martes, 20 de julio de 2010

Affichez vos poems, Affichez vos images (y II)


Había hablado, en la entrada anterior de esta serie, de como tendemos a hacer cristalizar la historia del arte en forma de cánones, o serie de movimientos, autores y obras que se suceden producto de una supuesta lógica evolutiva, y de como alrededor de esta herramienta metodológica crecen todo tipo de mitos y reduccionismos que nos impiden ver la realidad de una época o, por definirlo de una manera más precisa, disfrutar de la variedad de ese tiempo, de ese oscilar entre multitud de caminos, en principio igual de validos, y de los que uno de ellos se aparece como mejor, pasado el tiempo, sólo por el mero hecho de haber sido elegido.
Es misión por tanto de todas las exposiciones de arte, mejor dicho, de las grandes exposiciones, el hacer tambalear esos falsos cimientos y hacernos reparar en como todo pudo haber sido de otra manera, completamente distinta, de como en el arte no hay nada seguro ni previsible, nada cierto ni necesario. La exposición La subversión de las imágenes, abierta en la fundación Mapfre madrilela, es una de esas grandes exposiciones, ya que nos permite ver el surrealismo, el movimiento por antonomasia del siglo XX, con perdón de los informalismos de postguerra, con nuevos ojos, para así poder apreciar mejor en qué consistía eso de ser surrealista, más allá de los dictámenes de su lider Bretón o la idea popular de ese movimiento.

Ya había señalado como esta exposición sirve para quebrar la ecuación surrealismo=pintura=Dalí tan común en tierras hispanas, para mostrarnos la variedad de manifestaciones y artistas que se vieron atraídos por el movimientos, pero no es menos decisiva en disolver la idea del surrealismo como un movimiento exclusivamente de hombres, vedado a las mujeres, y donde éstas aparecían sólo como objeto artístico, frecuentemente utilizado al modo de Sade. Sin embargo, esta exposición nos descubre a un buen número de mujeres que se sintieron atraídas por el movimiento y no dudaron en utilizar sus presupuestos en su creación, como el fue el caso de Lee Miller o Claude Cahun en la fotografía, o de Germaine Dulac en el cine. Unas aportaciones artísticas que durante mucho tiempo han permanecido en el olvido, sea por simple machismo o por la asociación de estas mujeres con uno de los grandes nombres del movimiento, cuya sombra las tapaba por completo, y que sólo la investigación reciente a traído a la luz.

Uno de los casos más hirientes es el de Dora Maar, que para muchos será simplemente el nombre de una de las muchas amantes de Picasso y el tema de bastantes de sus cuadros, pero que esta exposición viene a señalar como una de las creadoras de imágenes más inspiradas del movimiento surrealista, capaz de realizar collages fotográficos a la manera de Ernst, pero sin tener que deberle nada, o fotografías donde el modelo se transmuta en una presencia completamente distinta a la original, y por ello, especialmente inquietante, como es el caso de este retrato más que realista del protagonista del Ubu Roi de Charles Jarry, en el que el primer plano de un armadillo se transforma en la imagen perfecta del personaje, vil y traicionero


o como ocurre con la fotografía que encabeza esta entrada, en la que el apacible interior burgues se revela podrido hasta los cimientos, cubierto de barro y salpicado por charcos en los que se reflejan las ricas paredes de la habitación, y donde las personas que lo habitan se hallan inmersas en actividades no menos repulsivas que ese lugar inhabitable en el que se mueven, al estilo de los sepulcros blanqueados de los que hablara el antiguo testamento.