jueves, 1 de julio de 2010

Drifting (y III)

Ceux qui croient qu'une femme ne suffise pas à rendre un homme également heureux dans toutes les vingt-quatre heures d'un jour n'ont jamais connu une Henriette. La joie qui inondait mon âme était bien plus grande quand je dialoguais avec elle pendant le jour que lorsque je la tenait entre mais bras pendant la nuit. Henriette ayant beaucoup lu, et un goût naturel, jugeait bien de tout, et sans être savante elle raisonnait comme un géomètre... Un fille a la fin qui n'ai pas l'esprit dégagé, no offre aucun ressource à l'amant après la jouissance matérielle de ses charmes. Un laide brillante par son esprit rend amoureux un homme si bien qu'elle ne lui lasse rien à désirer. Que devait-je donc être avec Henriette belle, spirituelle et cultivée? Incapable de concevoir la grandeur de mon bonheur.

Giacomo Casanova, Histoire de ma vie, volumen 3, capítulo 3

Los que creen que una mujer no basta a mantener un hombre dichoso las veinticuatro horas del día no han conocido jamás a una Henriette. El goce que inundaba mi alma era mucho mayor cuando conversaba con ella durante el día que cuando la tenía entre mis brazos durante la noche. Habiendo leído mucho y dotada de un gusto natural, sin ser sabia razonaba como un geómetra... Una joven en definitiva que no tenga una mente despierta no ofrece nada substancial a su amante tras el goce físico de sus encantos. Una fea de mente brillante es capaz de enamorar a un hombre de tal manera que no le queda nada más que desear. Cuál era mi estado entonces con Henriette, bella, espiritual y educada? Era incapaz de medir mi felicidad.

En la cultura popular es frecuente utilizar de forma indistinta las figuras de los dos grandes seductores de la historia de occidente, Casanova y Don Juan (dejando a un lado la figura de Sade), cuando cualquiera que simplemente haya repasado las apariciones de ambos mitos puede darse cuenta de que les separa un inmenso abismo.

El primer detalle que debería servir de llamada de atención es que ambos tienen su origen en siglos diferentes. Casanova, como ya he indicado varias veces, en un siglo XVIII en el que las constumbres se relajan y donde se toleran comportamientos impensables en siglos anteriores, como muy bien nos vendría a recordar toda una literatura moralista, tipo les liasions dangereux, extrañamente de moda en la década pasada, y que serviría de base para construir la imagen de un XVIII y decadente que nos legó la revolución francesa y que la rigidez moral del XIX se esforzó en mantener como ejemplo de lo que no se debía tolerar.

Sin embargo, Don Juan aparece un siglo antes en el XVII, en un momento en que las guerras de religión aún asolan Europa y como se recogió en terrible expresión: "había que matar los cuerpos, para salvar las armas". Teniendo esto en cuenta, es fácil notar que en la figura de Don Juan poco hay de gratificación sexual o de alegría, lo que le interesa al personaje atribuido a Tirso de Molina no es el juego amoroso, sino el reto. Para él, lo importante no es la mujer objeto de su conquista o el placer que pueda obtener de su compañía, sino los peligros que ha de sortear, los desafíos que afrontar. Cuanto más encerrado y custodiado esté su objetivo, cuantas mas leyes, humanas y divinas, haya que quebrar para conseguirlo, cuantos más muertos o desgracias se dejen a su paso, mejor será y mayor gloria habrá de obtenerse. O como decía Ortega (¿o era Unamuno?) el auténtico pecado de Don Juan no es la lujuria, sino el orgullo.

Así, podría decirse que si una mujer se ofreciera a Don Juan libremente, sin ponerle ningún impedimento, este mito amoroso seguramente se daría media vuelta y se marcharía, ya que una conquista tan fácil no le ofrecería ningún motivo de excitación o de glorificación posterior. Extraño asímismo que un personaje de este calibre, cuyo rasgo característico es la transgresión y el desafío, que culmina en su caída al infierno, voluntaria y entre risas, haya intentado ser salvado una y otra vez por los escritores del siglo XIX (piénsese en Zorrilla) en auténticos ejemplos de adaptaciones rebajadas para públicos ñoños y temerosos que no soportarían enfrentarse con el mito en su auténtica forma.

Nadie ha intentado salvar a Casanova, si lo hicieron recientemente con Sade en el cine, pero sí que nos lo han mostrado como un hombre melancólico y triste, reflejo perfecto de un siglo decadente y moribundo. Sin embargo, nada parecido a ese supuesto Zeitgeist se puede encontrar en las páginas de Casanova. Si, por el contrario, una inmensa alegría y una no menos inagotable curiosidad sexual, que se expresa, al contrario que en el caso de Don Juan, de forma eminentemente consensual, por utilizar la palabreja moderna, en donde lo que importa es que ambas partes disfruten por entero del juego al que se entregan, sin remordimiento ni arrepentimientos. Así, en ningún instante aparecen en la narración de Casanova los maridos engañados, las mujeres abandonadas, los padres deshonrados que persiguen al Don Juan del siglo anterior, y sí, una larga lista de mujeres que siguen recordando con cariño a ese hombre al que amaron, sabiendo que no podrían conservarlo para siempre.

Y para terminar, la última diferencia, la que explica el fragmento que he incluido. Para Don Juan, la importancia de una mujer estriba, como ya he dicho, en la gloria que le reportará su conquista. No tiene otro valor que el de una pieza de caza que se muestra orgulloso a los amigos. Casanova, por supuesto, es un hombre de su tiempo, que considera a las mujeres como inferiores a los hombres pero que admira en sus amantes, no sólo la belleza, sino especialmente la inteligencia, el disfrutar del amor de alguien que es también tu amigo y tu camarada, con el que se puede compartir todo lo que te aqueje, como le ocurriera con esa desconocida de nombre Henriette a la que nunca pudo olvidar, como no pudo olvidar a ninguna de las mujeres a las que amó en su vida.