viernes, 23 de agosto de 2013

A Proust Odissey: À l'ombre des jeunes filles en fleurs (y II)

Quel repos, d'ailleurs, de porter ses lèvres sur ce Beau que jusqu'ici il fallait avec tant de peine extraire de soi, et qui maintenant mystérieusement incarné s'offrait a lui pour une suite de communions efficaces! Elstir a cette époque n'était plus dans la première jeunesse où l'on n'attend que de la puissance de la pensée la réalisation de son idéal. Il approchait de l'âge où l'on compte sur les satisfactions du corps pour stimuler la force de l'esprit, où la fatigue de celui-ci en nous inclinant au matérialisme et la diminution de l'activité à la possibilité d'influences passivement reçues commencent à nous faire admettre qu'il y a peut-être bien certaines corps, certains métiers, certaines rythmes privilégiés, réalisant si naturellement notre idéal, que même sans génie, rien qu'en copiant le mouvement d'un épaule, la tension d'un cou, nous ferions un chef-d’œuvre, c'est l'âge où nous aimons a caresser la Beauté du regard hors de nous, près de nous, dans une tapisserie, dans un belle esquisse de Titien découverte dans un brocanteur, dans un maîtresse aussi belle que l'esquisse de Titien.

Marcel Proust, À l'ombre des jeunes filles en fleurs

Que descanso, por otra parte, posar los labios sobre esa belleza que hasta entonces era preciso extraer con tanto esfuerzo de uno mismo, y que ahora, misteriosamente encarnada, se le ofrecía para un suerte de eficaces comuniones. Elster, en ese época, ya no estaba en la primera juventud en la que se espera que la potencia del pensamiento lleve a la realización del ideal. Se aproximaba a esa edad en la que se cuenta con las satisfacciones corporales para estimular la fuerza del espíritu, cuya fatiga nos inclina al materialismo y la disminución de la actividad a la posibilidad de influencias recibidas pasivamente comienza a hacernos admitir que puede haber ciertos cuerpos, ciertos materiales, ciertos ritmos privilegiados, que realizan de forma tan natural nuestro ideal, que incluso sin genio, simplemente copiando el movimiento de un hombro, la tensión de un codo, crearíamos una obra maestra. Es la edad en la que amamos acariciar la belleza vista fuera de nosotros, cerca de nosotros, en una tapicería, en un bello esbozo de Ticiano descubierto en un tapicero, en una amante tan bella como ese esbozo de Ticiano. 

Comentaba, en la entrada anterior, como tras el  nombre optimista de la segunda novela del ciclo Proustiano, se esconde en realidad la crónica de una decepción, la manera en la que el joven protagonistas descubre que el arte, el amor, la vida en general, no responde a sus elevados ideales. ¿El resultado? Dejarse llevar, no esperar nada, no intentar nada, puesto que ningún beneficio habrá de obtenerse y la única recompensa será dolor y frustración.


Muy cierto, pero también completamente falso.



Durante los dos últimos tercios de la novela - y especialmente durante el último - se obra un cambio, lento pero radical, en el clima de la novela, casi como un amanecer que paulatinamente destierra la obscuridad hasta que la luz del sol se vuelve cegadora. Esa metamorfosis, o mejor dicho ese camino de salvación, se obra en un lugar inverosímil, inesperado para el protagonista. La estación balnearia de Balbec, un lugar de reunión - y de mezcla fuera de sus límites - de las diferentes clases sociales pudientes de la Francia de 1900. Parte de el efecto salutífero de ese lugar se debe a que sobre él no se había depositado ninguna de las muchas esperanzas e ilusiones que atestaban el espíritu del protagonista, sino que de él sólo se esperaba de antemano dolor e incomodidad, mientras que las pocos sueños con él relacionado, habían sido previamente destruidas por la visita a la iglesia gótica del otro Balbec, el Balbec pueblo, supuesto santuario de inexistentes purezas artísticas.

El proceso de curación al que hacía referencia se ejerce, en primer lugar, por el encuentro con la naturaleza, aunque ésta sea una naturaleza parcialmente domada y turística. No obstante, lo particular de esa belleza natural, la del mar, la de los acantilados, la de los paisajes rurales que rodean Balbec, estriba en que no se trata de una belleza romántica, dramática y arrebatadora, reducible a unos cuantos manierismos codificados y fácilmente reproducibles, sino de una belleza serena, de una belleza plena, de una belleza en fin cuya intensidad reside en estas características, capaces de colmar las ansias de eternidad y goce del joven protagonistas, pero sobre todo en ser inagotable, eterna y diariamente recreada, renacida, sin que lo visto ayer permita adivinar el aspecto que tendrá mañana, ni siquiera como se manifestará al momento siguiente, cuando al abandonar la habitación, bajar las escaleras del hotel, entrar en el restaurante o salir a pasear, nuevos aspectos de su todo inextinguible, inabarcable, se manifiesten.

Sólo con esa preparación, con ese lento proceso de cicatrización interna es posible que el protagonista alcance una segunda metamorfosis, la resurrección de su amor por el arte, por la práctica y el gozo del arte, mediante el encuentro con un pintor, Elstir, trasunto de Monet, pero al mismo compuesto y amalgama de los impresiontas.  Un artista que, al contrario que la decepción sufrida por Bergotte, esta vez sí que es único y definitivo, merecedor de ese nombre que tan alegremente y con tanto desprendimiento se suele otorgar.

¿Y en consiste ese arte? ¿Qué es lo que define al artista? Me hubiera gustado copiar entero el pasaje en el que Proust describe la larga visita del protagonista al taller de Elstir. Desgraciadamente - o afortunadamente - son varias decenas de páginas, escritas con una prosa arrebatadora. La idea principal es breve, pero no por ellos menos poderosa: el auténtico artista es aquel que sabe reconstruir la realidad, no porque la copie en sus más mínimos detalles, sino porque nos permite contemplarla de forma nueva e insospechada, incluso negando en su plasmación artística la materia de la que está compuesta, toda la armazón, el anclaje que suponíamos erróneamente su esencia. Porque el arte, ese esfuerzo de recreación del mundo real que es la auténtica recreación artística, en realidad no es otra cosa que un arduo ejercicio de recreación de metáforas en la que los contrarios - el cielo convertido en mar, el mar en tierra, la tierra liberada de su consistencia y sublimada en niebla - se unen de forma natural y lógica, aboliendo de un plumazo los abismos, todos los infranqueables que les mantenían separados hasta ese instante.

Ese ojo para descubrir los caminos ocultos, esa capacidad de reproducirlos no ya con fidelidad, sino abriendo nuevas posibilidades, es la marca del auténtico artista, de aquellos que son realmente valiosos. Incluso la capacidad de reproducir, de sugerir es prescindible. Basta el ojo atento y despierto, sin los impedimentos y las distorsiones que toda educación acarrea, como nos cuenta Proust que ocurría con el Elstir ya anciano, sin la fuerza y el ímpetu de su juventud, pero capaz aún de descubrir la belleza, ésa belleza que arrebata y aniquila, de manera que su mera constatación, el simple arrojarla sobre un lienzo, bastaba para conseguir una obra maestra.

Y ni siquiera eso, puesto que reducir la belleza a lo que esconde la piedra, lo que el lienzo en blanco promete, no son sino placeres imperfectos. Porque la belleza, la belleza viva, palpitante, que respira y piensa, anda entre nosotros, se nos manifiesta todos y cada uno de los días de nuestra vida.