jueves, 2 de febrero de 2017

Cine Polaco (I): Salto (1965) Tadeusz Konwicki

















Entre las pocas buenas noticias de este tumultuoso comienzo de año - miedo me da lo que aún pueda depararme teniendo en cuenta como ha empezado - figura el que haya podido hacerme con la colección de cine polaco compilada por Martin Scorcese. Se trata de 24 películas de 1950 a 1990 escogidas entre lo mejor de esa filmografía, con directores tan importantes como Wajda, Zanussi, Kawalerovicz, Has y muchos, muchos otros.

Como sabrán de mis aficiones animadas, soy un rendido admirador del cine de la Europa del Este creado en el periodo comunista. En parte se debe a que en mi infancia y juventud, durante los 70 y 80, era relativamente fácil toparse en la programación televisiva con obras de esa procedencia, que, comparadas con el cine comercial de occidente, era completamente distintas, originales intrigantes, enigmáticas, y por ello mismo, fascinantes. Al crecer, mi admiración por ese otro cine no ha hecho más que aumentar, puesto que a pesar de surgir en condiciones de censura estricta, que miraba con lupa cualquier posible desviacionismo político de los autores respecto a la ortodoxia impuesta por el partido comunista, éstos se las arreglaron para engañar y confundir a esa misma censura, haciendo así posible la plasmación de sus ideales estéticos. Aunque muchos de ellos, es cierto, hartos de luchar y ser silenciados, optaron por el exilio a occidente - en demasiadas ocasiones catastrófico para sus carreras posteriores - o incluso por el silencio y el abandono de su profesión, ya fuera impuesto o elegido como protesta.

Salto, dirigido en 1965 por Tadeusz Konwicki es una película que no conocía, pero constituye una buena introducción al cine polaco de ese tiempo, tanto en sus virtudes como en sus limitaciones. Como sus hermanas, narra su historia con un ritmo pausado, casi ponderoso, sin permitirse jamás, excepto muy brevemente, acelerones o virtuosismos de montaje. Como ya les había indicado, este tempo embridado es precisamente lo que separaba estas películas de manera abismal del nerviosismo del cine comercial occidental coetáneo, y aún mucho más de las convulsiones epilépticas del contemporáneo. Añádase, por otra parte, a esta lentitud que normalmente el cine polaco hacía expresa renuncia a los flashbacks - y los pocos que pudiera haber eran opacos y cripticos -, mientras que los personajes no hablaban de lo que ellos ya sabían pero el público no, quien debía ir uniendo cabos para intentar reconstruir y entender lo que veía, y tendrán una idea de la experiencia que suponía ver cualquier filme de los países del este.

Este velo de misterio creaba un aura especial de fascinación, tanto más atractiva cuanto más joven se era, puesto que en esas edades la persona se enfrasca descubrir un mundo nuevo que por primera vez cree poder comprender por si solo, sin que nadie se lo explique. En el caso de Salto, estas características de estilo son especialmente apropiadas al contenido de la película, que no es otra cosa que misterio sobre misterio, preguntas sin respuestas, respuestas que no proveen ninguna explicación. Por supuesto, parte de este envoltorio críptico es causa directa de la presencia de la censura comunista, siempre alerta para atajar cualquier posible crítica al sistema perfecto erigido en esos países, excepto que ésta fuera exigida por las consignas expresas del partido. Sin embargo, un ojo atento puede descubrir que muchos de estos enigmas son fácilmente descifrables, a pesar de su ambigüedad y falta de referencias concretas, con sólo tener una somera idea de la historia y la situación política de la Polonia de entonces.

Porque Salto es la historia de un fugitivo, que no sabemos de quién huye ni por qué, aunque en sus sueños aparezcan deteniéndole los guerrilleros del AK (la resistencia polaca de derechas contra el nazismo), soldados de la Wehrmacht y miembros del refundado ejército comunista polaco tras la conquista soviética. Se trata de alguien que acaba recalando en una aldea perdida, fuera del tiempo y de la geografía, donde parece ser que él mismo vivió mucho tiempo atrás, y donde habitan muchas otras almas perdidas, sobrevivientes de quien sabe qué otras catástrofes y naufragios. Un  lugar que, por otra parte, no es más que un refugio pasajero, no sólo por las amenazas exteriores que lo cercan, se aproximan paulatinamente y terminarán por abrumar a sus habitantes, sino por las tensiones entre estos mismos, cada uno custodio de su soledad y de su secreto, en continuo conflicto y combate con lo otros. Una lucha interrumpida sólo, como es el caso, cuando ese odio y esa violencia pueden proyectarse sobre otro, alguien que sea un recién llegado, que no pertenezca a ese conciliábulo secreto. Al que sea fácil amputar, sin consecuencias, del seno de la comunidad.

Todo ello reflejo claro de la Polonia desgarrada de la postguerra, campo de batalla en las dos guerras mundiales, conquistada una y otra vez por alemanes y rusos, sometida al exterminio nazi y a las purgas comunistas. Donde cualquier puede ser un culpable, aunque el mismo no lo sepa, y por tanto merecedor del peor de los castigos. Donde, en consecuencia, para sobrevivir es preciso sospechar de todo y de todos. Golpear antes de que le golpeen a uno, aunque quien reciba la paliza sea un completo inocente.