sábado, 24 de julio de 2010

Tribute

...hombre (Arminio) verdaderamente a quien debe la Germania su libertad, y quien no provocó al Imperio Romano a sus principios, como los otros reyes y capitanes, sino cuando estaba más floreciente. No fue siempre victorioso en sus batallas, aunque sí jamás acabó vencido en sus guerras. Tuvo treinta y siete años de vida y doce de poder: hoy en día se canta de él entre los bárbaros; no alcanzó a ser conocido entre los griegos, porque esta gente no hace admiración sino de sus cosas; ni de los romanos, porque mientras andamos procurando exaltar las cosas antiguas, nos olvidamos de las modernas.

Anales, libro II, Tácito

El nombre de Arminio debería sonar a todos aquéllos que hayan visto la serie Yo, Claudio, pero para el que no lo sepa o haya usado su memoria en archivar conocimientos más útiles, basta con recordar como Roma, en la decada final del siglo I a.C y la inicial del I d.C, intentó fundar la provincia de Germania, en el espacio que media entre los ríos Rin y Elba. Aunque la conquista no fue especialmente difícil, dado el poderío del ejército romano de tiempos Augusto, pronto se demostró que para mantener la nueva provincia tranquila era necesario tener una importante fuerza permanente sobre el terreno, para reprimir inmediatamente cualquier intento de rebeldía y mantener sumisos a los dudosos.

Bastó que un general de segunda, Varo, tomase el mando tras la plana mayor de la familia imperial (Druso y Tiberio, el futuro emperador) para que un cabecilla de los germanos, nominalmente sometido y leal a los nuevos amos, se las arreglase para urdir una amplia conspiración, la cual culminaría en la emboscada del bosque de Teuteburgo, en la que tres legiones romanas al completo fueron completamente aniquiladas. Un desastre de magnitud impensable en esos tiempos y comparable solamente a la derrota de Craso en Carrae, los cuales, aunque sus contemporáneos no fueran completamente conscientes de su transcendencia, marcarían los límites orientales y septentrionales de imperio romano en los siglos siguientes.

Un resultado inesperado, puesto que la máquina romana apenas había sufrido un arañazo y el desastre demostró ser menor de lo imaginado. Ni los germanos invadieron la Galia, ni esta se sublevó, más bien al contrario, en la década que siguió a la derrota de Varo, los ejércitos romanos, al mando de Germánico y Druso, se embarcaron en una serie de incursiones punitivas anuales, en las que los Germanos y su jefe Arminio, rutinariamente se llevaban la peor parte. No obstante, a pesar de las victorias constantes, no se intentó volver a anexionar la región y las legiones se limitaron a guardar la frontera del Rhin, dispuestas a responder a cualquier agresión sin otro objetivo a largo plazo. Evidentemente, los gastos de ocupación de la provincia, y sobre todo de mantener en continuo estado de guerra las legiones, no eran compensado por los posibles beneficios que de ella se pudieran obtener, ya que por esa época lo que es ahora Alemania estaba escasamente poblada y su extensión ocupada por bosques, con lo cual no era apta para el cultivo intensivo preferido por los romanos ni para nutrir sus ejércitos con nuevos reclutas.

Con este resumen, resulta difícil comprender porque un historiador romano, más o menos un siglo tras los hechos, podría escribir un elogio tan notable de un enemigo, más aún si tenemos en cuenta que los romanos que desfilan por los anales de Tácito, salvo algunas excepciones, son enjuiciado de la forma más dura posible, cuando no directamente mostrados como indignos del imperio que poseen, de manera que es en este bárbaro donde casi parecen resumirse las virtudes de antaño, perdidas largo tiempo atrás. Una figura tan grande que, como bien indica el historiador, ha sido olvidada por los habitantes del mundo civilizado, aunque no por los suyos, los unos, por no considerar interesante sino lo que les atañe directamente, los otros por andar siempre narrando las mismas guerras gloriosas del pasado.

Por supuesto, a poco que sepamos de la historia romana y del propio historiador, es fácil entender las razones de este elogio. Por una parte, aunque en la guerra los romanos aplicasen el peor de los rigores, sin importarles el exterminio de las poblaciones que combatían o hacer desaparecer de la faz de la tierra las ciudades enemigas, una vez pasado el tiempo, no podían dejar de sentir cierta admiración por sus enemigos, especialmente aquellos que habían estado a punto de derrotarlos. Tal es el caso, por ejemplo de Aníbal, quien a pesar de ser descrito una y otra vez como imbuido de una perversidad sin límites, lo es también con una admiración proverbial, resumida en la frase de que tendría derecho a ser precedido por 24 lictores, al haber causado la muerte de cuatro cónsules y tener derecho, por tanto, a sus escoltas.

Es también una forma de exaltar la propia guerra, ya que cuanto más nobles, más peligrosos y más hábiles sean los enemigos, mayor honor se tendrá en vencerlos y mayor sera el derecho a heredar su imperio. Así, en el caso de Tácito, ese historiador con una ideología política bien clara, que le lleva a escribir una historia polémica y comprometida, aunque el lo niegue, este elogio de Arminio no aparece en un lugar cualquiera, sino justo tras habernos descrito la muerte de Germánico y antes de narrar el juicio a sus supuestos asesinos. Una manera como cualquier otra de mostrar la pérdida inmensa del imperio Romano, ya que el difunto fue capaz de poner contra las cuerdas a un enemigo tan peligroso, que tanto daño había hecho a un Imperio Romano en la cúspide de su poder, así como dejar bien clara la vileza de aquellos que habían urdido su asesinato, especialmente de aquellos, como Livia y Druso en lo más alto del poder imperial... aunque este extremo nunca haya podido ser demostrado, ni siquiera que Germánico fuera asesinado, aunque Tácito si nos transmite lo que se creía que había ocurrido en su tiempo (y ya hablaremos de esa visión suya y de su época sobre la dinastía Julio-Claudia).

No obstante, a pesar de tantas refutaciones y puntualizaciones queda el hecho fundamental. Un ciudadano del Imperio más poderosos de su tiempo y alguien además que concebía que su existencia dependía de la agresión y la conquista continua, escribe un elogio de uno de sus peores enemigos, señalándole como más noble y mejor que muchos de los romanos de ese tiempo. Si aún no se comprende lo que eso significa, piénsese que es similar a que un historiador americano de aquí a un siglo, hablase de la grandeza de Saddam Hussein o Ibn Laden, para resaltar la importancia de George W. Bush.

¿Se lo imaginan? Yo tampoco.