jueves, 19 de agosto de 2010

Forks (y IV)



A principios de los años 30, los americanos James Stanley Watson y Melville Webber  rodaron dos de los cortos experimentales más fascinantes de la historia. Uno de ellos, The Fall of the House of Usher es la mejor adaptación del cuento de Poe que se haya rodado, junto con la que rodara años antes el francés Jan Epstein, el segundo, Lot In Sodom, objeto de esta entrada, es simplemente la mejor película sobre un tema bíblico que se haya rodado nunca. 

Punto.

Esa calidad es debida a un cúmulo de factores, bastantes de los cuales pueden apreciarse en las capturas, no siendo el menor de ellos, como se verá, el formato experimental dado a la narración. Sin embargo, antes de esto, conviene darse cuenta de gran parte de su fuerza se debe a que no se trata de una obra religiosa, o mejor dicho, que no tiene intenciones pastorales, sino que se limita a tomar un tema mítico, parte ya del acervo colectivo de occidente, y a desarrollarlo como se trataría una historia de la cual sólo conocemos versiones y no su versión original, de manera que ésta no es sino otra variación.

Lo primero que sorprende del corto es su inmensa sensualidad. Desde el primero momento queda claro cual era el pecado de los sodomitas, el cual es narrado sin ser explícito, pero con una sucesión de imágenes en las cuales el cuerpo masculino, su belleza y su potencia, son las protagonistas, con una intensidad tal que acaba por convertirse en abierta fascinación, introduciendo una ambigüedad imposible en una lectura fiel del relato bíblico según quisieran sus censores. Esta ardiente sexualidad  de la introducción no es contrapesada por el personaje de Lot, el cual en todo instante, por su atuendo, por su lenguaje corporal, se revela como un extraño en esa ciudad, alguien que no debería estar ahí y que quizás sea, por su presencia, la causa de la condena de la ciudad; sino que es equilibrada por una corporeidad aún mayor, correspondiente a la escena en que Lot ofrece a sus hijas para que los gocen los habitantes de Sodoma en vez del extranjero que ha acogido como huésped.

En esa escena, en una secuencia realmente prodigiosa, se nos describe la atracción invencible del cuerpo femenino, los placeres sin fin que promete, el fuego inextinguible que devorará a todo el que se le aproxime impunemente. Una escena que sirve también para recalcar otro de los temas centrales del corto, también impensable en una adaptación de aprobación ortodoxa: el profundo horror que se esconde en el relato bíblico, puesto que el único justo de Sodoma, según se le define en la biblia pretende evitar un crimen con otro mayor, al entregar a sus hijas a la multitud exaltada para que sean violadas en vez del extranjero, que culminará con la lluvia de fuego sobre la ciudad y la transformación en roca de la mujer de Lot, sin que en ningun instante se nos explique qué tenía de tan grande y santo ese hombre para ser salvado. 

No obstante a pesar de tantos detalles originales, el corto no hubiera pasado de ser una curiosidad, de no ser por la forma experimental elegida en su realización. Completamente mudo, aún cuando el sonoro llevaba ya bastantes años de uso, la cinta bebe de todo el saber del cine anterior que consiguió narrar las historias y los conceptos más complejos sin pronunciar una sola palabra. De ahí que cada imagen de esta película sea prácticamente un símbolo y una cifra, a lo que se añade que los directores han procurado utilizar cualquier recurso a su disposición para potenciar la historia, consiguiendo efectos nunca visto antes, como la manera en que subrayan el carácter sobrenatural del ángel, al superponer tres imágenes suyas en distintos fotogramas, de forma que parece moverse en un  espacio propio, fuera del de los mortales, como corresponde a un ser investido del poder de dios. O los increíbles collages que realizan con las imágenes, reuniendo acciones que tienen lugar en diferentes lugares, para hacerlas así visibles al mismo tiempo, además de componerlo como si estuviéramos viendo un cuadro, efecto que se refuerza con la inclusión de texto, que no sirve de explicación sino de refuerzo.

Y todo ello, con un puñado de actores y un espacio casi abstracto, de fondos negros como la pez y paredes encaladas, sobre los cuales se desarrolla este drama antiquísimo.

Les dejo, como siempre, con el corto, para que lo disfruten (y no hagan mucho caso a las intros raras con que se anuncian)