miércoles, 30 de junio de 2010

Workshop



Este fin de semana he estado viendo, con bastante retraso, hay que confesarlo, la última película dirigida por Miyazaki Hayao, Gake no Ue no Ponyo (Ponyo, la de lo alto del acantilado, sería una traducción aproximada) y a pesar de lo mucho que me ha gustado, no he podido evitar una cierta impresión de extrañeza, motivada quizás porque esta puede ser la última película de Miyazaki como director, puesto que su edad empieza a hacerle imposible la intensa implicación personal en sus obras que le es característica, plasmada en el hecho de que él llegaba a animar gran parte de la película y lo que no podía lo revisaba personalmente, cuadro a cuadro, por lo que será triste verle limitado la mera producción de las películas de su estudio, aunque hay que dar gracias que esa transición se haya producido mucho más tarde que en el caso de Disney, lo cual se explica porque el americano nunca fue tan buen dibujante o animador como el japonés.

Extrañeza decía, así que es justo que explique mis impresiones. Ya desde que se anunció el comienzo del rodaje de esta película, se nos anuncio que iba a ser distinta, en el sentido de constituir una vuelta al pasado, ya que en ella se volverían a utilizar las técnicas de animación por acetatos, completamente abandonadas desde el 2000 con la adopción del ordenador para la 2D. Queda por saber en qué medida se ha llegado a utilizar el ordenador, esa herramienta indispensable, en la producción, pero el resultado final muestra la clara intención de subrayar todo lo manual y dibujístico que había en la animación de antaño, intentando huir en todo instante de la sensación de asepsia y excesivo pulido que provoca el trabajo en el ordenador.

Este paso atrás no queda limitado a los aspectos visibles, desde un punto de vista narrativo, Miyazaki parece haber realizado un remake o al menos haber tomado gran parte de sus elementos, de la cinta Panda Ko Panda, que realizaran en tandem Takahata y él hace casi cuarenta años, especialmente en toda la larguísima secuencia final. Pero más que en esos elementos coincidentes, la mayor similitud estriba en que Ponyo es una narración casi sin historia, o mejor dicho donde no se nos explica la razón de lo que estamos presenciado (de hecho los peores momentos son aquellos en los que se intenta dar una visión más clara de lo que sucede), sino que se circunscribe al periodo temporal en el que transcurre la peripecia argumental, subrayando el momento presente y haciendo visible la belleza de cada instante. Una obsesión por el pequeño detalle, incluso cuando por su duración o posición en la pantalla sea prácticamente invisible para el espectador, que permite hacer creíble lo increíble, real lo fantástico, presente el cuento de hadas.

Queda un punto más, el que explica las capturas que he añadido y el título de esta entrada, hay pequeñas secciones de la película o de los encuadres que se apartan del estilo realista de Ghibli, plasmado en la ausencia casi completa de deformaciones en los diseños de personajes y en su cumplimiento a rajatabla de las leyes de la física. Aquí, por el contrario, bien sea por deseo expreso del propio director, piénsese en la excepción que es Tonari no Yamada en la producción Ghibli, o por la acción del taller en las partes de las que el propio maestro no se pudo ocupar, que aparecen estilos impropios del estudio, pero no por ellos menos efectivos o apropiados.

Se trata como he intentado ilustrar en las capturas, de la disolución del diseño de Ponyo en su caricatura, especialmente visible en la secuencia de su huida de la prisión submarina o de toda la representación del oleaje del mar en la secuencia del viaje en coche de Sousuke y su madre, del pueblo hasta su casa, con las olas transformadas en montañas y trazadas con apenas cuatro rayas, cuando apenas unos instantes antes hemos visto descrito el mar de forma casi hiperrealista, lo cual convierte esa escena en una ilustración de cuento y sirve de transición a los aspectos más irreales y mágicos de la película.

Resulta difícil pensar que esto se deba a un descuido de Miyazaki y a una intrusión del taller, pero ambas desviaciones, la caricaturización y la ilustración, están en claro contraste con toda la producción anterior del estudio, basada en el realismo en ambientes y personajes, e incluso con lo visto, y conseguido, en otras secciones de la película.

Lo cual no quita un ápice a la grandeza de la película, una más que digna despedida del autor japonés.