurité. Par là, la phrase de Vinteuil avait, comme tel thème de Tristan, par exemple, pris quelque chose d'humain qui était assez touchant. Son sort était lié a l'avenir, à la réalité  de notre âme dont elle était un des ornements les plus particuliers, les mieux différenciés. Peut-être est-ce le néant qui est vrai et tout notre rêve est-il inexistant, mais alors nous sentons qu'il faudra que ces phrases musicales, ces notions qui existent par rapport a lui, ne soient rien non plus. Nous périrons, mais nous avons pour otages ces captives divines qui suivront notre chance. Et la mort avec elles a quelque chose de moins amer, de moins inglorieux, peut-être de moins probable.

Marcel Proust, Du Côte de Chez Swann.

Incluso cuando no pensaba al pequeño tema, él existía latente en su mente de las misma forma que otras nociones sin equivalencia, como la noción de la luz, del sonido, del relieve, del placer físico, que son las ricas posesiones en las que se diversifica y se adorna nuestro dominio interior. Quizás las perdamos, quizás se borrarán, si volvemos a la nada. Pero en tanto que vivamos, no podemos simular que no las conocemos de las misma manera que no podemos desconocer cualquier objeto real, que no podemos dudar de la luz de la lámpara que nos ilumina los objetos transformados de nuestra habitación de la que ha huido hasta el recuerdo de la obscuridad. Por ello, el tema de Vinteuil tenía, como cierto tema de Tristan, por ejemplo, asumido cierto aspecto humano que era conmovedor. Su destino estaba ligado al futuro, a la realidad de nuestra alma del cual era uno de los adornos más particulares, de los mejor diferenciados. Quizás es la nada la que es cierta y todo nuestro inexistente, pero entretanto sentimos que es preciso que esos temas musicales, esas nociones cuya existencia depende de su relación con ellos, tampoco sean ya nada. Moriremos, pero tenemos como rehenes unos cautivos divinos que compartirán nuestra suerte. Y morir con ellos tiene algo de menos amargo, de menos infamante, quizás de menos probable.

Esa prefiguración, aunque no completamente consciente, de todo lo que À la recherche pretende contarnos, que es Un amour de Swann, se convierte en una refutación implacable de todo sentimiento amoroso, nada que vestimos de acuerdo a nuestros caprichos sin que tras ella existan correlato real alguno. Por supuesto, quien dice amor, se refiere a cualquiera de nuestras pasiones, nuestro deseo de figurar, de ascender, de recibir el reconocimiento y la adulación de nuestros semejantes, cimientos de nuestra estima que son tan frágiles como si fueran de arena, y a los que una variación en el gusto, en el humor de la sociedad o la opinión de las modas, puede derrumbar en un único instante.

No hay salida por tanto, parece querer decirnos Proust. Pero repentinamente, en el momento de mayor desesperación aparece la posibilidad de una salida, de la salvación, aunque Swann no llegue a entenderla por completo, sólo a presentirla, y por tanto, sea incapaz de encaminar sus pasos y sus acciones hacia ella.




Como lectores deberemos esperar al final de À la recherche - aún a siete novelas y varios miles de páginas de distancia - para encontranos la explicación, la argumentación completa de esa vida auténtica que Proust propone, pero al final de Un Amour de Swann, el el largo pasaje dedicado a la sonata para piano y violín de Vinteuil, lo tenemos ya por completo, aunque sea en forma de signo, de premonición cuya sombra se extenderá sobre todo el resto del ciclo novelístico.

No hay otra salvación que la del arte. Aceptar que los sentimientos que nos provoca, la locura que ciertos pasajes, ciertos temas musicales, ciertas imágenes, son tan válidos tan importantes - incluso más - que cualquiera de los pensamientos y acciones que la sociedad considera propios y loables. Más aún, son esos instantes de exaltación y las cadenas de pensamiento a ellos asociadas, los únicos que hacen esta vida digna de ser vivida, los único que permiten olvidarnos de la muerte, de la nada y el olvido que nos espera, los únicos que permiten que no nos volvamos locos en la espera, lo que hace que haya merecido la pena caminar sobre este mundo, para encontrarnos con esas músicas, con esos sonidos, con esas imágenes, cuyo percepción, cuya asimilación hasta que sean inseparables de nuestra esencia, de nuestra existencia, son las que nos hacen únicos, distintos, dignos de recuerdo y de memoria, porque gracias a ellas, gracias a nuestra reelaboración personal de esas maravillas a disposición de todos, es como realmente devenimos artistas, más reales y más auténticos que tantos otros que acumulan elogios.

No basta con esa iluminación, con esa revelación. Hay además que perder la vergüenza, no tener miedo de decirle al mundo que ese placer, que esa locura, que ese éxtasis, es más noble, más valioso que todos y cada uno de sus pasatiempos, en los que consentimos malgastar nuestro tiempo, sólo porque los demás así también lo hacen, hasta que ya no tiene remedio, hasta que la muerte nos atrapa a sus redes, con nuestra obra no ya a medio hacer, sino ni siquiera empezada.

Porque, a pesar del siglo largo que nos separa, nuestro mundo y el de Proust son demasiado parecidos. Ambos comparten un escepticismo absoluto ante todo lo que es entusiasmo, ante todo lo que es exaltación, a menos que de ello se pueda obtener un beneficio comercial. Peor aún en nuestro caso, porque ese desánimo, esa decepción han penetrado hasta el mismo centro de nuestras concepciones artísticas, corrompiéndolas, haciéndonos creer equivocadamente que todo es válido, que todas las soluciones deben considerarse en un mismo plano de igualdad, sin atreverse a juzgarlas, sin osar rechazar unas,apasionarnos por la otras

Hasta embotar nuestra sensibilidad y hacernos claudicar o, si ese no es el caso, forzarnos a encerrarnos en un silencio que no es otra cosa que un exilio interior y que nos aparta indefectiblemente de la compañía - y la estima - de nuestros semejantes.

Pero no puede ser de otra manera. No, si queremos gozar con plenitud y libertad de esos rehenes divinos de los que hablaba Proust, los únicos que nos abandonarán en el momento preciso de nuestra muerte.