miércoles, 11 de agosto de 2010

Affichez vos poems, Affichez vos images (y IV)


Una mañana de 1936, las paredes de París aparecieron decoradas con un extraño anuncio. Bajo el título Affichez vos poems, Affichez vos images (Colgad vuestros poemas, Colgad vuestras imágenes) aparecían un par de poemas surrealistas de Camille Bryen y Henri Baranguer, flanqueando una fotografía de Raoul Ubac, muy parecida a la que he puesto al principio de la entrada, tal y como puede verse en la exposición de fotografía surrealista, La Subversion de las Imágenes,  que puede visitarse en la Fundación Mapfre madrileña. El objetivo de este llamamiento, que pocos debieron entender, era instigar a los ciudadanos de París para que abandonasen su inercia y se convirtieran en artistas, procediendo a "decorar" con completa y absoluta libertad, las calles de su propia ciudad, de manera que se asistieses a una explosión de creatividad espontanea, fuera de todas las normas y de todas las escuelas.

Ahora, setenta años más tarde, este intento por alzar una guerrilla artística puede parecernos ingenuo. Hace ya muchos años que todas las subversiones, todas las revueltas de la vanguardia, especialmente aquellas preferidas por los surrealistas fueron absorbidas por la publicidad, como medio perfecto para atraer la atención de las gentes. Por ello, miramos con desconfianza toda manifestación espontánea, sabedores de que detrás de ella habrá una mano que intenta manipularnos y casi preferimos que nos digan que vamos a ser engañados, para así mentirnos a nosotros mismos y alegar que hemos caído en la trampa que nos han tendido por propia voluntad.

Pero hay que retrotraerse a setenta años atrás, en aquellos tiempos en que la palabra arte tenía aún significado, aparte de utilizarse como un insulto, y las gentes eran capaces de indignarse e incluso de rebelarse contra lo que los artistas les proponían. Esos tiempos en que los artistas, ingenuos ellos, creían que sus obras serían capaces de transformar el mundo, de quebrar el orden antiguo y de abrir paso a uno nuevo, de que por tanto, merecía la pena esa tarea de crear y no había por tanto otra más noble o mejor.

Es necesario, por tanto, purificar nuestra mirada, recuperar la inocencia perdida, para darse cuenta de lo radical, de lo revolucionario, de la propuesta terrorista de estos artistas de antaño. Que se perdiera el miedo, que cualquiera se atrievera a crear, que todos pudieran exponer sus obras, fueran cuales fueran, en plena calle, a la vista de todos, fuera de los museos, las galerías o los cánones, sin depender del criterio de academias, críticos o mercaderes

Obrar la revolución y traer la democracia al arte, en resumen.