sábado, 17 de julio de 2010

Reading the Bible (y VI)

Díjole Yave: Sal afuera y ponte en el monte ante Yave. Y he aquí que va a pasar Yavé. Y delante de él paso un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas; pero no estaba Yavé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yavé en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yavé en el fuego. Tras el fuego vino un ligero y blando susurro. Cuando lo oyó Elías, cubrióse el rostro con su manto, y saliendo, se puso en pie a la entrada de la caverna y oyó una voz que le decía estas palabras: ¿Qué haces aquí, Elías?

1 Reyes, 19, 11-13


Ciertos libros de la Biblia reciben el nombre de históricos, porque en ellos se nos narra la historia del pueblo de Israel desde el origen del mundo, hasta las guerras de los Macabeos en el siglo II a.C. La mayoría de lo que allí se cuenta no tiene confirmación en otras fuentes, fuera de la Biblia, lo que hace muy difícil separar la leyenda de la realidad, lo inventado de lo ocurrido, especialmente por la manía de los autores de la Biblia por hablar en vaguedades, como sus continuas referencias a faraones de los que no se nos dice el nombre.

Por supuesto a medida que los hechos se alejan del pasado remoto, la situación mejora algo. Los libros de los macabeos tienen lugar en un contexto perfectamente conocido, el de los sucesores del imperio de Alejandro, con lo que los personajes que aparecen no son desconocidos y la versón de la Biblia puede en cierta manera contrastarse. Esto por supuesto no quiere decir que las noticias bíblicas sean cien por cien fiables, ya que el propósito original de la biblia es mostrar la acción de dios en el mundo, expresada en su relación con el pueblo elegido, frente a lo cual todo es secundario, sin importar que para conseguir ese objetivo se tenga que recurrir a la distorsión o a la omisión. Especialmente notable en esa época tan estudiada es el silencio que la Biblia guarda con respecto a los sucesos que dieron lugar a los manuscritos del Mar Muerto, que nos narran un cisma importante del judaísmo, acompañado de luchas políticas y magnicidios, lo cual sería incómodo para la versión que la biblia intenta propagar, de un pueblo unido por su fe contra las influencias disolventes de la cultura helenística.

Otro de los libros más interesantes de la biblia, desde un punto de vista histórico y arqueológico son los de los Reyes, primero y segundo. En el tiempo allí narrado, el Levante mediterráneo y por ende los reinos de Israel y Judá se convierten en campo de batalla de las grandes potencias del oriente próximo, Egipto, Asiría y Babilonia. Por primera vez el texto bíblico recoge nombres identificables, como el del faraón Seshonq y el de los reyes Asirios, y por primera vez también, es posible encontrar versiones que confirmen lo narrado en la Biblia, no ya en los anales asirios, sino en los monumentos de los reinos circundantes, como es el caso de la piedra de Mesa.

Esto puede parecernos ahora normal, incluso evidente, pero hay que retraerse a los inicios de la arqueología, en el siglo XIX, y ponerse en el lugar de los primeros arqueólogos, que sólo contaban con los escasos datos de la biblia, para comprender la emoción que debió embargarles, al encontrar que aquellos pueblos de los que tenían vagas referencias habían existido en realidad y su imperio había dominado el mundo conocido. Sin embargo, a pesar de estas sincronías, la información histórica que se puede extraer de la biblia referente a sus vecinos es escasa, casi nula. El escritor bíblico presenta una absoluta indiferencia hacia todo lo que no sea su cultura y su pueblo (y dentro de su estrecho terruño a todo lo que no sea su dios y su religión) que traiciona al fanático que piensa que cualquier conocimiento exterior puede apartar a los creyentes del camino que él considera recto.

En este sentido es interesante establecer una comparación con el modo en que los griegos enfocaron la historia cuando la fundaron. Para ellos, el conocimiento de los pueblos vecinos es crucial para conseguir entender los hechos que acontecieron y no es extraño verlos abandonarse en largas digresiones etnográficas. Así Heródoto, para contarnos la historia de las guerras médicas dedica la mitad de su obra a explicarnos quienes eran esos persas y como llegaron a donde llegaron (y por supuesto quienes eran los pueblos a los que conquistaron), mientras que Polibio, unos siglos más tarde, lo primero que hace es preguntarse quienes eran esos romanos que habían conquistado Grecia, para obsequiarnos con un detalladísimo análisis de sus costumbres y gobierno.

Un loable esfuerzo de curiosidad intelectual que explica porqué seguimos considerando a esos autores como los fundadores de nuestra cultura y que contrasta con la obsesión del autor bíblico por ceñirse a narra los muchos modos en que los hebreos han traicionado a su dios y los muchos modos en que éste los ha castigado, a los culpables o a sus descendientes, fueran o no piadosos ellos mismo. Un restringido marco intelectual que incluso en una época en que Israel y Judá eran actores centrales en el torbellino político de Oriente Próximo hace tirarse de los pelos al estudioso actual, ya que el compilador del libro de los reyes es capaz de escamotearnos hechos tan cruciales como la caída del imperio asirio, que simplemente deja de figurar en la narración, cuando su caída debió retumbar en todo el entorno mesopotámico y solo el derrumbamiento un enemigo implacable como ése, debería haber hecho prorrumpir en aclamaciones al escritor bíblico.

Pero... se preguntará el lector ¿Qué tiene que ver todo esto con el texto que se ha elegido? Simplemente que la Biblia no es una obra de un solo autor, sino un tejido construido con piezas dispares y desiguales, remendado y recosido una y otra vez, de forma que en un pasaje podemos encontrarnos con el dios iracundo y vengativo, dispuesto a castigar cruelmente a su pueblo por la menor transgresión, para de repente transformarse en una figura completamente distinta, una presencia que no se aparece en los grandes cataclismo o revoluciones, sino en el silencio o en la paz.

No es extraño, por tanto, que los herederos cristianos del judaísmo, hayan hecho de este pasaje uno de sus favoritos, al aproximarse a su concepción del creador.