jueves, 5 de agosto de 2010

Forks (y II)


Como ya indiqué en la primera entrada de esta serie (debería ir cerrando alguna, por cierto) quería repasar algunos de esas obras que han recibido esa mala etiqueta de experimental, que no se aplica ni a la pintura, ni a la escultura, ni a la arquitectura, debido a esa perversión que nos hace confundir el estilo dominante hasta ayer mismo de la historia del cine, con su única solución.

Joris Ivens es un documentalista conocido su compromiso político, plasmado en sus viajhes a lo largo y ancho del mundo celebrando las conquistas que los regímenes comunistas parecían estar consiguiendo en los años centrales del siglo XX. No he tenido ocasión aún de repasar su obra, pero si su acabado estético es parecido a este Regen de 1929, una de sus primeras obras, corre el peligro de convertirse en uno de mis directores favoritos.

Es un corto de antes de su compromiso político, o al menos de antes de que éste se manifestara sin tapujos y lo que más me atrae de él, por conectar con mi propia sensibilidad, es el haber elegido un tema completamente banal, la lluvia, que para la mayoría de nosotros es simplemente una molestía y un incomodo. Sin embargo, a través de un chaparrón ficticio, composite de múltiples tomas y múltiples lluvias, Ivens comsigue que volvamos a reparar en todo aquello que ya no nos llama atención. Desde esos instantes en que la lluvia se presiente al momento inesperado en que cesa, el director holandés nos muestra su ciudad bañada por sus aguas, en un estudio minucioso, casi de naturalista, donde la cámara toma primeros planos de las primeras gotas que rompen la superficie plana de las aguas, de los regueros que cruzan la ventana de los trenes, de las hojas que se acumulan en las aceras, de los charcos removidos por los automoviles, o de los chorros de los canalones.

Una aproximación que podría culminar en la abstracción pura como sucedía con el corto H2O que comentara en la primera entrada de esta serie, pero que sería completamente extraña al temperamento de Ivens, para el cual el animal humano es lo primero. Así, todos estos elementos materiales no son capturados por casualidad, sino que se presupone una mirada, la del propio cineasta, que las observa en sus paseos, desde la ventana de su casa, al viajar en el tranvía, una impresión reforzada por el hecho de que intercalados entre estos planos abstractos y sirviendo de elemento para crear una estructura rítmica, aparecen las gentes de la ciudad donde se ha rodado, según intentan resguardarse de la lluvia, de manera que ese meteoro no se produce en el vacío, sino en un lugar habitado, en un tiempo y un contexto determinado.

Presupuesto estético que quizás sea el que distinga al artista abstracto del documentalista, porque como digo, a pesar de su título, Ivens no trata de representar la lluvia, sino de mostrarnos como llueve en su ciudad, a la cual casi podríamos poner nombre, transmitiéndonos de esa manera una experiencia que no podríamos adquirir por otros medios, imposibilitados de viajar en el tiempo y en el espacio.

Aquí les dejo con el corto, no es el mejor acompañamiento musical, pero la imagen si es de gran calidad, que es lo que importa y si les desagrada mucho la música, ya saben, el mute es su amigo, y seguro que en su discoteca tienen mejores elecciones.