lunes, 30 de agosto de 2010

FdI Cuento VIII: Año 146 a.C. Corinto

Otro Lunes, otro cuento de Forjadores de Imperios (ya saben donde pueden encontrar los primeros).Como ocurre con los cuentos pares, en este se aborda otra escena de la expansión romana en Oriente, mientras se apoderaba de Grecia y de los reinos de los herederos de Alejandro. Este cuento es uno de los más largos que escribí, pero no he querido cortarlo, así que disculpen las molestias. También fue un pequeño reto, ya que en su mayor parte es dialogado y esa manera literaria nunca se me ha dado muy bien que digamos.

Año 146 a.C. Corinto

Hubiera preferido caer en el combate. Cualquier cosa antes de presenciar impotente el saqueo de mi ciudad, atado de pies y manos a los pies de mi captor, esperando que éste decidiera mi destino. Jamás he podido olvidar lo que vi aquel día. Jamás podré. Noche tras noche se repite ante mis ojos. De nuevo mis conciudadanos son subastados y repartidos entre los legionarios. Otra vez yacen tiradas en las calles las pinturas que engalanaban nuestros hogares y los soldados se sientan a comer y beber sobre ellas, ensuciándolas y desfigurándoles con el barro de sus sandalias, el vino que se vierte de sus bocas, la grasa que cubre sus manos. Violan los templos y retiran las imágenes sagradas que en ellos se encuentran, conduciéndolas en procesión por las calles. Cuando se trata de una diosa, siempre hay uno de ellos que, borracho, se cuelga de su cuello y la abraza, la besa, la acaricia obscenamente. Cuando deja de divertirles, tronchan sus brazos colgándose de ellos y desfiguran sus rostros a martillazos.

Tras tantos años de cautiverio, los romanos me han concedido la gracia de retornar a la patria. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? La maleza que cubre las ruinas de la ciudad de Corinto me impide reconocer una sola de sus calles, una sola de sus plazas.



-¿Así qué ésas son las colinas de Cinoscéfalos?
-Ésas mismas. Más o menos dónde hemos dejado las monturas se encontraba el campamento romano y al otro lado de la colina, oculto por ella, el de Filipo, el rey de Macedonia.
-Es una posición magnífica. Escarpada, fácil de defender, con una sola ruta de acceso. Desde la cima se debe dominar toda la comarca. No me extraña que tanto Filipo como Flaminio quisiesen apoderarse de ella.
-No fue la única razón. Ambos desconocían la ubicación e intenciones de su oponente y necesitaban urgentemente un puesto de observación. Como podéis apreciar la cadena de colinas se extiende ininterrumpidamente a izquierda y derecha e impide saber lo que pasa al otro lado. El día anterior, las lluvias y las nieblas habían provocado que los exploradores se extraviasen y no pudiesen localizar al enemigo. Cuando cayó la noche, debido la ausencia de noticias, ambos generales pensaron que su contrario se había retirado. Grave error. Sin que nadie lo supiera ambos ejércitos habían marchado en paralelo, cada uno a un lado de la cadena de colinas; así que...
-... Al día siguiente debieron llevarse la mayor sorpresa de su vida.
-Mayor de lo que piensas. Cuando las patrullas de ambos ejércitos se encontraron en la cima, ningún general tenía fuerzas de importancia que lanzar al combate. Las habían enviado a forrajear y a recoger agua. Te puedes imaginar su dilema. Si esperaban a reunir el grueso de las tropas y aquél era el ataque principal, serían barridos. Si, por el contrario, lanzaban las tropas sin estar formadas, el enemigo no tendría más que sentarse a esperarlas e ir desbaratando una unidad tras otra, según llegasen. Con el fin de ganar algo de tiempo y aclarar la situación, ambos generales decidieron arrojar al combate a las tropas auxiliares. El único resultado fue que la batalla se hizo aún más confusa. Era imposible saber quien estaba ganando. Todo podía depender de un golpe de suerte.
-La cual parecía sonreír a Filipo.
-El viejo zorro no quería entrar en batalla, pero cuando se vio enzarzado en una, decidió jugarse el todo por el todo. No esperó a que la falange se completara, sino que fue enviando unidad tras unidad al combate a medida que llegaban al campamento. Su plan era arrebatarnos la cima de la colina, ensamblar allí la falange y desbaratar a continuación las legiones, aprovechando la ventaja de la posición. Adivinó que nosotros éramos víctimas de la misma confusión que él sufría y que esto le daría el tiempo necesario para completar y fortalecer la falange sobre la marcha, antes de que pudiéramos reaccionar.
-Contra cualquier otro enemigo, ese plan tan arriesgado le hubiera dado el triunfo, pero para su desgracia, aquel día luchaba contra nosotros.
-Sin embargo, el margen fue muy estrecho. Filipo consiguió desbaratar y poner en fuga a nuestras tropas auxiliares, ocupó la cumbre y se lanzó en tromba contra una de las dos legiones que ascendían en ese momento por la colina. Cuando Flaminio la vio caer sobre sus tropas, erizada de lanzas, incontenible, aparentemente invulnerable, debió creer que todo estaba perdido.
-Otro general hubiera perdido los nervios y emprendido la huida. No se como Flaminio pudo mantener el control.
-Si todo hubiera continuado igual, así habría ocurrido, pero esta batalla, más que ninguna, fue la batalla de los errores. ¿Veis aquel collado a la derecha? Al ver descender la falange, una de las dos  legiones se desvió aterrorizada de su camino para evitarla y se deslizó por allí. En su camino, arrolló a las tropas auxiliares de Filipo que protegían el avance de la falange, con tan buena suerte que, mientras la otra legión aguantaba el embate de los macedonios, ella tomaba de flanco a las unidades rezagadas que no se habían unido aún al cuerpo principal y las dispersaba. Entonces fue sólo cuestión de dar media vuelta y caer sobre la retaguardia desguarnecida de los macedonios.
-Filipo no debió creérselo. Tener la victoria al alcance de los dedos y verse derrotado al instante siguiente.
-Debió de sentir pánico. Rabia al verse impotente. Una vez formada, la falange es un bloque macizo que no puede girar. Nuestros legionarios podían exterminarles sin recibir daño alguno y Filipo no podía hacer nada por evitarlo. Había echado toda la carne en el asador y no disponía de más tropas.

El viento ascendía con fuerza por la ladera de la colina y hacía ondular los trigos aún verdes. Teníamos que sujetarnos los mantos para que no se nos enredasen en las piernas. Abajo, en el valle, habíamos dejado nuestras monturas al cuidado de la escolta, antes de emprender la ascensión a aquella colina, en cuya cima el destino había abierto a Roma las puertas de Grecia.

Cerca de la cima, el jefe de nuestra embajada, Cneo Popirio, se volvió hacia nosotros sonriente.

-La parada merecía la pena ¿No? Ya que nuestra misión nos lleva a Corinto, hubiera sido una desgracia no detenerse a visitar los lugares de nuestras victorias.
-Sí señor – respondí – pero más me hubiera gustado presenciar la batalla con mis propios ojos... y combatir al lado de Flaminio, claro está.

Una carcajada resonó a mis espaldas. Sentí un brazo que se apoyaba sobre mis hombros. Era Popilio Lenas, el otro legado de nuestra embajada.

-¿Te ha sabido a poco la campaña del año pasado, hijo? Te puedo asegurar que los macedonios que hemos derrotado eran de la misma estirpe que los que combatió Flaminio.
-Es posible que así sea, señor, pero aparte de pasearnos por las montañas de Macedonia, poco más hemos hecho. El día mismo de la batalla contra el impostor, ese falso Filipo, los que formábamos el ala derecha habríamos sido de la misma utilidad estando en Roma. Casi ni tuvimos que desenvainar el gladio.
-Tú lo veras así, pero te puedo asegurar que nuestro general, Metelo, y como él, el propio senado, estaban más preocupados por el resultado de esta batalla que Flaminio por la que se libró hace… ¿Cuánto fue?  ¿Sesenta años? Y eso que nuestra situación entonces era mucho peor que la de ahora. Acabábamos de salir de la guerra contra Anibal, apenas había hombres en Roma y cualquier derrota en esas circunstancias hubiera sido fatal. Ahora, por el contrario, podemos destacar tropas en cualquier parte del mundo, manteniendo dos, tres, cuatro legiones en reserva. Podemos enfrentarnos a cualquier amenaza sin desguarnecer ninguna posición.
-Señor, disculpadme, pero me estáis dando la razón. Si tenemos poder suficiente como para aguantar una o dos derrotas, no entiendo como el falso Filipo y su banda de esclavos pueden ser más peligrosos que combatir al auténtico rey de Macedonia en la cúspide de su poder.
-Tú mismo te has respondido al citar a los esclavos. Ése y no otro es el auténtico peligro al que nos enfrentábamos en esta campaña. El Filipo al que derrotó Flaminio, en el fondo no era más que uno de los nuestros, a pesar de toda nuestra propaganda en su contra. Si el destino no nos hubiera colocado en bandos opuestos, romanos y macedonios juntos hubiéramos podido hacer grandes cosas. Un corto espacio de tiempo al menos, claro está… Luego una de las partes se habría visto en la necesidad de deshacerse de la otra, pero eso, al fin y al cabo, entra dentro de las reglas del juego.  Toma por ejemplo el caso de Perseo, el último rey de Macedonia, él sabía perfectamente a que se arriesgaba y a pesar de eso...
-Señor, perdonad que os interrumpa, pero sigo sin comprender la diferencia. Una guerra es igual a cualquier otra guerra, con sus peligros y sus recompensas. No hay más. ¿Qué es lo que distingue a esta última guerra de otras?
-Que esta guerra no es por derrocar a un rey y elevar a otro. Ni tampoco para disputarse el dominio de alguna región. Ésta ha sido, o pudo haber llegado a ser, una guerra de exterminio contra nosotros. Si ese ejército de siervos y esclavos que había formado el falso Filipo hubiera conseguido derrotarnos, puedo asegurarte que ningún griego o romano libre podría haber vuelto a conciliar el sueño. El miedo a ser degollado por sus esclavos se lo impediría. Eso es lo que nos jugábamos en esta campaña, la posibilidad de una rebelión general de esclavos, que saltase de Macedonia a Grecia y de ésta a Italia. Te confieso que la sola idea me eriza el cabello.
-No eres el único – repuso Cneo – ya viste como la mayoría de los terratenientes y propietarios de Macedonia nos recibieron como salvadores. Resultaba gracioso ver como esos pequeños Alejandros se arrastraban en nuestra presencia, suplicando protección.
-Era natural que reaccionasen así – continuó Popilio – lo realmente preocupante es que sólo fueran ellos, mientras que el resto del país se alzaba en armas contra nosotros. Hombres libres haciendo causa común con bandidos y esclavos... Nadie en su sano juicio hubiera podido preverlo. Esa alianza inesperada nos costó la aniquilación de nuestras guarniciones cuando estalló la rebelión. Por su culpa, tuvimos que perder un año entero pacificando el territorio. Había que sustraer el apoyo de la población al falso Filipo, antes de pensar en combatirlo. De ahí las marchas de las que tanto te quejabas, hijo. La situación llegó a ser tan complicada, que parecía inevitable tener que posponer el enfrentamiento final al año siguiente, pero nos vimos forzados aceptar un combate precipitado sin haber completado nuestros preparativos. Esa fue la batalla tan fácil en la que tú participaste. ¿Por qué obramos así? Temíamos que un nuevo retraso fuera interpretado como una debilidad nuestra, dando motivo a que el resto de los griegos se plantease su apoyo al impostor… Esto es lo que no llego a comprender.
-¿A qué os referís, señor?
-A que una mayoría de ciudadanos respetables se alineó con unos exaltados que no se iban a conformar con expulsarnos de Grecia, sino que también pretendían derribar y destruir los valores en los que esos mismos ciudadanos creían. Es absurdo. Es como si al ver arder una casa, añadieses más leña a la hoguera, en vez de esforzarte en apagar el fuego. No alcanzó a comprender esa ceguera, ni la locura que les poseyó. Esos ciudadanos hubieran sido las primeras víctimas de nuestra derrota, si...

Popilio se interrumpió. Habíamos coronado la colina y esperábamos ver elevarse ante nosotros el triunfo que Flaminio había erigido para conmemorar su victoria. Ya no estaba allí. Alguien se había ocupado en derribarlo hacía no mucho tiempo, pues las ruinas aún aparecían limpias de hierba y musgo. En el lugar que había ocupado se alzaba una cruz, que en la lejanía habíamos confundido con el triunfo. Aún cuando estábamos acostumbrados a las brutalidades de las batallas, no pudimos evitar apartar la vista al descubrir lo que pendía de aquella cruz. En ella habían amarrado la carroña de lo que debía haber sido un ser humano, vestida con la coraza y casco de un legionario. "Ellos también se pudren" decía en griego un cartel clavado sobre su cabeza.

-¡Quitad eso de mi vista! ¡Inmediatamente! – Las manos y la cabeza de Cneo temblaban con violencia al dar aquella orden. Los soldados que nos acompañaban, atemorizados por la ira de nuestro comandante, se precipitaron a descolgar el cuerpo. –  ¡Hasta aquí han llegado! ¡Hasta aquí han llegado! ¡Se han atrevido a venir aquí y hacer esto para burlarse de nosotros! – repetía lleno rabia. Popilio se acercó a él y le tomó del brazo.
-¡Tranquilízate! No han sido los macedonios. Han sido los propios habitantes de estas tierras.
-Es imposible. Esto es territorio de la liga Aquea. Esta gente idolatraba a Flaminio. Él les concedió su libertad e independencia y nunca lo han olvidado. Por eso se ha conservado este triunfo. Ellos mismos lo cuidaban. Siempre han sido aliados y amigos nuestros. Siempre.
-Ya no. Mira a tu alrededor.

Desde la cima de la colina contemplábamos la comarca entera, al igual que los soldados de Filipo y Flaminio debieron hacer en el pasado. Al frente, a izquierda y derecha, se extendía la vasta llanura tesalia, fértil y rica, entrecruzada por las finas líneas de los cercados que separaban los campos. En el cielo, de un azul profundo, se arrastraban perezosas algunas nubes. Aquí y allá, densos penachos de humo negro ascendían hacia ellas.

-Están quemando las plantaciones. El país se ha rebelado.
-Pero, ¿Por qué?
-Ya lo descubriremos más tarde. Aquí no estamos seguros. Hay que apresurarse en llegar a Corinto.

***

Caía la tarde cuando llegamos a Corinto. Durante los días precedentes habíamos viajado a marchas forzadas, sintiendo que el país se levantaba en armas a nuestras espaldas. Apenas habíamos pegado ojo y la tensión comenzaba a pasarnos factura, pero no podíamos permitirnos bajar la guardia. Quizás ya habían sido enviados soldados en nuestra búsqueda. El campesino con el que nos cruzábamos en el camino podía ser un explorador con el encargo de localizarnos y los dueños de las posadas donde nos alojábamos tener la misión de envenenar nuestra comida.

Sin embargo, en apariencia, ninguno de nuestros temores tenía fundamento. El campesino nos saludaba con respeto y el posadero nos preparaba su mejor comida. Oficialmente, éramos embajadores de la República Romana ante el consejo de la Liga Aquea. Como tales, nuestras personas eran sacrosantas y teníamos derecho a exigir comida, alojamiento y protección de cualquier ciudad o ciudadano miembro de la liga. Estos términos eran cumplidos escrupulosamente. No teníamos motivo de queja y hubiera sido muy fácil adormecerse en ese sentimiento de falsa seguridad, si no fuera por el humo de los incendios que acompañaban nuestra marcha.

Sólo esos signos de destrucción y el silencio que se hacía cuando cruzábamos un lugar público, traicionaban que el país estaba a punto de reventar. Todos ponían el mayor cuidado en no acercarse a nosotros, nadie quería ser visto en nuestra compañía. Las contadas ocasiones en que conseguimos que alguien accediera a responder a nuestras preguntas, sólo obtuvimos evasivas. Nada ocurría ni había ocurrido. Los incendios y los saqueos, cuyas huellas encontrábamos cada día en el camino, sólo existían en nuestra imaginación.

No era una fantasía. Al aproximarnos al Istmo, los indicios se hicieron más nítidos, más alarmantes. En nuestra marcha, adelantábamos a nutridos grupos de caminantes que seguían nuestra misma ruta. La mayor parte iban vestidos de harapos y podían confundirse con las bandas de mendigos y pordioseros que recorrían Grecia en aquella época. Sin embargo, una mirada más atenta descubría que muchos de ellos tenían marcas de grilletes en muñecas y tobillos. Eran esclavos, decenas de esclavos procedentes de toda Grecia que convergían en Corinto.

Otros grupos, por el contrario,  eran familias de campesinos, pueblos enteros que habían abandonado sus hogares sin motivo aparente y acarreaban sus escasas posesiones sobre sus espaldas. En cada uno de esos grupos se distinguían uno o dos hombres que destacaban del resto, y que, al acercarnos, ocultaban sus rostros como si temieran ser reconocidos. Un momento antes, sus ojos nos habían mirado con una mezcla de insolencia y altanería. Al llegar a su altura, podía apreciarse en sus ropas el bulto de armas escondidas. Su piel estaba cubierta de cicatrices. Eran bandidos que conducían aquellas gentes a un destino y un propósito oculto, pero cuya sola consideración nos erizaba el cabello.

Más cerca de Corinto, comenzamos a encontrarnos con grupos similares que marchaban en dirección contraria, de vuelta de la ciudad. Esta vez todos iban armados y ninguno se preocupaban en ocultar sus armas, incluso algunos las exhibían jactanciosos ante nuestra vista. Su armamento era completamente improvisado, muchas veces inútil, formado por lanzas, espadas y corazas de orígenes dispares. Aún así, aquellas armas les daban el coraje y la osadía suficiente como para que nos sintiéramos envueltos por el odio y el desprecio. Sin embargo, al volvernos sólo descubríamos una hilera de cabezas gachas y sumisas, concentradas en la marcha que les llevaba en dirección contaría. A veces, antes de desaparecer en la lejanía, nos parecía ver que los guías de esos grupos discutían entre sí, señalando en dirección nuestra. ¿Disputaban acaso sobre sí había llegado el momento de atacarnos? No nos quedábamos a comprobarlo.

El temor nos invadía. No sólo se extendía entre la escolta, sino que había llegado a nosotros, los oficiales, y hasta a los mismos legados. Una noche les oí discutir en voz baja sobre sí no sería preferible dar media vuelta y tomar la ruta de Atenas. Vista la situación, la embajada podía darse por fracasada. Abandonar hubiera sido lo más sensato, pero portábamos con nosotros la última oferta de paz del Senado. Sólo si ésta era presentada ante la asamblea de la Liga y rechazada allí, podría Roma actuar con total libertad. Nuestra responsabilidad sobrepasaba nuestra seguridad. Había que continuar aunque eso supusiera viajar al encuentro de nuestra muerte.

Por eso, cuando distinguimos la silueta del Acrocorinto recortándose en el cielo del mediodía, todos nos sentimos aliviados. Unas horas más y descansaríamos en la mansión de Estratio, un antiguo amigo de Popilio. Poco duró nuestro alivio. Ya en la puerta de la ciudad pude percibir como los guardias nos miraban de reojo y se sonreían. Una vez tras las murallas, nos rodeó una densa multitud, a través de la cual apenas podían abrirse paso los caballos. Todos los vagos de la ciudad parecían haberse dado cita allí, pordioseros, prostitutas, ladrones. No sólo ellos, sino que tras las primeras filas de curiosos, un poco al margen, se distinguían grupos compactos de comerciantes, artesanos y tenderos que habían abandonado sus quehaceres para presenciar nuestra entrada. En sí, nada de eso era preocupante, pues la plebe es igual en todas partes. Se agita y alborota por cualquier novedad. La misma mezcla que veíamos allí es la que se reúne en Roma para presenciar los triunfos, sin que ningún disturbio se produzca.

Sin embargo, aquí y allá destacaban presencias menos tranquilizadoras, los mismos rostros siniestros y malencarados que guiaban las caravanas con las que nos habíamos topado en el camino. Se les veía apoyados en los quicios de las puertas de las tabernas, asomados a las ventanas, bromeando entre ellos, señalándonos con descaro y riendo estrepitosamente. Algunos se deslizaban entre la multitud, cambiando brevemente algunas palabras con los espectadores. Hablaban de nosotros. Podía percibir como sus ojos se fijaban un instante en nuestra comitiva, para luego volver al rostro de su interlocutor, antes de marchar en busca de otra persona.

Tantas idas y venidas me intranquilizaban. Creí distinguir el brillo de armas, pero no pude descubrir nada concreto. La multitud se tornaba cada vez más atrevida e insolente. Agarraban las riendas de nuestras monturas y las desviaban de su ruta. Palmeaban en sus grupas y los caballos se revolvían y piafaban, nerviosos. Mi mano derecha acariciaba el pomo de la espada. Dirigía miradas furtivas a los legados, esperando que llegase la orden, pero éstos cabalgaban aparentando tranquilidad, sonriendo relajados a la multitud que nos acosaba, como si cruzasen el foro de Roma y no una ciudad que se fingía amiga y que se tornaba más hostil a cada instante.

Ninguno de nosotros la vio venir. Yo sólo llegué a escuchar el grito de dolor de Cneo y, cuando volví la mirada, vi como se apretaba con la mano izquierda sobre su rostro, que sangraba profusamente, mientras que con la otra se aferraba a duras penas a las riendas, para no caer de la silla. Encabrité mi montura y desenvainé la espada. La gente que me rodeaba huyó despavorida. Mis compañeros habían seguido mi ejemplo. Sitio. Habíamos ganado sitio. La calle estaba desierta, pero aquella tranquilidad sólo duraría unos instantes. A nuestro alrededor se escuchaba el correr apresurado de soldados que se acercaban a nosotros y nos rodeaban. Había que actuar.

Cneo se tambaleaba en su silla y estuvo a punto de desplomarse. Popilio y yo nos aproximamos a su caballo y entre los dos conseguimos montarle sobre las ancas del mío. Sentí como los brazos de Cneo se enroscaban alrededor mi cuerpo, con tal fuerza que apenas me dejaba respirar. Intenté aflojar sus brazos, pero él, cegado por la sangre, se aferraba cada vez más estrechamente, temiendo caer.

A una orden de Popilio partimos al galope. La escolta se dispuso a nuestro alrededor intentando protegernos a ambos. No nos preocupábamos por la gente que se cruzaba ante nuestro paso.

-¡A la izquierda, tomad la calle de la izquierda! –  gritó Popilio –  ¡Ahí está la casa de Estratio!

Los criados de la casa ya estaban prevenidos, pero apenas tuvieron tiempo de abrir las puertas del patio antes de que nos precipitásemos en su interior. Tras de nosotros, las batientes se cerraron con un sonido seco y lúgubre que retumbó en toda casa. La obscuridad nos rodeo. Escuché como los criados corrían los cerrojos y aseguraban las puertas.

Nuestros perseguidores no tardaron en llegar. Aporreaban las hojas de la puerta con tal saña que a nuestros oídos sólo llegaba un estruendo continuo, como el de las olas del mar que rompen en la orilla. Nuestros ojos comenzaban a acostumbrarse a la penumbra. Entre ella, con dificultad, llegábamos a distinguir los rostros desencajados de los que nos rodeaban, semejantes a fantasmas. Temíamos a cada momento que la puerta pudiera ceder y nos entregase en manos de aquella multitud enfurecida.

El escándalo cesó repentinamente. En el silencio que sobrevino, sólo se escuchaban los gemidos de Cneo. Una luz cayó sobre nuestras cabezas. El señor de la casa descendía a nuestro encuentro acompañado de dos esclavos. Su rostro estaba contraído en una mueca.

***

-¡Es inadmisible! – Popilio, rojo de ira, se había incorporado de la litera dónde estaba recostado y estuvo a punto de golpear al mensajero que le había traído la noticia. Tan irritado estaba que no se había dado cuenta de donde dejaba su cáliz y éste se había volcado, derramando su contenido sobre el lecho y el pavimento –  Puedes ir y decirle a esos señores que sus excusas no me interesan. Lo que tengan contarme que lo hagan mañana en la asamblea, si es que todavía me apetece asistir. Eso es lo que teníamos que hacer. – dijo volviéndose a Estratio – Volvernos por dónde hemos venido y que se las entiendan ellos solos. No sé como me contengo.
-Calmaos amigo mío. Volved a vuestra cena – Estratio, nuestro anfitrión, también se había incorporado en su litera e intentaba sosegar a Popilio – No se consigue nada tratando así a unos ciudadanos respetables y honestos.
-¿Honestos? ¡Un cuerno, honestos! Lo de esta mañana ha sido un ultraje. Se han atrevido a atacar a unos embajadores. ¡Unos embajadores! ¿Y ahora me vienen con componendas? ¡Cómo si no hubiera pasado nada! Merecían que les echase a patadas.
-Os repito que os calméis. No recibáis a esas personas si no es de vuestro agrado, pero recapacitad. Ellos no son vuestros enemigos. Muy al contrario. Sólo por el hecho de venir aquí a disculparse, se han destacado y se han puesto en peligro. Yo mismo corro un riesgo tremendo, simplemente por haberte hospedado en mi casa.
-¿Tú? ¿En peligro? No me vengas con niñerías. Tú eres uno de los líderes principales de la liga. Tu palabra es casi igual a una ley. ¿Quién puede amenazarte?
-No es ninguna niñería. Mi nombre está en la lista de personas cuya fidelidad a la liga se estima dudosa. Sí, no me mires con esa cara. Hay una lista así. Su contenido no es público, pero todos sabemos que existe y también quien figura en ella. – se interrumpió un momento, miró al interior de su cáliz y lo inclinó, como si comprobase cuanto líquido quedaba en él – No me extrañaría que mañana me acusasen de traición en la asamblea. Creo que defenderos frente a la multitud que quería lincharos ha agotado definitivamente su paciencia. Sólo mi cargo y mi prestigio les ha mantenido a raya hasta ahora. Otros no han tenido tanta suerte.
-No entiendo nada de lo que me dices. ¿Quién ha compuesto es esa lista? ¿Quiénes  van a acusarte mañana? ¿Quiénes son los que no han tenido tanta suerte?
-Todos los romanos sois iguales. – Estratio mantenía la vista fija en el cáliz. Su rostro se había relajado completamente. La tristeza lo invadía – Domináis el mundo pero no os dais cuenta de lo que sucede a vuestros pies. Sólo tenéis ojos para vuestra gloria. Dime – se volvió entonces hacia Popilio – ¿Acaso no os habéis encontrado con nada extraño en vuestro viaje hasta Corinto?
-Ya te lo conté esta mañana. Plantaciones y haciendas incendiadas. Bandas armadas en la ruta.
-¿Y? ¿Qué fue lo que pensasteis?
-Pensamos primero en una rebelión de esclavos, pero luego...
-Pero luego os sorprendió que no se hubiesen mandado tropas en su persecución. ¿Cierto?
-Cierto.
-¿Nada más?
-Había muchas granjas que no habían sido tocadas, mientras que otras habían sido arrasadas completamente.
-¿Y las bandas?
-Se mantenían al margen. No nos atacaron. Si realmente hubieran sido esclavos fugitivos…
-No estaríamos aquí hablando. Demasiadas contradicciones. Demasiadas casualidades. ¿Aún no lo has adivinado?
-¿Adivinar qué? ¡Déjate ya de secretos!
-Esas bandas no han surgido de la nada. Esos incendios no se han producido por casualidad. Todo está perfectamente coordinado y organizado, por gente que tú y yo conocemos, por ciudadanos que se sientan conmigo en el consejo de la liga.
-¿Con qué fin? ¿Qué provecho pueden sacar?
-¿Sigues sin verlo o temes hacerlo? Su objetivo es eliminar o neutralizar a cualquiera que pueda oponerse a una futura guerra contra los romanos. – Popilio quiso decir algo, pero un gesto de Estratio se lo impidió – No aparentes sorpresa. Habrá guerra, más tarde o más temprano. Tú y yo sabemos perfectamente que hay muchas personas interesadas en que estalle un conflicto, tanto en Roma como en Corinto. – Estratio se sonrió con amargura – Vuestra misma embajada sólo es una pantalla para que  Roma tenga las manos libres.
-Esa acusación es muy grave. Me ofendes a mí y a la república romana. Nuestra embajada y las anteriores sólo buscan el entendimiento entre...
-Déjalo. No intentes mentirme. Sé que como romano sólo puedes decir eso, pero por favor, ahórratelo en mi presencia. No sé que habrá ocurrido en Roma, aunque me lo figuro, pero aquí, en Corinto, la facción belicista ha armado y pagado esas bandas que tú has visto. ¿La excusa? Reclutar y entrenar un nuevo ejército con el que poder enfrentarnos a vuestras legiones. ¿La verdadera razón? Aterrorizar a la facción que promueve la amistad con Roma. Ahí tienes porque el daño que han causado ha sido tan localizado. Localizado y al mismo tiempo efectivo. El miedo ha hecho que  bastantes se hayan repensado su voto.
-¡Teníais que haber luchado contra ellos! ¡Con sus mismas armas! Ése es el único lenguaje que esos indeseables conocen. ¿Por qué no lo hicisteis? Si eso hubiera ocurrido en Roma… Sin embargo vosotros os habéis entregado sin lucha. Como corderos… No me extraña que estéis sometidos a nosotros, os lo merecéis.
-Ojalá no tengas que tragarte tus palabras algún día. – Estratio luchaba por contenerse y no decir algo de lo que tuviera que arrepentirse – Para combatir se necesitan apoyos y nosotros no los tenemos. Los líderes del partido belicista son muy hábiles. Se han ganado el favor de la plebe y quien la tiene a su lado, controla la asamblea y la liga. ¿Cómo lo han hecho? Declarando extintas todas las deudas. Desde ese momento la plebe aprueba sin rechistar todo lo que le proponen. Cualquiera que se les oponga se convierte automáticamente en un enemigo del pueblo. Comprenderás que pocos tienen el coraje para llevar ese título.
-Lo que me cuentas es absurdo. Esa medida sólo puede haber favorecido a unos cuantos. A la mayoría debería serle indiferente. Ahí están vuestros apoyos. Con ellos podríais haber rechazado esa medida y ahogar esta locura antes de que empezase.
-Este país ha cambiado mucho desde la última vez que viniste. Nos empobrecemos. Los pudientes tienen que aceptar vivir como pobres y los pobres se convierten en mendigos. Familias enteras han sido vendidas a vuestros tratantes de esclavos por no poder satisfacer sus deudas. Esa amenaza pende sobre todos nosotros por igual, sobre nuestras familias, sobre nuestros parientes, sobre nuestros amigos. ¿Quién podía oponerse entonces a esa ley? Dime. ¿Quién podía?
-Esa situación que me cuentas es muy triste, pero no justifica nada. Ni vuestra exasperación, ni que busquéis hacernos la guerra. No tenemos la culpa.
-¿No tenéis la culpa? – Estratio parecía cansado – No tenéis la culpa, decís… Habéis desviado el comercio a vuestros puertos, concedido privilegios comerciales a vuestros nuevos amigos. Apenas arriban ya barcos. ¿Cómo queréis que os defendamos? Vosotros mismos nos habéis puesto al cuello el dogal que nos está ahogando. Así que los que deberíamos oponernos guardamos silencio y les dejamos reclutar un ejército para combatiros. Su política de terror no hubiera sido necesaria. Estamos dispuestos a tolerar todo, incluso que se libere a los esclavos.
-¡Eso es una locura! No es ya una cuestión de estar a favor o en contra de nosotros. Si se libera a los esclavos, todos vamos a salir perdiendo. Si nos vencéis con la ayuda de los esclavos, no habrá quién los pare. Vosotros mismos seréis los siguientes en caer.
-Nos damos perfecta cuenta, pero también nos damos cuenta que si todo sigue como hasta ahora, todos acabaremos siendo vuestros esclavos de una manera u otra. ¿Por qué no jugárselo todo a una carta? Más vale arrojarse al abismo que ser arrastrado lentamente a él.
-Parece que te hayan convencido – el cansancio se mostraba también ahora en la expresión de Popilio.
-¿Convencerme? No quiero darte una sorpresa desagradable, pero estoy convencido desde hace mucho tiempo. Mira. Mi familia ha sido amiga de Roma desde que Flaminio desembarcó en Grecia. Siempre hemos defendido la alianza con vosotros. Incluso cuando otros flaqueaban. Sin embargo, ahora siento vergüenza cada vez que  tomo la palabra en la asamblea. Sí, siento vergüenza, porque sé que los belicistas tienen razón. Ningún miembro de la liga puede estar a vuestro lado cuando nos tratáis así, cuando os dedicáis a humillarnos desde hace años.
-Eso es un malentendido. Esa no es la postura del senado y los cónsules. Precisamente hemos venido aquí…
-¡No niegues la evidencia! – el grito de Estratio sobresaltó a Popilio y le cortó en seco – ¡Os habéis vuelto contra nosotros! Vuestros embajadores nos han prohibido que declaremos la guerra a Esparta. ¿Qué os han dado en el pasado los espartanos para que ahora los defendáis? Siempre han apoyado a vuestros enemigos, mientras que nosotros jamás os hemos fallado. Jamás.
-Lo habéis entendido todo al revés. Os equivocáis completamente. Con el falso Filipo en Macedonia no podíamos permitir el estallido de otra guerra en Grecia. La situación podría haber degenerado en un conflicto general, incluso en una revuelta de esclavos, que es lo que más tememos todos, romanos y griegos. Tú mismo sabes muy bien que el peligro del que te hablo es real. Acabas de confirmármelo.
-¿Todo por nuestro bien? ¿No? ¿Así que estamos equivocados? Claro, por eso vuestros enviados nos piden que "liberemos" ciertas ciudades que sufren "oprimidas" dentro de la liga. ¿Es eso amistad? ¿Quién os ha dado derecho a entrometeros en nuestros asuntos? ¡Respóndeme! ¡Respóndeme si te atreves!

Popilio guardaba silencio, esperando que la ira de su amigo se disipase.

-Mentiras. – continuó Estratio –  Nada más que mentiras. Sólo hay una verdad, que no toleráis un poder distinto al vuestro. ¿Cómo no nos dimos cuenta? ¿Cómo pudimos ser tan necios?  Nada puede escapar a vuestro dominio – Estratio se sonrió para sí – Cuando llegasteis a Grecia, nos prometisteis la libertad y nosotros lo creímos como unos bobos, como si todos los reyes que habían venido a conquistarnos no hubieran ofrecido lo mismo. No tardasteis en quitaros la careta. Macedonia, Etolia, Rodas. Ninguna existe ya.  Egipto y el Imperio Seleúcida no pueden mover un soldado sin que vosotros lo autoricéis. Sólo quedábamos nosotros, los únicos que aún podíamos fingir ser libres. Un insignificante apéndice de vuestro imperio, sin importancia, sin influencia, que ningún daño podía haceros. Incluso eso se os ha vuelto intolerable. Ahora ha llegado nuestro turno y con él, el fin de Grecia.
Estratio arrojó al suelo el contenido del cáliz que aún tenía en su mano y lo sumergió en la crátera hasta que estuvo lleno otra vez de vino. Luego bebió largamente. Popilio le contemplaba en silencio. Estratio apuró el contenido del cáliz, lo puso a un lado y clavó su mirada en Popilio.
-Escúchame, Popilio. Hoy te he dado albergue en mi casa y te he protegido frente a la multitud. Si he obrado así, ha sido sólo por amistad. Mañana, si la asamblea decide declararos la guerra, yo estaré con mi pueblo. Si me opuesto hasta este momento a esa decisión, es porque sé que no tenemos ninguna posibilidad de vencer y que nos aguarda una catástrofe. No, no intentes convencerme de lo contrario. Conozco vuestra ira y sé que el castigo que reserváis a los que os desafían es terrible. Sé también que vuestro rigor y crueldad han aumentado con los años y las guerras. Desconozco con que os conformaréis esta vez y prefiero no imaginármelo. Aún cuando sé todo esto, no puedo abandonar a mi pueblo en su hora decisiva. Ésta es mi tierra. Ésta es mi ciudad. La amo al igual que tú amas a Roma y tengo la obligación de defenderla. Sólo espero que los dioses me concedan caer entre los primeros y ahorrarme el espectáculo de su desventura.
-Te comprendo. ¿Podemos ser amigos aún esta noche?

Estratio sonrió tristemente

-Durante esta noche... sí, claro.
-Concédeme un último favor. Manda aparejar una nave en el puerto y ordena que trasladen a ella a Cneo. Ocurra lo que ocurra mañana, la ruta por mar es la única segura. Si las cosas van mal, quiero que al menos Cneo pueda salvarse.

Ambos tomaron sus cálices y los rellenaron en la crátera. Se sonrieron levemente el uno al otro cuando brindaron con ellos.

***

Aguardábamos al regreso de Popilio en una de las calles que conducían al ágora. Los caballos estaban embridados, prestos para partir al galope hacia el puerto en cuanto se diera la orden. Popilio no había querido que nadie de la escolta le acompañase a la asamblea de la Liga Aquea, ni siquiera los oficiales. Temía excitar aún más la animadversión de los aqueos, si aparecía ante ellos acompañado de hombres armados. Su preocupación se extendía también a nosotros. Procuraba reforzar nuestra moral, intentando que la situación no pareciese tan grave. Con esa intención, se mostraba  sonriente y confiado, permitiéndose incluso el lujo de bromear despreocupado, y achacaba los incidentes del día anterior a un grupo de exaltados, que ya habían sido detenidos por las autoridades.

Para evitar coincidir con la plebe y dar con ello ocasión a un enfrentamiento, Popilio había querido ser de los primeros en presentarse a la asamblea. Por esa razón, nos habíamos levantado cuando aún era de noche y despedido de Estratio. Él acudiría más tarde, de forma que nadie le viera en nuestra compañía. Bastante se había distinguido ya. No teníamos derecho a abusar más de él.

Sin embargo, a pesar de nuestras precauciones, el ágora hervía de curiosos a una hora tan temprana. Nadie quería perderse el desarrollo de la sesión y muchos ciudadanos se habían presentado bastante antes del inicio de las sesiones, para asegurarse así un buen sitio desde el cual presenciar todo sin perder detalle. Era ya muy difícil transitar por el ágora y en cuantos unos minutos se haría imposible. Traté de convencer a Popilio para que me permitiera escoltarle hasta la tribuna, pero se negó con una sonrisa. Era más importante vigilar  los caballos. Sin ellos, no tendríamos ninguna posibilidad de escape. Antes de desaparecer entre el gentío, me ordeno procurar que los soldados no llamasen mucho la atención.

Cerca de donde nos habíamos detenido se abría la puerta de una taberna. Ordené a nuestra escolta que entrase en ella. De esa manera los curiosos no se fijarían en ellos. El centurión que les mandaba tenía instrucciones de salir a escape en cuanto oyese la mínima orden mía. Los criados y yo permanecimos en el exterior, cuidando de los caballos.

La espera se prometía larga y tensa. Intente relajarme, pero no podía quitarme de la cabeza que Popilio había cometido una temeridad entrando sólo en el ágora. Estaba demasiado nervioso para sentarme y caminaba de un lado a otro de la calle. A medida que pasaba el tiempo, mi inquietud aumentaba. Lo peor era desconocer lo que estaba sucediendo en la asamblea. Desde dónde yo estaba sólo podía ver las nucas de las últimas filas de espectadores. El murmullo de la multitud acallaba la voz de cualquiera que estuviese hablando en la tribuna.

Las horas transcurrían lentamente. La sombra de las casas descendía por las paredes del otro lado de la calle. El calor aumentaba. Me senté a la sombra, junto a los caballos, y me quité el casco. Tenía los cabellos encharcados en sudor. Un pilluelo pasó por delante de mí y al verme, se quedó mirándome con los ojos muy abiertos. Cuando me levanté retrocedió unos pasos. Guardaba las distancias. Tomé un trozo de pan de las alforjas de mi caballo y se lo ofrecí.

-Toma ¿Quieres comer algo?

Negó con la cabeza.

-¿No tienes hambre?
-Padre y Madre me han dicho que no me acerque a los romanos.
-¿Por qué?
-Dicen que vais a vendernos a todos como esclavos.

No tuve ocasión de responder. Un fuerte griterío se levantó en dirección del ágora. Eché a correr hacia la posada para avisar a los soldados. Al ver lo que yo hacía, el chicuelo huyó aterrorizado. Yo ya no tenía tiempo para él. En el ágora estaban abucheando a alguien. Cuando la escolta salió, les hice montar y estar preparados. Entregué a uno de ellos mi casco y mi coraza y me abrí paso entre la multitud. Tenía que ver lo que estaba pasando, pero pronto me fue imposible continuar. La muchedumbre era demasiado compacta. El abucheo crecía. Algunos a mi lado comenzaban a proferir insultos. Vi como se agachaban y tomaban piedras. Con un esfuerzo, conseguí hacerme algo de sitio y encaramarme a una de las columnas de los pórticos.

En medio de la plaza, blanco de todo tipo de objetos que la multitud les arrojaba, avanzaba un pequeño grupo de personas. Entre sus cabezas distinguí la de Popilio. Había perdido el casco y mantenía el rostro vuelto hacia el suelo. Dos soldados le sostenían de los brazos y le arrastraban fuera de la plaza. Les veía zarandearle y volver sus rostros hacia él cada dos o tres pasos. Le insultaban. Otros guardias intentaban mantener a raya a la multitud, pero no podían impedir que la gente se colara entre sus escudos. Varías veces vi a Popilio levantar la cabeza con un gesto de dolor. Alguno había aprovechado la ocasión para propinarle un puñetazo. Levanté la mirada. En lo alto de la tribuna un grupo de hombres, de apariencia noble y ricas vestiduras, observaba la escena con aire satisfecho.

Salté de la columna y me abrí paso a golpes hasta llegar a donde estaba el legado. Derribé a uno de sus atacantes, que le había agarrado del cabello, y, tras apartar a los soldados que lo transportaban, cargué a Popilio sobre mis espaldas. Eché a andar, sin prestar atención a los insultos ni a las piedras y pellas de barro que nos arrojaban. Lentamente, sin apresurarme, la vista fija en la calleja donde nos esperaban nuestros soldados. Varias veces tuve que detenerme. Un puñetazo en el estómago me había hecho perder la respiración. Pero pronto dejé de sentir nada, ni siquiera las uñas que se clavaban en mi carne o las bocas que gritaban en mis oídos. Rostros descompuestos de hombres y mujeres aparecían un instante ante mi vista, me escupían palabras ininteligibles y desaparecían. Sólo el peso de Popilio era real, abrumándome, tirando de mí hacia abajo. Cada vez me costaba más dar un paso. Su mano, muerta, se balanceaba frente a mis ojos. Su boca rozaba mi oído. Le escuchaba murmurar.

-No he podido hacer nada. No me han dejado hablar. Están locos. Están perdidos.

***


Soltamos el cabo que nos unía y la barca se alejó hacia el puerto. Nuestro barco viró y tomó la derrota de Atenas. El silencio y la obscuridad nos rodeaban. La luna brillaba serena en el firmamento y parecíamos seguir el camino de plata que ella había tendido sobre el mar. Su superficie estaba inusualmente tranquila, lisa y plana como la de un pavimento. Ni una sola ola la turbaba. Los remos entraban y salían del agua sin hacer ruido. Nos deslizábamos sin ningún esfuerzo, sin dejar siquiera una estela tras de nosotros.

Sin embargo, cuando mirábamos tierra adentro veíamos encenderse multitud de luces, como si se abriesen los ojos de un monstruo que se despertara e intentase impedir nuestra huida. Sin ninguna dificultad, podíamos seguirlas en su ruta y verlas congregarse y agruparse. El país entero se movilizaba. Para combatirnos. Para defender su libertad. Ya no había marcha atrás.

Nota: La historia que se cuenta es cierta en sus líneas generales, aunque no en sus detalles. Tras que Roma eliminase al último descendiente de los reyes macedonios, la liga Aquea decidió enfrentarse a los romanos, creyendo que esto era el principio del fin de la independencia de Grecia. Los embajadores romanos fueron apaleados en la Asamblea y los líderes adoptaron una política radical, (condonación de las deudas, liberación de los esclavos, eliminación de elementos neutrales) para conseguir que todo el país estuviera de su lado. No sirvió de nada y Corinto fue arrasada hasta los cimientos. La batalla de Cinoscéfalos se ha narrado tal y como ocurrió.