lunes, 19 de julio de 2010

FdI Cuento II: Año 154 a.C. Anatolia

Como había prometido, aquí tienen el segundo cuento de Forjadores de Imperios. Únicamente dos puntualizaciones, en primer lugar, señalar, es más largo el anterior, pero no me ha parecido correcto partirlo, para no romper la tensión del relato; por otra parte, supongo que tras leerlo quedará más o menos clara la estructura de la colección y el correcto sentido en que debe entenderse su título.

Como siempre, más información al final del cuento, y quedan citados para la próxima entrega, el lunes que viene, así que sin más dilaciones.

Año 154 a.C Anatolia

Desde que puedo recordar, el extranjero ha vivido con nosotros, en una pequeña cabaña apartada un poco de la aldea, junto a la senda que conduce a los pastos. Siempre que había una fiesta, los mayores le pedían que nos narrase una de sus fantásticas historias. Él nunca nos defraudaba. Con los ojos embobados, le escuchábamos contar de lugares y gentes imposibles, que para nosotros no existían más que en su imaginación. A buen seguro estaba loco, en eso coincidía toda la aldea, pero los mayores y sobre todo nosotros, los niños del pueblo, no podíamos pasarnos sin él, aunque luego evitáramos cruzar por delante de su casa. No había una razón definida para esa conducta, sólo que no se parecía a ninguno de nosotros, ni nadie sabía de dónde había venido.

Fue mi abuelo quien me habló del día en que los aldeanos, al marchar a las faenas del campo, encontraron a un hombre desvanecido en la plaza del pueblo. Nadie había visto jamás unas ropas como las que vestía aquel extranjero. Aunque hechas jirones, parecían ser extremadamente flexibles y ligeras, preparadas más para ser exhibidas que para proteger del frío o la lluvia. Él mismo no tenía las trazas de un labrador o un pastor como los de nuestra aldea. Así lo demostraban tanto su tez blanca y delicada, nunca expuesta al sol, como sus manos blandas y suaves, que jamás habían manejado la hoz o el arado.

Intrigados, los hombres aguardaron hasta que despertó, pero entonces, en vez de responder a nuestras preguntas, se limitó a implorarnos, presa de la mayor agitación, que no lo entregásemos, que le diéramos asilo. Los hombres rieron. ¿Entregarlo a quién? Hacia años que nadie arribaba a nuestro valle, perdido entre las montañas. Aparte de él y algún mercader extraviado, los ancianos sólo recordaban que sus abuelos decían haber visto cruzar de niños a un número infinito de hombres cubiertos de metal, siguiendo a otro hombre de cabellos rubios al que llamaban rey y frente al cual se prosternaban como se hace ante los dioses. Cuentos de viejos, sin duda. En el mundo no podían existir tantos hombres como contaba aquella leyenda, ni ningún hombre podía consentir en humillarse de esa manera ante otro hombre.

El extranjero, sin embargo, no compartía nuestra opinión. Los reyes existían y no sólo uno, sino multitud de ellos, cada uno con un ejército tan grande o mayor como aquel que nuestros antepasados habían visto pasar. – ¿Para qué necesitan los reyes esos ejércitos? – preguntó uno de los aldeanos – ¿Y de qué comen esos hombres, pues ni cultivan ni pastorean? – añadió otro. – De lo que producen muchos otros hombres – repuso el extranjero – que entregan el producto de sus tierras y de sus ganados al rey. Con esto paga a sus ejércitos y los mantiene, y si no basta, los manda a conquistar otros países y a tomar ciudades, que son como aldeas cien veces más grandes que la vuestra, llenas de riquezas y alimentos, donde se puede encontrar de todo.

Los hombres ya no reían. El extranjero había perdido la razón, pero en su delirio mantenía algo de lucidez. Los hombres no dejaban de plantearle preguntas, deseosos de ver hasta donde sería capaz de llegar en sus mentiras. Intrigados, le proponían cuestiones cada vez más difíciles e intrincadas, esperando que se quedase finalmente sin respuestas, pero él seguía contando, describiendo aquel mundo que, según él, se extendía fuera de las montañas, hasta que fueron los hombres quienes se quedaron sin preguntas.

Decidieron aceptarlo. Le construyeron una cabaña y le llevaban comida a cambio de sus historias, de las cuales parecía poseer una fuente inagotable. Él intentó pagar nuestros desvelos ayudándonos en las tareas del campo, pero pronto quedo claro que jamás había manejado la hoz ni gobernado la trilla. Los hombres y las mujeres se reían a sus espaldas. Alguno le preguntó con sorna cómo se las había arreglado para sobrevivir hasta entonces. En nuestra aldea, ni siquiera los locos eran tan torpes e ignorantes. Pronto le hicieron desistir de sus esfuerzos por ayudarnos y limitarse a entretener nuestras noches, cuando todos, hombres y mujeres, ancianos y niños, nos reuníamos a comentar las incidencias del día.

Durante aquellas veladas siempre había alguien que le preguntaba como había llegado hasta la aldea. En esas ocasiones, él nos hablaba del mar, que era como un inmenso arroyo del cual no podían verse las orillas y sobre el cual flotaban inmensas arcas que llamaban barcos, repletas de hombres que utilizaban maderos para moverlas. Con esas arcas transportaban mercancías de un lado a otro del mundo o libraban batallas en las que los reyes se disputaban el dominio del mundo. Tras el mar, se llegaba a la costa y tras ésta a las llanuras, valles tan anchos que las montañas que los limitaban no parecían más altas que los árboles, tan lejanas que cuando caminabas hacia ellas permanecían inmóviles, fijas en el horizonte, durante días enteros.

En medio de esas llanuras se levantaban las ciudades, ceñidas por murallas y coronadas por torres, donde vivían los reyes en enormes palacios, inalcanzables y ocultos, por encima de los hombres, máscaras eternas e impenetrables del poder. En esos palacios y sólo para el capricho de esos reyes, servía una multitud incontable de hombres, ocupada en oficios que apenas alcanzábamos a concebir, en lucha constante por el favor de los príncipes, en medio de intrigas y conspiraciones, prometiéndose lealtad eterna y traicionándose a cada instante. Fuera de esos palacios se alzaban los templos, infinidad de templos para una infinidad de dioses, casi tantos como hombres, servidos por innumerables sacerdotes, profesando multitud de cultos que se contradecían los unos a los otros, incomprensibles para todos excepto para unos pocos elegidos. En las afueras, protectores y amenazadores, vigilaban las fortalezas y los campamentos donde se escondían soldados y generales, siempre sombríos y violentos, como divinidades furiosas a las que hubiese que aplacar si no se quería ser sus víctimas.

Uniendo a todos, atrapándolos entre sí, se extendía una sucesión interminable de victorias y derrotas, de actos de valor y de cobardía, de ascensiones y caídas, de traiciones y alianzas, incomprensible, inextricable. Tan retorcida y confusa que al final acabamos por hastiarnos de la sucesión de nombres siempre iguales, de hazañas siempre similares. Uno tras otro, el sueño nos atrapaba mientras el extranjero seguía contando y contando, incansable.

Los años pasaron. Mi abuelo fue llamado por los dioses. El extranjero se convirtió en un anciano. Yo en un hombre. Nada detenía el curso prefijado del tiempo. Sólo las montañas y los bosques se resistían a su dominio, eternos e imperturbables.

Hasta que un día, otros extranjeros aparecieron en la plaza, recubiertos de metal brillante que refulgía a la luz de la mañana. Uno de ellos montaba a caballo y recorría la plaza, examinando atentamente todo lo que en ella había. Mi padre y unos hombres se acercaron a él y le preguntaron que quería. Desde lo alto de su montura, el hombre les miró con una sonrisa demasiado abierta y confiada. Lo contrario de sus palabras – Tenéis – dijo – que darnos cuanto alimento haya en el poblado, mis hombres necesitan comida. – Mi padre sostuvo su mirada. – Estamos dispuestos – le respondió – a dar cobijo y provisiones a cualquier desconocido, en cumplimiento de las leyes de la hospitalidad, pero nadie tiene derecho a arrebatarnos la comida de la cual depende la vida de nuestras mujeres e hijos. Si pretendían eso, ya podían marcharse por donde habían venido.

El hombre del caballo continuó mirando a mi padre, sonriendo abiertamente, sin mostrar ningún signo de agitación. En su rostro sólo podía adivinarse cansancio. – Teníamos dos maneras de hacer las cosas – dijo muy lentamente – por las buenas o por las malas. Por las buenas sólo perderíamos la comida, por las malas también la vida. – Mi padre iba a replicarle, pero mientras escuchábamos al desconocido, sus hombres nos habían rodeado, las espadas desenvainadas. No era la primera vez que se encontraban en una situación así.

Quién sabe lo que hubiera ocurrido a continuación si el extranjero no se hubiera interpuesto. Tremendamente agitado, rogó a mi padre que aceptara las exigencias de aquellos soldados. Según él, no había otro remedio. Si nos negábamos no vacilarían en pasarnos a todos a cuchillo. Aunque tuviéramos la fortuna de acabar con ellos, no tardarían en aparecer otros soldados, en mucho mayor número. En ese último caso, no tendríamos oportunidad de parlamentar.

- Mírame.

El jefe de los soldados se había aproximado a mi padre y al extranjero mientras éstos discutían. Todos habíamos escuchado la orden, seca y perentoria, pero el extranjero aparentaba no haberla oído y continuaba hablando con mi padre.

- Te he dicho que me mires.

Esta vez el extranjero guardó silencio. Su rostro reflejaba un inmenso cansancio. Lentamente se giró para quedar enfrentado al jefe de los soldados. Durante unos instantes se estudiaron mutuamente, como intentando adivinar de qué mundo podría provenir cada uno.

- ¿Quién eres tú?
- Un viejo.
- Eso ya lo veo. También veo que no eres un aldeano. Te lo vuelvo a preguntar. ¿Quién eres tú?
- ¿Qué quiere que le responda? Lo que soy puede verlo por sí mismo, un viejo decrépito que se acerca a la muerte. Lo que fui ya no tiene importancia para nadie, el mundo debe haberlo olvidado.
- Eso lo decidirán mis superiores.

Tiró de las riendas y desapareció tan rápido como pudo, seguido de sus soldados.

Los hombres del pueblo rodearon al extranjero para felicitarle por habernos librado del peligro. Él los apartó y se dirigió hacia su cabaña. Cruzó entre nosotros sin mirarnos, embebido en sus pensamientos, sacudiendo la cabeza. La preocupación nublaba su rostro. Mi padre le tomó del brazo e intento retenerle.

- Esto no va a acabar aquí, esto no va a acabar aquí – le oímos susurrar

Le dejamos ir, en el estado en que estaba era inútil intentar animarle. En un par de días todo se le habría olvidado. Sus temores se habrían revelado inútiles. Todo iba a continuar igual, como las montañas y los bosques.

Al día siguiente, encontramos a otro jinete en la plaza de la aldea. Nadie le acompañaba. Tampoco llevaba armas. Mi padre me hizo prestar atención a sus ropas. Eran tan inútiles como las que contaban que el extranjero llevaba cuando le encontraron. Mientras los hombres se reunían, el jinete dejó que su caballo deambulase libremente por la plaza, sonriendo tranquilo, sin importarle que los niños de la aldea se arremolinasen en torno a él y examinasen atentamente sus ropajes y los arreos de su montura. Llegó incluso a acariciar con cariño la cabeza de uno de ellos. Cuando consideró que ya se había reunido bastante gente, reclamó la presencia del jefe de la aldea. Mi padre se adelantó.

- ¿Eres tú? – la mirada del jinete era ahora acerada y fría – No hubiera podido adivinarlo, sois todos tan iguales, tan... Bueno, tanto da uno que otro. Dile a tu gente – como si todo el pueblo no pudiera oírle – que tenéis hasta mañana para entregar al extranjero que vive con vosotros. Si no – y volvió a acariciar la cabeza del niño, retomando su sonrisa dulce y abierta – si no... Bueno, creo que me comprendes ¿no?
- ¿Quién ordena eso?
- El cónsul que manda nuestro ejército y, por su conducto, todo el pueblo Romano.
- ¿Quiénes son esos romanos?

El jinete rompió a reír, sin poder contenerse.

- No sé si vas a entender lo que te diga – continuó, tras secarse las lágrimas – pero presta atención igualmente. Nuestros poetas, y también nuestros filósofos, cuentan que antaño el hombre vivía sin guerras ni reyes, alimentándose de lo que la tierra tenía a bien regalarle. No conocían las riquezas ni la gloria, pero a cambio, eran felices. Medita bien tu respuesta. Procura que este niño al que acaricio siga, como tú, sin saber qué o quiénes son los romanos.

La decisión del consejo de la aldea fue rotunda. No se entregaría a un miembro de la comunidad. En vano el extranjero nos instó a reconsiderar nuestra decisión. Ésta era firme. Si aquellos romanos querían algo de él, que viniesen a la aldea y lo expusiesen ante todo el consejo. El extranjero nos reprochó nuestra, según él, ligereza. Nuestra tozudez y cerrazón le exasperaban. No era tiempo ya de pactar, sino de someterse. No había otra solución si queríamos salvar la aldea. Ninguna otra, pues ya en el pasado otros habían creído poder rebelarse contra los romanos y su locura sólo les había conducido a la destrucción. Así había ocurrido con su ciudad, de la cual había sido desterrado a perpetuidad.

Nunca antes, cuando nos describía el mundo y todo lo que en él se contenía, había nombrado a su patria. Ahora nos enterábamos de que se encontraba en una isla de nombre Rodas y que siempre había sido libre. Jamás había podido conquistarla ningún rey, de los muchos que se disputaban el orbe. Uno tras otro, se habían estrellado contra las murallas y sus despojos habían servido para engalanar la ciudad. Así, mientras las fortunas de los demás ascendían y descendían con la suerte de las guerras, Rodas prosperaba. Su puerto era seguro, como lo eran las aguas que circundaban la isla. Naves venidas de las cuatro esquinas del mundo se concentraban en su rada, cargadas de las mercancías más valiosas, de los artículos más exóticos. La riqueza fluía, constante, sin término.

En algún momento debieron llegar los romanos, sin que nadie se apercibiese. En un principio, se presentaron como garantes de la libertad de Grecia frente a la arbitrariedad de los reyes. En defensa de sus nuevos protegidos, las legiones retaron el poder de los soberanos extranjeros, sin importarles el número de los ejércitos que contra ellas se suscitasen, y, tras larga lucha, les obligaron a retirarse. Por fin, después de muchos años de esclavitud, las ciudades griegas eran de nuevo dueños de sus destinos. En agradecimiento, ningún honor fue escatimado a los vencedores. Cualquier deseo suyo se cumplía sin vacilación alguna. Había que recompensar el desinterés con que habían acudido a la salvación de Grecia.

Un día, sin embargo, Grecia supo que estaba en guerra contra los Etolios. Roma lo había decidido así, para bien de todos. Algunos se atrevieron a apuntar que los Etolios eran también griegos, pero sus voces pronto fueron acalladas. Al fin y al cabo, aquellos Etolios eran bien conocidos como piratas y ladrones, y, si Roma quería librar al resto de Grecia de aquella molestia, bien hacía. El resultado de la guerra estuvo decidido desde el primer momento, como decidido estaba que aquello iba a ser sólo el comienzo.

Paulatinamente, los romanos mostraban un interés creciente por los asuntos de Grecia. No había motivo de alarma. Sólo lo hacían para proteger mejor a sus aliados contra las asechanzas de los reyes, siempre prestos a recuperar el dominio de Grecia. Para evitar ese resultado, decían los embajadores, era deber de todos los griegos unirse más estrechamente a Roma, tener sus mismos amigos y enemigos, y seguir en todo momento el dictamen de la república. No había porqué extrañarse tampoco si, por ajustarse a aquella nueva política, se debiera elegir a unos ciudadanos antes que a otros para el gobierno de las ciudades. Simplemente, aquéllas personas eran las más capacitadas para llevar a cabo aquella nueva política de amistad y cooperación con Roma, su aliado más fiel y seguro.

No había razón para negarse a esas peticiones. ¿Acaso no debían todos los griegos su recobrada libertad a los romanos? En consecuencia, aquellas resoluciones fueron adoptadas por unanimidad, pero no pasó mucho tiempo hasta que los Romanos solicitaron otras nuevas que, como las antiguas, a buen seguro redundarían en el bienestar de toda Grecia.

De todos era conocido que la perfidia y la doblez de los reyes no tenían límites. En ese mismo instante, el oro de los reyes se estaba utilizando para comprar traidores que devolviesen sus ciudades natales a la esclavitud pasada. Sólo la vigilancia y la atención constante de los romanos habían evitado la catástrofe, averiguando y descubriendo la amplitud de la conspiración. Era ahora labor de cada ciudad eliminar aquellos elementos indeseables de su seno.

Al conocer los nombres de los acusados, algunas ciudades intentaron oponerse, pero se encontraron dramáticamente solas. Tuvieron que ceder y agachar la cabeza. El resto de las ciudades estaban ya dominadas por los amigos de los romanos o sentían demasiado temor a incurrir en su ira. Todo aquel ciudadano que discrepará de la alianza con Roma o abrigase dudas sobre ella, tenía razones para el temor. Como poco se encontraría alejado de los asuntos públicos, mientras que sobre su cabeza pendería una perenne amenaza de destierro. O de algo peor.

No fue de extrañar que cuando el joven rey de Macedonia, Perseo, el último de su linaje, arriesgó su reino en una última apuesta contra los romanos, Rodas, la ciudad que había humillado a reyes, se pusiera de su lado. Nadie se sorprendió tampoco al ver la facilidad con que Roma se deshizo de ambos.

Tras la derrota, para salvar la ciudad, los ciudadanos tuvieron que entregar a los cabecillas de la rebelión y perseguir ellos mismos a aquéllos que emprendieron la huida. Sólo los de menor rango consiguieron romper el cerco, buscando para refugiarse las ciudades más pequeñas y más alejadas. Confiaban en que el tiempo traería el olvido, pero uno tras otro el rigor de Roma los fue alcanzando. No podían quedar con vida. Mientras alguno pudiera sustraerse a la condena, el poder de los nuevos amos estaría en cuestión. Tal desafío no podía permitirse. Había que desarraigar del corazón de los pueblos cualquier esperanza de rebelión, por pequeña y vana que ésta fuese.

Por eso estaban allí esos soldados, por eso le reclamaban, para consumar una sentencia hacía largo tiempo emitida y sólo recordada por los dioses y los romanos.

Así habló el extranjero. Creyó que con sus palabras había logrado convencernos, pero, después de tanto tiempo en nuestra compañía, aún no nos conocía. Sus historias no eran para nosotros más que delirios y fantasías, sin ningún crédito más allá del placer que podían proporcionarnos, y, para su desgracia y la nuestra, aquélla nos había resultado especialmente incomprensible y aburrida. Aunque le hubiéramos creído, todo hubiera dado igual, aún éramos demasiado bárbaros como para no considerar sagradas las leyes de la hospitalidad. Él debió comprenderlo aquella noche cuando se retiró a su cabaña, pues huyó aprovechando la obscuridad para entregarse a sus perseguidores. Desgraciadamente su sentencia y la nuestra ya habían sido pronunciadas. Su muerte no bastaba. Nuestra insolencia necesitaba un escarmiento.

El día llegó, como todos los que le habían precedido, fresco y bello, sin anunciar nada de lo que había de ocurrir después. Uno por uno, según se encaminaban a los campos, los hombres fueron apresados por los soldados. Ninguno consiguió escabullirse y dar la voz de alarma. Formados en columna, los condujeron al valle, más allá de las montañas, más lejos de lo que ninguno había llegado a estar en su vida, al mundo exterior que el extranjero nos había descrito tantas veces, a las llanuras y los mares que con él habíamos recorrido. No todos llegaron a verlos, muchos quedaron en el camino, muertos de hambre o agotamiento, ejecutados por sus guardianes simplemente por diversión.

Los que quedaron en la aldea siguieron el mismo camino que los hombres, pero antes de que los soldados irrumpiesen disfrutaron de algunas breves horas de paz. Los ancianos fueron ejecutados allí mismo. No tenían valor material. Mujeres y niños, en cambio, podían venderse bien. Por eso les reunieron a todos fuera del pueblo para dividirlos en grupos de acuerdo con su destino, unos a los mercados de esclavos, otros a servir de bestias de carga en las minas o de cantineras en el ejército romano. Todos destinados a morir fuera de su hogar.

Entretanto, mientras nuestra aldea era saqueada e incendiada y sus habitantes dispersados, el extranjero era conducido de un lugar a otro, para que presenciase todo y no se le escapase ningún detalle de nuestro infortunio. El remordimiento de haber provocado nuestra destrucción debía acompañarle hasta la tumba.

Yo también contemplaba toda la escena, protegido por la distancia, desde el falso refugio de las ramas de un árbol. Hubiera bastado que uno sólo de los muchos soldados que cruzaron por debajo de mí, alzase la cabeza, para que mi destino hubiera sido el de los demás. Sin embargo, yo no tenía consciencia del peligro. Estaba hipnotizado por el espectáculo que ocurría ante mis ojos. Sin sentir ningún miedo, seguía con la vista a los soldados que abandonaban brevemente su tarea y venían a descansar un rato bajo la sombra fresca del árbol dónde yo estaba.

Aún recuerdo cada detalle. Las cotas de malla, sucias y desgastadas, que les llegaban hasta las rodillas. El escudo oblongo que colgaba de sus cuellos, lleno de abolladuras. La barba de varios días y los cabellos descuidados. El agotamiento que cubría sus rostros y entorpecía sus movimientos. La profunda indiferencia y desinterés con que acataban las órdenes más crueles, como elementos de una rutina largamente repetida y ya sin ningún significado.

El azar o los dioses me habían salvado. Por segunda vez. La noche anterior, un poco antes del alba, había abandonado la cabaña de mi familia y me había encaminado, sin saber el porqué, a la del extranjero. Encontré la puerta abierta, pero no me atreví a entrar. Permanecí largo rato de pie en el umbral, la mirada fija en la obscuridad del interior de la cabaña, hasta que algo vino a sacarme de mi ensueño. Metal chocaba contra metal.

Rápidamente me deslicé entre los matorrales del camino. Varias sombras cruzaron frente a mí, acompañadas por ese sonido y desaparecieron de nuevo en la obscuridad. Sin levantarme, giré sobre el suelo y me arrastré lentamente, procurando no hacer ruido, tratando de salir de la zona por la que aquellos desconocidos se acercaban al pueblo. El menor sonido, el menor movimiento, me hacían detenerme y aplastarme contra la tierra. Les oía respirar y cuchichear a mi lado. Intenté volver al pueblo dando un rodeo, pero siempre acababa por toparme con alguno de ellos. Todas las entradas estaban cerradas. Todo lo que yo amaba, todo lo que había conocido estaba ahora encerrado detrás de un círculo impenetrable. Jamás me sería permitido volver a franquearlo.

El alba me sorprendió encaramado al árbol que me sirvió de escondite todo aquel día. A la llegada de la noche no me atreví a abandonarlo. Debían haber dejado retenes para capturar a los fugitivos. Quizás alguien había delatado mi presencia y seguían allí, esperándome. La aldea ardía por los cuatro costados y de vez en cuando una silueta se recortaba contra el resplandor de los incendios. Acabé por dormirme sobre la rama.

El frío de la mañana me despertó. Vagué sin rumbo entre los rescoldos. Nada se había salvado. Habían saqueado a conciencia. En los prados encontré los cadáveres de los ancianos. Ni siquiera se habían molestado en atarlos.

Eché a correr hasta caer rendido. No sé en que dirección. Sólo quería alejarme de aquel horror.

Cuando desperté me rodeaba un grupo de jinetes armados. La roña les cubría, como a los soldados que habían invadido nuestra aldea, y en sus ojos brillaba el mismo cansancio e indiferencia que tan familiar se me había hecho. Sólo sus armas y corazas eran distintas, ninguna igual a otra. Uno de ellos se me acercó con la espada desnuda, pero antes de que me golpeara, otro le hizo seña para que se contuviera.

- ¿Eras de la aldea?

Asentí.

- Normalmente, no dejamos testigos, pero nos falta gente. Así que puedes elegir, muchacho. Morir ahora a nuestras manos, o dentro de unos años, a manos de los romanos. ¿La diferencia? En esos años de vida que te regalamos habrás eliminado a algunos de ellos. Creo que eso te puede interesar.

Me tendió una espada. Cuando la tomé en mis manos, la sentí muy pesada, pero cuando la empuñé me pareció ligera como una pluma, como si fuera una parte de mi propio brazo.

Desde aquel día mi vida fue la de un bandido. Ellos se convirtieron en mi única familia. Siempre en movimiento. Siempre en continuo peligro. Poco a poco, los miembros de la banda fueron cayendo, en refriegas sin nombre, capturados y crucificados por los romanos, abatidos por las enfermedades. Sin embargo, a pesar de las bajas, nunca nos faltaron reclutas, ya se ocupaban los romanos de suministrárnoslos. Llegamos a ser un pequeño ejército y yo lo mandaba. Varias veces hicimos huir a los romanos, pero sólo fueron victorias pasajeras. Siempre volvían. Frente a su poder, sólo nos quedaba el recurso de la huida, hacia regiones cada vez más alejadas y recónditas.

Pronto se nos acabará la tierra. En ese instante, no creo que a ninguno nos importe morir, sea por nuestras propias espadas o por las de los romanos. No merece la pena vivir en un mundo que sólo habitarán esclavos.


Nota: Si bien el trasfondo histórico es cierto (la rebelión de Perseo, la persecución implacable de todos los que se habían unido a él) las peripecias concretas son inventadas