martes, 13 de agosto de 2013

Oral History (y I)


















Gracias a la edición en BD de Criterion, me hallo revisando ese monumento cinematográfico que es la Shoah de Claude Lanzmann. Ya comente mis resquemores y peros hace varios años, cuando vi esta obra por primera vez. No voy a repetirlos, porque como ya dije en su tiempo, me parecen una traición a lo que pretende y, sobre todo, a lo que muestra esta película: el intento de reconstruir en boca de sus protagonistas, los asesinos, las víctimas y los espectadores, lo que supuso el intento nazi de aniquilar a todos los judios europeos. Para que se hagan una idea, cuando visité Auschwitz recientemente fui incapaz de sacar una sola foto, ya que me parecía una profanación de ese lugar y su significado.

En esta ocasión me gustaría centrarme en otro aspecto, no menos interesante. Se trata de como la película de Lanzmann puede utilizarse para dar una lección sobre los problemas y dificultades que conlleva todo intento de utilización, valoración e interpretación de las fuentes disponibles, aunque sean las de testigos presenciales. No es ya, como puede suponerse, que haya que estar atento a toda distorsión de los hechos históricos, ya sea por una intencionalidad progandística, exculpatoria o justificatoria, o simplemente por ignorancia, olvido o confusión.

Uno de los grandes aciertos de Lanzmann fue el tener accesso, para la elaboración de su documental, a una inmensa cantidad de testimonios de testigos presenciales de los hechos a los que la edad aún no había borrado los recuerdos de ese tiempo. Entre ellos se encuentran los de los polacos que habitaban las pueblos y aldeas aisladas (Auschwitz, Chelmno, Belzec, Treblinka) en cuyos términos se erigieron los campos de exterminios. De manera lateral, pero no menos importante, el relato de estos testigos se ve salpicado por multitud de detalles - gestos, expresiones, opiniones, prjuicios - que dejan escapar cogidos por el momento y que sirven para ilustrar, por ejemplo, como el antisemitismo milenario sigue aún más que vivo.

Ya hablaré en  su momento de esa pervivencia del odio - que lleva a uno de los instantes más abyectos de la película - pero lo que quería reflejar aquí es como el relato y el testimonio del exterminio de los judío parece haberse convertido  en una especie de mito fundacional de esas comunidades rurales, sobre el cual se van añadiendo detalles sobre detalles, eliminando los que no parecen suficientemente impactantes y mezclándolos con los prejuicios existentes, de forma que lo visto se convierte en prueba de lo prejuzgado, y en muchas ocasiones, la única realidad posible, la única que sucedió.
















Así, en una de las escenas - la ilustrada al principio de la entrada - los aldeanos de Treblinka parecen competir por el privilegio de haber sido el que tenía los campos más cerca del campo de exterminio, el único que realmente pudo ver lo que allí ocurría en todo su horror. Oyéndoles, casi puede uno imaginarlos, noche tras noche de invierno, disputando sobre lo que había ocurrido, intentando demostrar que ellos habían sido tan protagonistas como el que más, hasta que al final, lo que había sido sólo experiencia u obra de uno solo - o de unos pocos - era experiencia y acción colectiva y comunitaria.

Este cúmulo de supuestos añadidos, de exageraciones y adornos alrededor de unos hechos innegables, llega a su extremo en el momento terrible en que los aldeanos - y el que es el testigo principal Czeslav Borowi, casi su representante - narran como avisaban a los judíos del destino que les esperaba, mediante el gesto inconfundible de rebanar el pescuezo. Queda por supuesto, la duda de hasta que punto ese aviso era realmente una advertencia provocada por la compasión o un gesto de venganza, casi de victoria. La respuesta por supuesto dependerá de cada individuo en particular y, como se verá en el documental, nos encontraremos a polacos que parecen bastante satisfechos de que se deshicieran de los judíos, mientras que otros, como el ferroviario  polaco, Henrik Gawkowski, que los llevaba al campo, destruidos internamente por la magnitud del crimen en el que fueron obligados a participar.

Lo más llamativo es que junto a este gesto de advertencia, de repente aparece en el relato de los aldeanos unos misteriosos trenes de pasajeros, judíos consignados también al exterminio como los demás pero que reciben ese último trato de privilegio. En el mito que poco a poco se ha ido creando, esos trenes aparecen como extrañamente frecuentes, conduciendo a Treblinka judíos de toda Europa Occidental, de Holanda, de Francia, de Alemania, deportados que además parecen responder a los estereotipos del antisemitismo, gordos, ricos, bien vestidos, disfrutando aún de su riqueza y sus privilegios un instante antes de la muerte.

En el imaginario popular del holocausto, el transporte de los judíos a los campos de exterminio se relalizaba en infames trenes de mercancías, que en buena medida se convertían en otra manera de asesinar a sus pasajeros antes de llegar a las cámaras de gas. Por otra parte, quien sepa un poco más del holocausto recordará que los judíos de Europa Occidental y de los Balcanes eran enviados normalmente a Auschwitz, mientras que los judíos polacos, especialmente los de Varsovia, eran encaminados a Treblinka. Se sentiría uno tentado a rechazar la mayor parte de este relato como una leyenda, otro mito más en los que un suceso inocuo, una confusión sirvió de base para crear todo un edificio de ilusiones y mentiras.

Nos equivocaríamos, porque Lanzmann en su investigación consigue entrar en contacto con Richar Glazar, superviviente de Treblinka y viajero en uno de esos trenes de pasajeros de los que hablaban los aldeanos, corroborando muchos de sus detalles - entre ellos el famoso ademán del degüello -. La única diferencia era que esos convoyes fueron muy pocos - el ferroviario Gawkowski nunca vio uno - y estaban reservado para los últimos judíos alemanes, a los que la perversión nazi les permitía gozar de ese último privilegio, entre otras razones para no alertar a la propia población alemana con relatos de antiguos ciudadanos forzados a embarcar en vagones de mercancías.

Así, si la evacuación era ordenada y en trenes normales, resultaría más creíble que se trataba sólo de una acción de reestablecimiento de esas personas, no de exterminio.