martes, 7 de febrero de 2017

Laberintos, traiciones y engaños autoinfligidos

















En general, la producción de anime está dirigida a un segmento muy preciso de edad: los adolescentes de secundaria. No es extraño, por tanto, que la inmensa mayoría de las series - especialmente en estos tiempos de victoria del complejo moe/kawai - estén ambientadas en el entorno escolar. Tampoco debería ser una sorpresa que un tema omnipresente en ellas sea el descubrimiento del amor y el sexo, aunque sí debería serlo el modo en que éste es tratado. La sociedad japonesa sigue siendo bastante conservadora y sexista, de manera que las historias cuyo tema es romántico siguen desarrollos y plasmaciones distintas según el sexo al que estén destinadas.

En el caso de lo que podríamos llamar shojo, e incluso josei, orientados respectivamente a jovenes adolescentes y mujeres jóvenes, el enfoque está orientado predominantemente a los sentimientos. Aunque pueda filtrarse cierta libertad y franqueza sexual, la historia siempre subrayará la amistad entre la protagonista y sus compañeras femeninas, expresándola como fuerza capaz de superar cualquier conflicto de manera positiva, mientras que la historia de amor que sirve de hilo conductor se desarrollará a paso de caracol, con exagerada delicadeza y respecto, de lo que son buenos ejemplos Kimi ni todoke (2009, 2011)  o Ao Haru Ride (2014). En el caso de las pocas series románticas shonen, la evolución puede ser más apresurada, brusca incluso, así como contar la presentación del sexo más descarada, cercano al material masturbatorio, pero aún así quedará un punto de retención y conservadurismo, de mojigatería, que impedirá que las cosas se consumen, caso de las dos Amagami (2010, 2012) o de la muy reciente Seiren (2017)

Esto lleva a la paradoja que las series que son más sinceras en lo referente a estos primeros amores suelen ser aquéllas en donde el romance no es el tema principal de la narración, sino donde se incluye como elemento dramático esencial en el desarrollo de los personajes, como ocurría en Parasite (2014). De esa manera, son escasas, muy escasas, las series que teniendo como motor principal de su trama la plasmación de los conflictos amorosos, son capaces de reflejar con precisión y verosimilitud el torbellino de esos sentimientos recién descubiertos, que no se sabe aún reconocer con precisión, ni mucho menos controlar. Entre ellas, la sorprendente White Album 2 (2013) o la no menos inclasificable Kuzu no Honkai (El deseo de un miserable), estrenada esta temporada, y que ahora les comento.

No es que Kuzu no Honkai no esté plagada de estereotipos, algunos usados hasta la saciedad. Ahí tenemos la hermana pequeña enamorada de su hermano mayor o los amigos de infancia entre los que nace una relación romántica, destinada ya a perdurar por y para siempre. Sin embargo, sortea estas trampas convirtiendo todas esas atracciones y deseos en unilaterales. Nadie corresponde a nadie en su amor, ni es posible que llegue hacerlo, puesto que todos están cegados por sus respectivas obsesiones. La historia se encauza así como descripción de sucesivas frustraciones, de callejones sin salida en los que cada personaje se ha encerrado voluntariamente. Ellos junto con su deseo de posesión física.

Un ansia por el cuerpo de la otra persona que, como sabrá cualquier persona que esté viva y lo haya experimentado, linda con la locura. No se puede apaciguar ni saciar más que obteniendo el imposible, el favor que nunca se concederá, llevando, por tanto, a cometer la mayores bajezas, a soportar las más hirientes humillaciones. Incluso a buscar el consuelo en otros cuerpos a los que no se ama, o al menos no con esa intensidad extenuante, en busca de un olvido pasajero, de un alivio temporal que incluso cuando roce el éxtasis se sabrá frágil y quebradizo, mentiroso y falsario. Cuchillo en la herida que tan doloroso es para el que lo empuña como para el que lo siente clavado en su ser.

Porque al final, de esas relaciones basadas en el engaño, que nunca habrían cobrado realidad si las ansiadas se hubieran consumado, sólo puede surgir el odio, el resentimiento y la amargura. Cuando ambos compañeros en la simulación se den cuenta de que se están mintiendo, al otro y a sí mismo, que de su falsedad no puede surgir no ya el verdadero amor, sino ese olvido que todo lo cura. Ese fin de la obsesión que sólo se percibe pasado ya mucho tiempo, como si la obsesión amorosa no fuera otra cosa que costra de una herida, que un día descubrimos se ha caído y que, pronto, no dejará ni siquiera cicatriz.