martes, 6 de agosto de 2013

Not What it seems


























Para cualquier adulto que se haya atrevido a leer las versiones originales de los cuentos de hadas - no las versiones edulcoradas que corren por ahí - lo primero que le llama la atención es la enorme carga de violencia y crueldad que los llena. En esas narraciones, supuestamente orientadas para niños, el mundo está plagado de peligros, de monstruos y enemigos que buscan acabar la vida del héroe, frente a los cuales la respuesta del protagonista, en su lucha por la supervivencia, se caracteriza por la misma inhumanidad - Pulgarcito engañando al ogro para que mate a sus propias hijas, Hansel y Grete cociendo a la bruja en el horno, la típica madrastra encerrada en un barril con clavos con la punta para dentro y arrojada por una pendiente-.

Si a esto se une que en esos mundos de fantasía, el hambre, la miseria y la injusticia social constituyen la suerte habitual de los héroes - de hecho suelen ser el acicate que motiva al protagonista a emprender sus andanzas -. No es de extrañar que los cuentos de hadas hayan sido poco a poco vaciados de todo elemento que pueda asustar a los niños - como ejemplo, el Leviatán mediático que es Disney - o que incluso hayan sido prohibidas en un sistema educativo, en una sociedad, que de repente ha descubierto sus fuertes componentes sexistas y sexuales, violentas e incluso racistas, de forma que no se consideran ya parte de la herencia cultural que queremos legar a nuestros hijos - cómo ha ocurrido con el cuento de Caperucita o Blancanieves.

Sin embargo esta obscuridad y horror que late en los cuentos de hadas no es casual. Tiene un motivo bien claro y definido, que no es, por supuesto, el aterrorizar a los niños para que se mantengan calladitos y obedezcan a los padres. Aunque lo queramos negar, el mundo en que vivimos es un mundo duro y cruel, en el que para vencer o simplemente para sobrevivir, hay que adentrarse en bosques obscuros y combatir poderosos enemigos. Ahí radica la enseñanza, la lección de los cuentos de hadas clásicos, que por muy aterradores que sean los monstruos que encontremos en el camino, por muy poderosos y crueles que sean, existe una posibilidad de vencerlos, que nuestra inteligencia y nuestro arrojo - características ambas de esos héroes débiles y humildes  que pueblan los cuentos de hadas - serán capaces de prevalecer. Que por tanto no debemos tener miedo, sino esperanza.

Por ello cuanto más terrible sea el cuento, cuanto más horrendos los sucesos que en el ocurren, más queridos son por esos niños que suponemos inocentes y amedrentados. Es en esta paradoja, donde radica la originalidad que ha hecho de Adventure Time una de las grandes series de animación de estos últimos años. Aparentemente es una serie para niños, Aparentemente transcurre en un mundo - encarnado en ese Candy Kingdom y su princesa Bubblegum - que constituye el epítome de ese entorno protector y aséptico donde queremos que crezcan nuestros niños.

Es sólo un espejismo, porque en el riquísimo mundo donde transcurren las andanzas de Finn y Jake, sus dos protagonistas, hay en acción fuerzas mucho más obscuras, separadas por una mínima distancia estética - la del estilo blando y colorido elegido de la serie - de convertir todo ese mundo de OOO en una auténtica película de terror. Áreas como el reíno de los muertos o la misma Nightsphere, trasunto del infierno, suponen retos casi insalvables para los dos protagonistas, cuya triunfo más se deberá a la casualidad - he aquí el elemento contemporáneo de esta reescritura de los cuentos de hadas clásicos - que a sus propias virtudes.

Reescritura  postomoderna, pero al mismo tiempo clásica. Postmodernam porque muchas de las entidades con las que se van a encontrar no están descritas en términos irreconciliables de blanco y negro - la misma princesa Bubblegum esconde un lado bastante obscuro - sino que si aparecen como malvadas, es porque su moral no responde a los criterios que llamaríamos normales, o simplemente porque su manera de actuar es caótica, colisionando con los límites que la bondad y la justicia les impondría. Tal es el caso, por ejemplo de la Vampira Marceline o de la princesa del Fire Kingdom, cuya excentricidad-  y el inmenso poder que pueden desatar - , con respecto a lo que sería la normalidad del Candy Kingdom, fuerza a nuestros héroes a contemporizar antes que buscar el enfrentamiento directo.

Lo cual, en estos tiempos locos de lucha a muerte contra fantasmas que nosotros mismos nos hemos creado, no deja de ser una lección valiosa.