sábado, 10 de agosto de 2013

Everywhere is the same




























Antes de la Internet, ya saben cuando aún vivían los dinosaurios, un cinéfilo español apenas había visto más allá de un par de Ozu. Uno de ellos era, por supuesto, Tokyo Monogatari (Historias de Tokyo), el otro, curiosamente, Ohayoo (Buenos Días) realizado por el director japonés en 1956.

La forma en que se presentaba esta película era con cierta vergüenza, tildándola de obra menor y casi pidiendo disculpas por el cariño que el aficionado medio tenía por esta cinta. Al contrario que el otro Ozu, el imprescindible para ser un auténtico cinéfilo, Ohayoo no se presentaba como un profundo análisis sobre la naturaleza humana, el paso del tiempo y la llegada inevitable de la vejez, el olvido y la muerte. Peor aún, el motor central de toda su trama era la hilarante huelga de silencio de los dos niños protagonistas por conseguir un televisor. Un artefacto que, como la crítica francesa más avanzada y los directores revolucionarios de la Nouvelle Vague no hacían más que advertirnos, era epítome, almacén y vehículo de todos los males, incluidos el SIDA, la bomba atómica y la decadencia cultural de occidente (bueno, esto sí, en parte, en gran medida).

El caso es que pasados los años, Ohayoo se muestra como una auténtica obra maestra, de las mejores que rodara Ozu. Segunda película en color de este director lo consolidad como uno de los grandes coloristas de la historia del cine, mejor dicho, como uno de esos escasos directores que no tiene ningún miedo a gozar, disfrutar y divertirse con el color, haciéndo partícipes a los espectadores de esa alegría desbordante que provoca en él el mero hecho de mirar.

Por otra parte, ya he comentado como uno de los rasgos fundamentales de Ozu, casi el pilar en que se fundamenta su cine, es su agudo y avezado ojo de comediógrafo. Una capacidad para observar las constumbres humanas, sean ridículas, sublimes o simplemente cercanas y queridas  aunque siempre con cierto punto de ironía, que en esta ocasión llega a una de sus cumbres. Con un reparto muy reducido mínimo, Ozu consigue caracterizar a cada uno de ellos en unos pocos planos y envolverlos en una red de relaciones mutuas de cuya extensión ellos mismos no son conscientes y que el arte de Ozu nos permite contemplar por entero, sólo con pequeñas anotaciones, tan sutiles que pueden escaparse a un espectador poco atento, y sin separarnos mucho de ellos, de forma que podemos sentirnos residentes de la barriada del extrarradio en la que tiene lugar la acción.

Un lugar y unas personas que abundan en situaciones levemente cómicas y sin embargo especialmente humanas. Desde las cuatro vecinas, cuyas intrigas y alianzas podrían, en otro ambiente, ser comparables a las luchas de las grandes empresas o los estados - mostrando de rebote lo absurdo de esos combates por la supremacia, la relación de amor/odio entre una de ellas y su vieja madre - mucho más inteligente y sabia que su artera hija -,  la apararición de dos vendedores conchabados, de forma que el miedo que mete el primero es utilizado por el segundo para vender sus productos - con la hilarante escena, arriba ilustrada de como la madre se desace de ellos -, a la coincidencia y amistad de estos últimos con los maridos de la barriada en un bar de una estación cercana - sin que ninguno sepa el otro lazo que los une -, la vejez inminente de estos esposos y el grado de ridículo que en ellos provoca, etc, etc.

Pero por encima de todo, como centro y como lazo de unión, el protagonismo de los niños y su lucha, al mismo tiempo heróica, ridícula y desternillante, para conseguir que les compren un televisor. Ozu es uno de los pocos directores que ha sabido rodar a la infancia, apartándose de esa consideración de muñecos para vestir y enseñar que tienen en muchas otras películas, para mostrarlos como seres humanos con voluntad propia, compartiendo con ellos unos conflictos que en ese tiempo de la vida parecen de una gravedad insuperable. Un cariño por la infancia que en ningún momento se plasma visualmente de modo forzado, pues tanto el estilo de Ozu conserva su sencillez y ligereza habitual, como los niños se comportan frente a la cámara sin ninguna prevención ni empacho, con una facilidad y naturalidad que ya la quisieran muchos actores.

Es aquí donde se derrumba otro de los mitos de Ozu: la supuesta inaccesibilidad y dificultad de cine del director japonés para un público aconstumbrado al cine comercial. Esta representación de historia de una calle con la que nos obsequía Ozu hubiera sido perfectamente reconocible y accesible para cualquier espectador de los años cincuenta, ya fuera oriental y occidental. Es más, cualquier español lector de los cómics de la editorial Bruguera habría reconocido en el rico reparto de personajes de Ohayoo al no menos rico muestrario de personajes de esa venerable editorial, reflejo ella misma de la vida cotidiana de todo un país y cuyos tipos siguen poblando aún nuestras calles, por muy sofisticados que nos creamos.