jueves, 10 de junio de 2010

Endless Coils



























Muy a menudo me gusta comparar la animación con la poesía.

No es porque la poesía (o la animación) sean más poéticas o más bellas que otros géneros en sus respectivas artes. Es simplemente porque el verso siempre es más difícil que la prosa, tanto para el escritor como para el lector. Pocas actividades más complejas (y nobles) debe haber que prensar conceptos y destilar metáforas en unas pocas palabras, que deben ser las justas y precisas, tensas y preñadas que diría Gracián, si se quiere sortear el ridículo y las mofas. Lo mismo que supone en ese arte que llamamos cine, el realizar varias decenas de miles de dibujos (o fotografiar esa misma cantidad de pequeños movimientos) para conseguir unos escasos minutos de película en los que todo case y la ilusión se mantenga.

Así que ocurre que pocos poetas hay de edad avanzada. La poesía es obra de jóvenes, cuando las fuerzas aún no se han gastado, el ánimo no teme a los retos, y la mente es ágil, capaz de encontrar las sutiles e inesperadas relaciones entre las palabras. Pocas cosas hay más triste que un poeta en su vejes, donde las revelaciones repentinas han sido substituidas por inmensas edificaciones, pesadas y desprovistas de gracia. De la misma manera, llega un momento que los animadores abandonan su profesión, hartos del inmenso trabajo que esta conlleva, incluso ahora, en época de ordenadores, temerosos también de pudrirse en su ejercicio, y pasan a otras funciones poco relacionadas con ella (como Disney que acabo diseñando parques de atracciones) o intentan saltar al cine de personajes reales, aparentemente más fácil, puesto que en él los que actúan son los actores y no la mente del animador.

Pocos consiguen dar ese salto. En la transición, la mayoría pierden aquello que les hizo especiales en su género y terminan haciendo malas copias de las películas de moda en su tiempo. Muy, muy pocos, como George Pal o Frank Tashlin, consiguen tener un par de obras que igualen su producción anterior, bien, como Pal, cambiando completamente su registro, o como Tashlin, adaptando la locura Warner a las andanzas del cómico de fama. Casi ninguno, si exceptuamos a Svankmajer, es capaz de mantener intacto su estilo, su visión y su compromiso artístico, de forma que sus obras animades y reales sean casi indistinguibles, complementándose las unas a las otras.

Entre esas excepciones están The Brothers Quay, esos gemelos americanos que se dedican a la animación, de los cuales he visto este fin de semana, su primera obra de personajes reales, Institute Benjamenta, basada en la novela Jakob von Gunten del escritor suizo modernista Robert Walser, y con uno de los subtítulos más hermosos que uno recuerda, el This dream people call human life.

¿Y qué es lo que caracteriza a The Brothers Quay? hace unos años, cuando descubrí a esta pareja de directores (y enamoré de su estilo) lo intente describir a un conocido, explicándole que ellos representaban siempre el mundo decadente de la europa de 1900. Esto y unido a la palabra animación, le hizo pensar en historias de cuentos de hadas, ambientadas en castillos germanos, lo cual poco tiene que ver con las pretensiones y resultados que estos animadores consiguen en sus peliculas.

Como es sabido, estos dos directores se dedican en exclusiva a la stop motion, creando un mundo sometido a variados grados de descomposición, donde sus habitantes, objetos mecánicos, como relojes, tornillos o piezas metálicas, junto con antiguos muñecos y marionetas, más o menos destartalados, se dedican a actividades absurdas, atrapados en una repetición ritual de actividades que no producen ningún resultado y que resultan incomprensibles para nosotros los espectadores. Un mundo que definido así, la mayoría de la gente no dudaría en calificar de Kafkiano, sino fuera porque ellos han huido siempre de adaptar cualquier obra del autor checho, aunque sí han adaptado prácticamente la de muchos de los escritores heterodóxos de ese 1900 europeo, desde Robert Walser y Bruno Shulz, hasta los delirios de enfermos mentales de ese mismo tiempo.

Un mundo surreal, en el sentido de intentar transmitir un signíficado que permanece oculto a todos nuestros intentos por descifrarlo, que se mantiene intacto en esta su primera obra de personajes reales, diferente solo de sus obras animadas, en ese detalle y su duración. Aquí tenemos, como en tantas de las obras de ese periodo, al extraño que llega a un ambiente aparentemente normal, esa academia Benjamenta del título, aparentemente dedicada a la instrucción de criados, pero que inmediatamente se verá atrapado en un laberinto del que no podrá salir y que acabará por destruirle, al serle imposible, como a nosotros, llegar a descubrir la clave que explica ese caos ordenado en el que vive, y que tan natural parece al resto de sus habitantes.

Un absurdo, un círculo vicioso, perfectamente expresado en la secuencia que he intentado capturar, en ese suelo de un bosque de pinos en medio de un edificio, de pasajes que vuelven a llevar al punto de partida, de relojes en eterno movimiento que apartan el polvo de años que se ha acumulado en la raya del tornillo que atraviesan a cada momento.