miércoles, 7 de julio de 2010

A fitting conclusion










Como sabrán los que me sigan en este blog, esta temporada había empezado con los peores augurios, debido a la crisis y a la supremacía del complejo moe/kawai; sin embargo, ha terminado mejor de lo que esperaba, y si algo ha fallado han sido los circuitos habituales de distribución, que han convertido en una pesadilla conseguir esas series en un formato digno.

Por resumir, esta primavera nos ha obsequiado con una nueva serie de Yuasa Maasaki, The Tatami Galaxy, que viene a confirmar de nuevo que este señor es uno de los grandes del anime, capaz de reinventarse a cada iteración; seguida muy de cerca por Saraiya Goyou (La Casa de las Cinco Hojas) de Manglobe, una más que notable serie sobre un grupo de bandidos en el Edo del XIX, que se convierte en un valioso ejercicio de evitar cualquier climax o acentos, muy apropiado al grupo de bandidos que la protagoniza y que intentan pasar desapercibidos ante la policía. Aparte de la consabida serie de Yuasa, Madhouse también ha producido la más que sólida Rainbow, una serie de ambiente carcelario, negra y pesimista, con personajes maduros y situaciones sórdidas, que sólo por el contraste deja al resto de producciones blandas y comerciales de la temporada más o menos a altura del betún.

Dentro de las series que llevan ya un tiempo emitiéndose, destacar la cita mensual con Katanagatari, una serie llamativa al principio únicamente por sus diseños de personajes, pero que poco a poco va ganando enjundia y aliento; y sobre todo, la magnífica conlusión de Bakemonogatari, un año después de que esa sorprendente serie de Shaft y su director Shinbou Akiyuki, nos dejará a todos con la boca abierta.

En puridad, ya son muchas veces las que señalo que las producciones de Shaft son las primeras que debería poner en la picota, ya que muchas de ellas son meros productos destinados a satisfacer a los fans (el famoso fan service) y utilizan todos los recursos de ese complejo moe/kawai que tanto detesto. Sin embargo, mientras que el resto de los estudios se limitan a sacar fotocopias, más o menos mejor animadas, Shinbou y Shaft parecen decididos a comprobar cuales son los límites de lo que se puede mostrar en la TV, caminando siempre por la fina línea del escándalo y jugando con nuestras expectativas.

Con sólo esto Shaft no pasaría de ser otro estudio más un poco más osado. Pero Shinbou conoce perfectamente las posibilidades/limitaciones de la animación, y en cuanto puede no pierde la oportunidad de intercalar diferentes técnicas, añadir secciones más o menos experimentales, jugar con el formato o el montaje, para crear series que pueden disgustar más o o menos, pero que cuando acierta se ponen a la altura de lo mejor que se está haciendo, como bastaría para demostrar los inclasificables opening de sus series, que merecerían ser editados y comentados por separados.

Si tenemos en cuenta todo lo anterior y como Bakemonogatari había sido desde el principio una serie donde Shimbou había decidido soltar las riendas y permitirse todo tipo de audacias y transgresiones formales, este último capítulo ha sido un más que notable fin de fiesta, casi como si se nos hubiera reservado lo mejor para el final. En la amalgama de estilos y aproximaciones que componen el capítulo, en disonancia las unas con las otras, pero en extraña consonancia con lo que se nos está contando, que no es poco, destacan la puesta del revés del cuento de cenicienta con la que inicio esté entrada, donde no es cenicienta quien se convierte en princesa para ser encontrada por el príncipe, sino que es la princesa quien se convierte en cenicienta para ser abandonada/olvidada por el príncipe que espera, lo cual como puede comprobarse, se narra de forma esencialmente visual, mediante un juego de espejos donde los reflejos nos muestran la realidad de lo que ocurre.

O con secciones animadas a la perfección, en full animation (es decir moviendo todos los personajes y no sólo el que habla o atrae la atención) algo muy raro en la animación japonesa, especialmente en las series televisivas.









O con momentos profundamente líricos, a pesar de ser casi explícitos.






Un capítulo, en definitiva que nos viene a mostrar las alturas a las que Shaft/Shimbou habría podido llegar si gozase de la libertad/presupuesto de otros estudios y, sobre todo, lo agradecido que debemos estarle por haber tomado el camino difícil e intentar, en todo momento, que sus series no se parezcan a ninguna otra.