martes, 6 de julio de 2010

A hopeless Charge

In the darkness, the huge black hull of our ship stood high above the water, and the forward bridge was about to fall down sideways. Were the CO and other officers still in the bridge? What would be their fate now? Soon the bridge disappeared into the water. The Stern, about 60 metres long after Nº6 turret, was above water at an angle of about 50 degrees, stood still, which showed an awkward figure in the night sky. The screws were running in the air hopelessly. Ogawa suddenly found himself weeping.

Testimonio del marinero Ogawa Hideo, de servicio en el acorazado japonés Fuso, según lo recoge Anthony P. Tully en Battle of the Surigao Strait.

En la obscuridad, el enorme casco negro de nuestro buque se mantenía erguido sobre las aguas y el puente de proa estaba a punto de caer a un lado. Estaban aún el comandante y el resto de oficiales en el puente? Qué sería de ellos ahora? Pronto el puente desapareció bajo el agua. La popa, de una longitud de sesenta metros tras la torreta número seis, estaba aun por encima en un ángulo de unos 50 grados, proyectando una extraña forma en el cielo. Las hélices giraban en el aire sin esperanzas. Ogawa se encontró repentinamente llorando.

Los que sigan este blog sabrán de mi interés por la historia bélica, aunque las razones que me animan no sean las habituales. Simplemente, creo que esas narraciones sirven paradójicamente para curarnos un poco de nuestro orgullo y soberbia, al mostrarnos la influencia decisiva que tiene el azar en los asuntos humanos; un aspecto especialmente claro en las battales navales, como la del estrecho de Surigao, narrada en el libro que señalo arriba, donde una máquina como un acorazado o un portaviones, casi el culmen de la técnica de su época, puede ser eliminada en un instante por un torpedo o una andanada certera o afortunada, cambiando así el curso de una batalla o una guerra, e casi de forma independiente de los preparativos o precauciones que se hallan tomado.

O por decirlo de otra manera nada está decidido hasta que termina el combate y uno de los oponentes abandona el campo, de la misma manera que, en frase de los propios militares, todos los planes son válidos hasta que suena el primer disparo.

Este punto, nos lleva a otro importante. Estamos acostumbrados, nosotros los espectadores de este principio de siglo, para los que las guerras son algo que sucedió a sus abuelos y bisabuelos, a ver como el cine reduce los conflictos a términos humanos, al enfrentamiento entre pequeños grupos de hombres, en los que el heroísmo y el carácter de los participantes pueden inclinar la balanza. Sin embargo, somos incapaces de concebir lo que supone un conflicto masivo, en los que cada uno de nosotros, si nos encontráramos allí, no seríamos otra cosa que una mota en el torbellino. En ese sentido, los conflictos navales, sirven también para poner las cosas en su sitio, puesto que cada una de las unidades navales implicadas, puede embarcar cientos de hombres, miles en el caso de un acorazado o un portaaviones, a los que ese torpedo certero o esa andanada afortunada, puede eliminar de un plumazo en un instante, y cuya supervivencia depende del puro azar y la casualidad, de estar en un lugar u otro, de haberse movido de un puesto al siguiente, de haber tomado un camino o al contrario.

Es por ello, que estas batallas navales, vistas desde la distancia adoptan un aspecto abrumador, especialmente una tan gigantesca como la narrada por Tully, una de las cuatro que tuvieron lugar en Leyte entre japoneses y americanos a finales de octubre de 1944, en las que intervinieron decenas de barcos y que culminaron en la práctica aniquilación de la flota japonesa, ya fuera en esos días o en las jornadas siguientes y de la que la acción relatada en este libro, la del estrecho de Sugirao, es un ejemplo perfecto, puesto que en ella, dos acorazados, un crucero y cuatro destructores japoneses, seguidos a corta distancia por otros tres cruceros y cuatro destructores intentaron irrumpir en la cabeza de playa americana, para estrellarse contra un muro de acero, formado por seis acorazados y un sin número de cruceros y destructores.

Una carga suicida de la que apenas hubo supervivientes, muy en sintonía con el espíritu kamikaze que empezaba a despertar por esas mismas fechas en el ejército japonés, pero más que ese afán por morir llevándose por delante al enemigo, que solía desembocar en fracaso, lo que asombra, al leer los relatos de los últimos momentos de esas naves, es otro tipo de heroísmo, la abnegación de los marineros por salvar las naves que habían terminado por amar como si fueran su propia familia, contra todo pronóstico, contra toda dificultad, aun cuando ese torpedo afortunado, esa andanada certera fuera a dar al traste con su trabajo de horas, terminado con su vida y la de sus navío.

Nota: La peripecia que se narra en este libro no es nueva para mí, como aficionado a la segunda guerra mundial ya había tenido noticias de ellas, y de hecho la magnífica web Nihon Kaigun, dedicada a la marina de guerra japonesa, se narra con todo lujo de detalles. Lo increíble, y que demuestra lo importante que es la investigación histórica, es que hasta ahora las horas finales del Fuso habían quedado ocultas en el misterio, al no haberse encontrado supervivientes del naufragio... pues bien, en este libro figuran no uno, dos testimonios, cada uno igual de impresionante.